«Ecclesiacidio», antes y ahora
Lo que Stalin comenzó en Leópolis en 1946 (un intento de liquidar una Iglesia) persiste hoy en la guerra de Putin contra Ucrania.

Sviatoslav Shevchuk, arzobispo mayor de Kiev-Halic y figura de referencia incontestable para la Iglesia ucraniana.
Perdonen el neologismo de origen latino, pero si "parricidio" sirve para asesinar a tu padre y "regicida" para acabar con la vida de un rey, ¿por qué no "ecclesiacidio" para intentar matar a toda una Iglesia [Ecclesia en latín]?
Eso fue lo que ocurrió hace unos 80 años, del 8 al 10 de marzo de 1946, en la catedral de San Jorge en Lviv [Leópolis], en Ucrania. Allí, lo que se alegó que era un concilio eclesiástico (o sobor) votó a favor de anular la Unión de Brest de 1596 y, por lo tanto, reunificar la Iglesia Greco-Católica Ucraniana con la Iglesia Ortodoxa Rusa, un acto que, según me dijo una vez un alto funcionario ortodoxo ruso, era perfectamente lícito (por así decirlo) porque "cuando los uniatas [católicos orientales en plena comunión con Roma] regresan a su hogar [ortodoxo], siempre es legítimo".
Sin embargo, ahora sabemos con certeza, gracias a fuentes primarias conservadas en los archivos estatales ucranianos, que el llamado L'viv Sobor de 1946 fue orquestado por los servicios de seguridad soviéticos y no tenía más legitimidad moral, espiritual o legal que cualquier otro acto coaccionado a punta de pistola.
Desde luego, este pseudo-sobor fue un fracaso estratégico, como reconoció poco después el Ministerio de Seguridad del Estado soviético en una directiva a sus agentes en lo que hoy es el oeste de Ucrania:
- "La liquidación formal de la Iglesia greco-católica uniata, derivada de las resoluciones del Sínodo del 8 al 10 de marzo, y la reunificación formal con la Iglesia Ortodoxa Rusa no constituyen la culminación de la liquidación efectiva de aquellas aspiraciones hostiles de las que era portador el clero greco-católico uniata".
A continuación se desató una represión masiva y a menudo letal. Sin embargo, el resultado final de este intento de "ecclesiacidio" fue la creación de la mayor organización religiosa clandestina del mundo. La Iglesia Greco-Católica Ucraniana sobrevivió durante 45 años mediante servicios religiosos clandestinos, educación religiosa clandestina, formación sacerdotal clandestina y consagraciones episcopales clandestinas, antes de que la Iglesia emergiera de entre las ruinas del desmoronado imperio soviético en 1991.
Hoy, la floreciente Iglesia Greco-Católica Ucraniana crece en número e influencia. Su líder inmediato tras la disolución de la Unión Soviética, el cardenal Liubomyr Husar (1933-2017), fue la autoridad moral más respetada de Ucrania.
Su digno sucesor, el arzobispo Sviatoslav Shevchuk, ha sido una fuente de inspiración nacional desde la invasión rusa de febrero de 2022, convirtiéndose además en una figura global de gran relevancia como modelo de obispo del siglo XXI.
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La Iglesia Greco-Católica Ucraniana gestiona la institución de educación superior mejor valorada de Ucrania, la Universidad Católica Ucraniana, y sus extensas iniciativas caritativas, educativas, sociales y culturales han contribuido a la construcción de la sociedad civil ucraniana que ahora apoya la lucha política, militar y diplomática del país contra la barbarie del zar Putin.
Que el arzobispo mayor Shevchuk figurara en lo alto de la lista de líderes ucranianos que debían ser asesinados si las hordas de Putin hubieran logrado su objetivo de conquistar Kiev en tres o cuatro días, nos indica que el "ecclesiacidio" de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana sigue siendo un objetivo ruso; al igual que la toma rusa de la iglesia greco-católica de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo en Zaporiyia el Domingo de Pascua de este año.
En 1946, la jerarquía de la Iglesia Ortodoxa Rusa, reconstituida por Stalin en 1943 para movilizar el apoyo popular a la Gran Guerra Patria contra Alemania, conspiró con los servicios de seguridad soviéticos en el pseudo-Sobor de Lviv.
Ochenta años después, el patriarca Kiril de Moscú ha intentado justificar religiosamente la agresión de Putin, declarando, de forma herética, que cualquier soldado ruso muerto en la guerra es automáticamente perdonado de todos sus pecados y entregado de inmediato a la presencia divina.
No cabe duda de que Kiril, quien en su juventud estuvo vinculado al KGB, acogiera con beneplácito la liquidación de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana. ¿Por qué, si no, bendeciría una guerra en la que clérigos de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana han sido asesinados, secuestrados y torturados al ser capturados por las fuerzas rusas? Sin embargo, en medio de todo esto, obispos, sacerdotes y diáconos de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana han permanecido al lado de su pueblo, arriesgando sus vidas a diario.
Una conferencia celebrada los días 27 y 28 de marzo en la Catholic University of America exploró tanto la historia del intento ruso de "ecclesiacidio" ucraniano a mediados del siglo XX (que en realidad comenzó en septiembre de 1939, cuando la Unión Soviética ocupó lo que hoy es el oeste de Ucrania gracias al infame Pacto Molotov-Ribbentrop) como la actual campaña rusa antiucraniana, llevada a cabo bajo el pretexto de reconstituir el Ruski Mir , el "mundo ruso".
La conferencia se desarrolló a un alto nivel académico; una de las ponencias más fascinantes fue la del doctor Sergei Chapnin, antiguo funcionario del Patriarcado de Moscú de la Iglesia Ortodoxa Rusa, quien explicó cómo la idea del Ruski Mir se convirtió en lo que es hoy: una ideología teopolítica, una de cuyas intenciones sigue siendo la liquidación de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana (y, de hecho, la liquidación de una nación ucraniana singular).
Es decir, que en lo que respecta a Rusia y Ucrania, todo sigue igual, ochenta años después. Los políticos y diplomáticos que creen que la convicción religiosa -genuina o pervertida- no influye en los asuntos mundiales... deberían reconsiderarlo.
- Publicado en Denver Catholic y en la página personal de George Weigel.