«La democracia no se sostiene sin virtudes ni cooperación», señala Victoria Camps
La catedrática emérita de Filosofía Moral y Política advierte: sin virtudes ni educación emocional, la democracia se debilita y pierde su base cívica.

Victoria Camps, experta en ética y exsenadora
Desde Religión en Libertad venimos conversando con algunos de los pensadores más relevantes de la actualidad sobre los grandes desafíos de nuestro tiempo: la crisis de la democracia, el debilitamiento de la verdad, el papel de la ética en la vida pública y la formación moral de los ciudadanos.
En esta ocasión dialogamos con Victoria Camps, una de los filósofos morales más influyentes de España. Catedrática emérita de Filosofía Moral y Política, exsenadora y miembro de diversos comités de bioética, Camps ha dedicado su obra a pensar la relación entre ética, ciudadanía y democracia en sociedades pluralistas y secularizadas.
Autora de libros fundamentales como La fragilidad de una ética liberal, Virtudes públicas, El gobierno de las emociones o La sociedad de la desconfianza, su pensamiento insiste en una idea central: las democracias no se sostienen solo con derechos e instituciones, sino con virtudes, carácter y sentido del bien común.
En esta entrevista, Camps reflexiona sobre la ética cívica, los límites del liberalismo, el papel de las emociones en la vida política, el impacto de la tecnología y la crisis de cooperación que atraviesan hoy las democracias occidentales.

Julio Borges entrevista a Victoria Camps
La ética aplicada y la ética cívica
- Yo encantada de poder tener esta conversación. Desde un punto de vista estrictamente académico, la ética ha desarrollado lo que hoy llamamos ética aplicada, que me parece una opción muy interesante. Supone un intento de no arrinconar la ética en un discurso puramente intelectual, endogámico, limitado al diálogo entre filósofos morales, sino de aplicar las ideas éticas a la práctica.
Por “práctica” entiendo interpelar a las distintas profesiones para que reflexionen sobre los problemas, dilemas e interrogantes que surgen en el ejercicio de su actividad. En este sentido, la profesión sanitaria —y especialmente la medicina— ha sido pionera y ejemplar, y se ha convertido en un modelo para otras éticas aplicadas. La pregunta es hasta qué punto las distintas profesiones asumen esa necesidad de reflexionar moralmente sobre sí mismas y de hacerse responsables de las consecuencias de sus decisiones.
Ahora bien, cuando hablamos de la ética en relación con la ciudadanía en general, creo que el concepto clave es el de ética cívica. La ética cívica resume lo que debería ser la transmisión de la conciencia moral y del comportamiento ético a toda la ciudadanía, no solo a colectivos especializados.
Aquí surge un problema importante: durante mucho tiempo, sobre todo en Occidente, la ética se transmitía de manera muy efectiva a través de las religiones. Hoy vivimos en sociedades laicas y secularizadas, y esa responsabilidad parece haberse diluido. Nadie se hace plenamente cargo de transmitir criterios morales coherentes con las convicciones democráticas.
Es cierto que la familia y la escuela cumplen un papel importante, pero esa función no debería recaer exclusivamente sobre ellas. La ética cívica es una tarea compartida que afecta al conjunto de la sociedad.
Virtudes, valores prepolíticos y límites del liberalismo
¿Qué papel cree que juegan en esa ética cívica los valores prepolíticos?
- Aquí entramos en un ámbito que yo he trabajado mucho, que es la ética de las virtudes. Se trata de formar el carácter, la manera de ser de las personas. Hoy hablamos mucho de “formar en valores”, pero a mí me gusta más el término virtud, porque expresa mejor la idea de buscar la excelencia humana en sociedades concretas, en contextos históricos determinados.
Esta tradición viene de Aristóteles, pasa por el tomismo y por la ética cristiana, y luego se va abandonando en favor de una ética más cercana al derecho: una ética de normas, principios, derechos y deberes. Esa ética es necesaria, pero descuida algo esencial: cómo los individuos interiorizan esas normas, cómo llegan a hacerlas propias y a incorporarlas a su personalidad.
El liberalismo, en nombre de un valor fundamental —la autonomía, la libertad—, ha ido marginando esta dimensión. Se impone una concepción de la libertad negativa: la libertad de hacer lo que uno desea, limitada únicamente por la ley. Más allá de eso, desaparece la idea de límites autoimpuestos, de obligaciones morales que no necesitan convertirse en leyes.
Y sin embargo, como decía Tomás de Aquino, no todos los vicios deben prohibirse por ley. Pero eso no significa que dejen de ser vicios. Una sociedad liberal ha descuidado la conciencia de que hay comportamientos que, aun siendo legales, no son buenos para la convivencia democrática.
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Bien común, individualismo y sociedad fragmentada
- Tiene que cambiar el sujeto. El sujeto neoliberal, formado en la sociedad de consumo y en la satisfacción ilimitada de deseos, no es el adecuado para construir una democracia con un verdadero “nosotros”.
Hoy las sociedades están profundamente atomizadas. Existe una nostalgia de comunidad, pero con frecuencia se busca por caminos equivocados: identidades religiosas, sexuales, patrióticas… en lugar de por el sentido de la justicia, que es lo que realmente puede generar generosidad, solidaridad y cohesión social.
Hay bienes comunes muy claros en nuestro tiempo: el cambio climático, la gestión de las migraciones, la preservación de ciertas condiciones básicas de vida. Curiosamente, solo hemos vivido bien esa conciencia de bien común durante la pandemia. Entonces entendimos que debíamos unirnos para un objetivo compartido.
El problema es que la voluntad colectiva solo se activa cuando el peligro es inmediato y nos afecta a todos de forma directa. En otros casos, como el cambio climático, el miedo es más difuso y la respuesta más débil, a pesar de que las consecuencias puedan ser incluso más graves.
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Tecnología, emociones y razón ética
- La tecnología nos llevará por el camino que decidamos. El ser humano ha logrado avances muy emancipadores a lo largo de la historia, y la tecnología no tiene por qué impedirlo.
Es una obviedad decir que la tecnología es buena si se usa bien y mala si se usa mal. La cuestión es tener criterio para distinguir qué es un buen uso. Y ese criterio es ético. Hoy nos preguntamos constantemente qué hacer para ganar dinero o para obtener beneficios, pero ignoramos la pregunta fundamental: qué debemos hacer para vivir mejor todos.
La inteligencia artificial, por ejemplo, puede ser un gran progreso en ámbitos como el diagnóstico médico. Pero también tiene un efecto muy claro, lo que yo llamo el efecto Mateo: ayuda mucho a quien ya tiene conocimiento y perjudica a quien no lo tiene.
Las redes sociales, además, no comunican de verdad: generan una comunicación superficial que no vincula, sino que separa.
Introducen una forma de relación que no construye comunidad.
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Emociones, educación moral y vida democrática
- Las emociones son fundamentales, porque sin sentimiento no se actúa. En esto coincido con Hume: no es la razón la que nos mueve a actuar, sino el sentimiento. El problema no es sentir, sino no saber gobernar lo que sentimos.
La filosofía moderna tendió a ver las pasiones como algo que debía reprimirse. Yo creo que esa visión es equivocada. Lo que hay que hacer es aprender a gobernar las emociones, discernir cuáles son adecuadas y en qué medida. Aristóteles lo decía muy bien: cualquiera puede enfadarse, pero saber enfadarse en el momento adecuado, con la persona adecuada y de la manera adecuada, eso es mucho más difícil.
Hoy, además, desde ciertos discursos educativos se transmite la idea de que toda emoción es buena y que reprimirla es siempre negativo. Eso es un error. Educar significa orientar, dirigir, incluso coaccionar en cierto sentido, para ayudar a la persona a crecer. Sin ese aprendizaje, las emociones se convierten en fuerzas desordenadas que deterioran la vida pública.

Uno de los libros más representativos de esta pensadora española
Democracia, cooperación y voluntad colectiva
- La democracia está siempre en crisis, es verdad. Pero hoy vivimos una crisis especialmente intensa, marcada por una polarización extrema. Los partidos políticos han sido incapaces de cooperar y de responder a los desafíos actuales.
La cooperación es una palabra casi desaparecida de la vida democrática. Sin cooperación no hay deliberación razonable ni bien común. Hoy vemos más bien insultos, enfrentamientos y una incapacidad alarmante para llegar a acuerdos.
Todo depende, en última instancia, de activar la voluntad colectiva. Y eso es precisamente lo que más cuesta en sociedades individualistas y fragmentadas. El pluralismo debería ser compatible con la cooperación, pero hoy los grupos políticos se encierran en sí mismos, se defienden de los demás y generan un profundo desafecto ciudadano.
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Reflexión final
La conversación con Victoria Camps deja una impresión clara y exigente: la crisis de la democracia no es solo institucional ni procedimental, sino profundamente moral. Allí donde el lenguaje de los derechos ha sustituido por completo al de las virtudes, donde la libertad se entiende sin límites autoimpuestos y donde el bien común se diluye en una suma de intereses individuales, la vida democrática se vacía por dentro.
Camps nos recuerda que ninguna democracia puede sobrevivir sin ciudadanos formados en el carácter, en la responsabilidad y en la cooperación. Ni la tecnología, ni la inteligencia artificial, ni las emociones —por sí solas— nos salvarán de la fragmentación si no existe un criterio ético que las oriente.
En tiempos de polarización, desconfianza y ruido emocional, su llamada es sobria pero firme: recuperar la ética cívica, educar las emociones y volver a pensar la democracia como una tarea compartida. No se trata de nostalgia ni de ingenuidad, sino de asumir que, sin virtud, sin justicia y sin voluntad colectiva, la democracia corre el riesgo de convertirse en una forma vacía, incapaz de sostener una vida común verdaderamente humana.
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