Las impactantes cartas de María de Nápoles: la prostituta que se convirtió escribiendo a Radio María
La correspondencia revela la sorprendente evolución del alma de esta mujer herida.

"Veo la paternidad misericordiosa de Dios hacia mí y creo verdaderamente en Él", llegó a escribir María.
Se hacía llamar María de Nápoles, era joven y vivía atrapada en la explotación sexual y en una profunda sensación de abandono. En medio de esa oscuridad, intentó quitarse la vida hasta en tres ocasiones.
Hasta que todo dio un giro inesperado cuando descubrió Radio María Italia. Aquel vacío que la consumía durante años empezó a disiparse, y María terminó encontrándose con Dios y recibiendo los sacramentos que transformaron su vida.
Un tremendo despertar interior en el que desempeñó un papel decisivo el programa El Hermano de la emisora católica. María comenzó a enviar cartas que recibían respuesta, ya fuera desde el estudio o de parte de los propios oyentes. A través de un total de 15 cartas, se puede ver cómo evoluciona su alma.
Dios estaba cerca de ella
María era una mujer de gran personalidad y exquisita sensibilidad, que estuvo durante muchos años marcada por una vida de pecado. Un día escuchó al presentador Federico Quaglini y comenzó a enviarle cartas personales.
En ellas, María cuenta el terrible esfuerzo que le suponía salir del sórdido mundo en el que estaba sumergida. Posteriormente, describía su terrible enfermedad y cómo asumía sus dolores. Escribía desde la conversión absoluta y la convicción de que Dios estaba cerca de ella y la amaba.
Su última carta fue el 26 de septiembre de 1993. La escribió cuatro días antes de morir de cáncer. En ella contaba su encuentro con Dios a través del dolor y la terminaba con una bellísima frase: "Que la ternura de Jesús colme vuestros corazones". María moriría el 30 de septiembre de 1993. Tenía tan solo 35 años.
Carta número 1, 13 de diciembre de 1992:
"Mi experiencia de una vida negativa me ha llevado a encerrarme en una soledad tremenda y sin salida. Cuando apenas tenía quince años fui violada por mi padre de manera tan bestial que sólo el recuerdo me hace daño".
"Mi padre, me repugna el solo pensamiento de llamarlo así, para evitar una denuncia por parte de mi madre, amenazó a mi madre delante de mis ojos. ¿Te puedes imaginar cuál fue mi reacción? Lo denuncié y ahora está cumpliendo la pena de cadena perpetua".
"Espero que termine preso sus últimos días porque para mí ya no existe. Ahora vivo sola, encerrada en mí misma, con una desesperación infinita. Por fortuna trabajo como asistente social, lo que me permite vivir una vida autónoma e independiente".
"Pero me falta una cosa esencial, la fe. Termino pidiéndote perdón por hacerte perder un tiempo tan precioso. Perdóname este desahogo, tenía tanta necesidad".
Carta número 2, 17 de enero de 1993:
"Te escribo de nuevo porque, créeme, tengo tanta necesidad de sentirme cerca de una persona que me pueda comprender y darme a la vez una mano amiga. Sabes que estoy completamente sola, y precisamente por esta tremenda soledad he comenzado un tipo de vida que no es digna de una persona humana. En pocas palabras, te confieso, te hablo como a un confesor que trabajo como prostituta".
"No por necesidad, sino como escape, como acción desesperada. Créeme, cuando regreso a casa después de haber dado a los puercos —perdóname esta expresión— la posibilidad animal de desfogar sus instintos, me siento más sola aún, con un sabor amargo en la boca y lo que es peor, con unas ganas locas de suicidarme. Ayúdame a salir de esta tremenda situación y pide al Señor que me regale la fe, aquella fe que comencé a desear desde que escucho Radio María".
"Tengo 35 años, pero me siento como si tuviera 90. Estoy agotada, lacerada bajo el peso de una existencia que no vale la pena vivir".
Carta número 3, 27 de enero de 1993:
"Me han hecho un lavado gástrico para remediar otro intento voluntario de suicidio que, por desgracia, no ha tenido éxito. Dentro de unos días me darán el alta. Evidentemente, el Señor, si es que existe, no quiere todavía mi vida".
"Radio María me ha puesto en una crisis tremenda. Por casualidad encendí la radio. No conocía su existencia. Todo comenzó un sábado por la noche, en la transmisión del hermano, dirigida por ti. Ahora no puedo dejar de escucharte".
"¿Cómo entender la atracción que experimento por el bien si el mal me arrastra? ¿Soy acaso distinta a los demás? ¡Oh! Es que el Señor se olvidó de mí por tantos errores cometidos. Lamentablemente, me faltan esos principios sagrados que forman a la persona, pues no he tenido la fortuna de conocerlos de pequeña. Debes saber que tengo 35 años y aún no he hecho la primera comunión ni la confirmación".
"Te lo pido, Federico, ayúdame a salir de esta tremenda crisis mediante tus oraciones y las oraciones de tus oyentes. Te confieso que cuando te acuerdas de mí en Radio María me siento menos sola y me parece recibir una serenidad distinta nunca antes probada".

María tuvo que sufrir los abusos constantes de su padre.
Carta número 5, 16 de febrero de 1993:
"¿Quién sabe cuánto tiempo hace que el Señor llamaba a mi puerta? Sentía siempre una fuerte llamada interior pero no la lograba entender dada mi terrible situación. El golpe de gracia fue Radio María".
"Yo no tuve la fortuna de crecer en una familia sana salvo mi madre por lo que a menudo me pregunto hasta qué punto pueda yo ser responsable. La otra tarde experimenté fuertemente la necesidad de ir a la Iglesia. Mi deseo coincidió con la jornada mundial de los enfermos querida por el Papa".
"Era el 11 de febrero, aniversario de las apariciones de Lourdes. Te aclaro que en mi ignorancia no sabía nada de esta jornada sólo lo que he aprendido a través de Radio María. Al volver a casa era ya tarde".
"La ceremonia fue muy linda pero muy larga. Al llegar me encontré con algunas personas que me esperaban cerca de casa. De repente me empujaron brutalmente dentro de un automóvil".
"Eran cuatro energúmenos por lo que mi reacción sirvió de poco. Estaba sola contra cuatro. Hicieron de mí cuanto quisieron después de haberme atado y amordazado".
"Sería muy humillante para mí y doloroso para ti, que tienes la amabilidad de leerlo. Pero yo me pregunto ¿es posible que el mal se imponga al bien? ¿Es esta la ayuda de Dios?".
"Sufro desde hace algún tiempo una grave anorexia por lo que al no alimentarme estoy débil y agotada. Te dejo por ahora porque no quiero cansarte. Te agradezco por todo y creo siempre en tu amistad".
"Dentro de unos días comenzaré la catequesis de preparación para la admisión a la primera comunión. Me preparará un diácono. Un motivo adicional para orar".
La audiencia contestaba a María
"Pienso en ti, rezo por ti, María. Tus cartas, tres bellísimas cartas, que dejan transparentar toda tu angustia, toda tu desesperación y al mismo tiempo el fuerte deseo de querer salir del abismo en que caíste. Ánimo, María, no llores, y lucha sin desmayo".
"La gracia de Dios te ha tocado, y por eso debes sentirte muy feliz. Sigue rezando, aun cuando sientas que la vida es vacía e inútil. Jesús y María Santísima te escuchan, ¿sabes?, y están muy cerca de ti, más de lo que te imaginas", escribe Rosa el 22 de febrero de 1993.
Carta número 6, 1 de marzo de 1993:
"En Cusato continuaré el curso de preparación para la admisión a la Eucaristía. Espero con ansia la hora de probar la ternura de la Eucaristía. Al regreso de Cusato haré una escapada a San Giovanni Rotondo, donde dejé mi corazón. Tienes razón de ser un enamorado del Padre Pío".
Carta número 7, 21 de marzo de 1993:
"Ayer regresé de San Giovanni Rotondo. Cuando llegué a San Giovanni, me esperaba mi confesor. Me acogió con los brazos abiertos, por lo que tuve la seguridad de ser abrazada también por el Señor. Me dio la sorpresa de regalarme la Biblia de Jerusalén. He comenzado a leerla con interés".
"Desde el día bellísimo en el que tuve la fortuna de reconciliarme con Dios y perdonar a mi padre, he ido a misa todos los días. Mis familiares se burlaban de mí. Me hace sufrir verlos tan lejanos, sin la fe que nos pone en condiciones de vivir una existencia más serena".
"Quisiera hacerles conocer mi extraordinaria experiencia y hacerles probar esa alegría única, pero he encontrado un muro de resistencia, por lo que no he podido hacer otra cosa que rezar. Para ellos llegará también el momento tan hermoso en que dejen de lado su escepticismo, estoy segura".
"Ahora veo al Señor y creo en Él. Dejaos modelar por Él y encontraréis una alegría inmensa. El tiempo pasado fuera de Nápoles me ha ayudado mucho en el plano espiritual y en el físico, porque encontré la oportunidad de ir al santuario de Europa, un lugar situado muy cerca de donde vivo".
"He orado mucho por todos, en especial por este magnífico instrumento tan pequeño, pero a la vez tan grande en su ayuda infinita, Radio María. Mi conversión la dejo sobre todo a esta radio".
"El diablo me tienta a cada momento, haciéndome sentir nostalgia del pasado. Lamentablemente, es muy difícil olvidar veinte años, toda la juventud, basados en una situación tan tremenda que el solo recuerdo me inquieta".
Carta número 8, 28 de marzo de 1993:
"Había un sacerdote que estaba disponible en el confesionario, un sacerdote que no conocía, pero que luego se me manifestaría como un gran hombre de Dios. Me arrodillé y, sin hablar, me faltaban las fuerzas. Comencé a llorar desesperadamente".
"Este momento de emoción me duró un buen rato. El sacerdote me dejó llorar y luego, tomando mis manos en las suyas, exclamó: 'Hijita, ánimo. Siento que el Señor te ha perdonado mucho porque mucho has amado'. Me citó luego algunos pasajes del Evangelio, la Magdalena, el hijo pródigo. Cuando me calmé, comencé a vaciar mi fardo y poner al desnudo mi alma".
"Me liberé de cadenas que me eran insoportables. Conocí finalmente el amor y experimenté la misericordia de Dios a través de este gran sacramento. Ahora me siento libre. Ya no soy prisionera de un mundo de pecado y de esclavitud. Cuando salí, tenía la sensación de volar".
"Me parece que ya te dije que no he hecho la primera comunión. Para prepararme a ella, comencé un curso de admisión a este sacramento y, dado que tengo ya 35 años, una edad madura como puedes comprender, estoy dispuesta, con la preparación adecuada, a recibir también el sacramento de la confirmación. Después de esta preparación a los dos sacramentos, podré considerarme como una persona que ha vuelto a nacer".
"El sacerdote me impuso como penitencia poner en práctica uno de los consejos evangélicos, visitar a los presos. Créeme que me costó mucho, pero lo logré. Este doloroso encuentro fue el comienzo triste, pero luego, como por encanto, se transformó en una serenidad inesperada".
"La visita, excepcionalmente, se realizó en un estudio del director acompañado por el capellán. Vi a mi padre llorar como un niño y de rodillas me pidió perdón. Sustituyó en mí una profunda ternura".
"Espontáneamente sentí el deseo de abrazarle y de besarlo con afecto. Tanto el director como el capellán permanecieron en silencio conmovidos. Hacía veinte años que no nos veíamos".
"Al final, el capellán me llamó aparte y me dijo... 'Tu padre ya no es un monstruo, como tú lo definiste. Es un hombre nuevo, recuperado por la gracia redentora'. Sólo entonces entendí que, en el fondo, los dos estábamos sobre el mismo camino, y ese camino era el encuentro del pecador con el Dios misericordioso".
Carta por la Pascua de 1993:
"Es la primera Pascua que viviré con alegría y serenidad, como fruto de un alma en paz conmigo misma y con Dios. Pronto haré la primera comunión y la confirmación. Este tiempo de espera me parece ya interminable. Ya te conté que encontré una gran solidaridad en la comunidad parroquial".
"He recibido del catequista que me prepara como regalo el Catecismo de la Iglesia Católica y me he propuesto leerlo y estudiarlo para incrementar mi escasa cultura religiosa. Ahora me doy cuenta de que puedo amar a todos con una óptica distinta. Me siento privilegiada por Dios y amada por los hombres de fe, con un amor verdadero y sincero".
"Veo la paternidad misericordiosa de Dios hacia mí y creo verdaderamente en Él, que no me ha abandonado ni siquiera en los momentos en los que me encontraba en un profundo abismo. Todo lo que me está sucediendo me parece un sueño. Es tan bonito. Felices Pascuas".
Carta del 9 de abril de 1993:
"Coincidiendo con la institución de la Sagrada Eucaristía, hice la primera comunión. Fue un día verdaderamente excepcional. Todavía estoy emocionada. Me pregunto cómo he podido vivir años y meses sin gustar esta ternura del amor misericordioso".
"Mi experiencia de vida es un milagro. Quisiera gritar al mundo entero que no existe gloria más grande para una existencia que gastarse por aquel que la creó. Siento tan viva la presencia de Dios y de la Madrecita que ya no me siento preocupada por mí".
"Ahora ya no tengo miedo de nada. Aunque tenga que sufrir todavía chantajes por algún desalmado, tengo fuerzas para combatir porque Dios está conmigo y Él ciertamente no permite tentaciones superiores a nuestras fuerzas. Me siento como una niña que da los primeros pasos y que está contenta porque, si tropieza, tiene la fuerza de volver a levantarse, acompañada y sostenida por la mano del único Padre que está en los cielos".
"Ahora, en cada momento, puedo comenzar de nuevo a dar todo a Cristo y Él siempre está dispuesto a acogerme y a dar respuesta en profundidad a mi amor dándome todo de nuevo. No logro hacer una relación de los dones que Dios me ha dado en mi vida".
"No existe alegría mayor que olvidar las propias penas para consolar la de los otros. ¿Qué quiere el Señor de mí? ¿Qué otra cosa me quiere regalar? Me dio todo y yo quiero corresponder plenamente a su gracia".
"Sólo la fe puede permitirme entender la inmensidad del misterio de la cruz en la que estamos meditando durante esta Semana Santa. Ningún obstáculo que venga de fuera me va a afectar porque estoy en paz".
"Ya mi odisea espiritual termina y no me queda otra cosa que caminar ágilmente por este camino de conversión y agarrarme cada vez más fuertemente al manto de la madrecita. Ah, no había escrito tanto en mi vida. Agradezco de corazón a toda la familia de Radio María y estamos siempre unidos en la alegría y en el dolor".
Carta número 15, la última, 26 de septimebre de 1993:
"Te escribo en un momento de gran postración y sufrimiento físico. No sé si cuando recibas mi carta estaré viva todavía. Te confieso que humanamente hablando no puedo más y deseo la muerte como una liberación. Sé que no es propio de los seguidores de Cristo librarse de los sufrimientos".
"La vida está llena de fatigas y las alegrías son tan breves que no se logra ni siquiera saborearlas. Pido perdón por esta debilidad humana y pido perdón al Señor. La vida de todos modos es siempre un inmenso don y no obstante las pruebas es algo estupendo que vale la pena vivir con confianza y serenidad aun sabiendo que eso no es fácil".
"No debo rechazar este don. Al contrario debo vivirlo con valor y amor porque a pesar de mis momentos tristes cada vez comprendo más que Dios está cerca de mí y me ama, me ama. En este lugar de dolor veo con alegría que los enfermos se ayudan entre ellos".
"El gran secreto para no decaer nunca es pensar que el Señor me ama y que está cerca. Entonces le hablo en voz baja con amor filial y Él me llena de alegría. Cuando estoy en el límite de mis fuerzas y del sufrimiento no puedo hacer otra cosa que bendecir la mano de Aquel que me clava en la cruz y me da la posibilidad de purificarme".
"En esta gran prueba doy gracias a Dios por haberme dado el don de una fe estupenda. Las fuerzas del mal pueden temporalmente subyugarla, pero al final vence siempre la fe. Solo Dios es capaz de darnos recursos interiores para afrontar las pruebas y las dificultades del momento presente".
"Él no ofrece medios naturales ni nos quita nuestros sufrimientos. Nos ofrece un don. Os doy la paz y es la verdadera paz que supera toda comprensión humana".
"Nunca como en este momento crítico he podido comprobar que cuando estoy en las tinieblas Dios es luz. En mi camino lleno de espinas, como un padre siempre amoroso, Él obra mi salvación a través del dolor. No obstante haber tocado de cerca en el pasado el fondo de mi debilidad, puedo exclamar con alegría Feliz culpa que mereció tanta gracia".
"El encuentro con el Padre misericordioso se realiza cada día, momento tras momento, llenando mi alma de una alegría indescriptible. Cuán efímera es la alegría del mundo, cuán grande y duradera es la que proviene de Dios".
"Hoy, domingo, día del Señor, estoy muy feliz. He recibido tres grandes sacramentos, la confesión, la unción de los enfermos y la Eucaristía. Ahora Él está mucho más presente en mí y no me faltan sus paternales caricias".
"Tengo dolores continuos e inauditos, fiebres altas, insomnios. ¡Qué hermosos son los momentos de la Sagrada Comunión! Los dolores no son otra cosa que caricias, sorpresas amorosas de las que Jesús se sirve para estar siempre conmigo y para darme su dulzura".
"¡Qué hermoso debe ser el paraíso si sólo con mirar el cielo y admirar su inmensidad nos invade una gran dulzura! ¿Qué será cuando vayamos a habitar en él, confiándome a Jesús, que es mi verdadero amigo? Pienso a menudo en sus divinas y consoladoras palabras. Mi yugo es suave y mi carga ligera. Entonces ninguna cruz es insoportable, porque todo es amor, alegría y dulzura".
"Ciertamente no es fácil, ni es trabajo de un día, especialmente para una criatura como yo, hecha de debilidades. Hoy he estado continuamente con él en la cruz. ¡Qué hermoso es estar a solas con él! La enfermedad se agrava cada vez más, pero no me desaliento".
"Tengo el pensamiento fijo en la muerte. Abrazo con alegría este dolor cuando y como él quiera, pero antes deseo fervientemente seguir sufriendo por amor a Él, porque para mí vivir es Cristo sufriente. Nada me asusta, ni la muerte, ni el dolor, ni la enfermedad, porque bella es la victoria, pero mucho más meritoria es la lucha".
"No me cansaré nunca de agradecerle por su llamada al sufrimiento. Mi enfermedad es una gracia, más aún la considero como la mayor gracia después de mi conversión. Mi naturaleza lamentablemente a veces gime bajo el peso de la cruz, y por eso quisiera rebelarse deseando el fin, pero entiendo que él quiere mi adhesión a su paterna voluntad".
"En esta tremenda y dolorosa situación mi única arma es la oración, sin la cual no existe salvación alguna. Decía un gran santo napolitano que quien ora se salva, quien no ora se daña. Es verdad, orar es entrar en coloquio con el Padre, por eso me acojo siempre a vuestras oraciones".
"Mi enfermedad ya hizo en mí metástasis, por lo que mi cuerpo es todo un sufrimiento, excluidas las manos con las que puedo por fortuna escribir. Ya termino, querido Federico y oyentes todos. La mano me tiembla y la debilidad se deja sentir también en la mente, por lo que me es muy difícil concentrarme".
"Chao. Que la ternura de Jesús invada vuestros corazones. María".
Puedes escuchar en estos enlaces las cartas que escribía María de Nápoles a Radio María Italia (Parte 1, parte 2).