Religión en Libertad

La Virgen María en Cuba: cómo ha sobrevivido su devoción al adoctrinamiento y la persecución

Es el testimonio de Margarita Mooney Clayton, hija de una cubana que padeció cárcel. Ella ha estado allí para promover la fe.

Los cubanos visitando y rezando ante la Virgen de la Caridad del Cobre en su festividad.

Los cubanos visitando y rezando ante la Virgen de la Caridad del Cobre en su festividad.14yMedio (captura)

Helena Faccia
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Tras décadas de represión comunista de la religión en Cuba, la autora de este artículo encontró vestigios de fe en el pueblo natal de su madre en la isla.

Margarita Mooney Clayton es hija de una mujer cubana que sufrió cárcel, persecución y exilio. Ella, nacida en Estados Unidos, es doctora en Sociología por la universidad de Princeton y profesora de Teología Bíblica y de Nueva Evangelización en la universidad franciscana de Steubenville.

Ha dejado su testimonio personal en Plough (los ladillos son de ReL):

Margaret Mooney Clayton, nacida en Estados Unidos, es hija de una mujer cubana que fue perseguida en su patria y luego desterrada.

Margaret Mooney Clayton, nacida en Estados Unidos, es hija de una mujer cubana que fue perseguida en su patria y luego desterrada.Scala Foundation

La Virgen María en Cuba

Mi madre lloraba en silencio mientras nuestro avión aterrizaba en La Habana. Era el verano de 1999 y yo tenía poco más de veinte años, casi la misma edad que tenía mi madre cuando fue encarcelada por el régimen comunista

La visita de Juan Pablo II

Más tarde huyó a Estados Unidos, pero la visita del Papa Juan Pablo II a la isla en 1998 le dio la confianza necesaria para regresar por primera vez desde 1961. Recuerdo estar pegada a la televisión mientras un Papa católico vehementemente anticomunista, procedente de detrás del Telón de Acero, visitaba una nación que en su día había expulsado a sacerdotes y religiosas, cerrado iglesias y se había declarado Estado ateo en su constitución.

Una de las paradas del Papa Juan Pablo II fue en el Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, cerca de Santiago de Cuba. El santuario conmemora la aparición de María a tres hombres, dos indígenas y un esclavo, que estuvieron a punto de perecer en el mar en 1612. Los tres hombres rezaron a María pidiendo protección y tuvieron una visión de ella. Cuando llegaron a la orilla, encontraron un trozo de madera con la imagen de María, en el que estaban inscritas las palabras: "Yo soy la Virgen de la Caridad".

La Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba.

La Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba.Adrián Martínez Cádiz / Cathopic

Se construyó un santuario en su honor en El Cobre, una mina de cobre situada en el extremo oriental de la isla, que se ha ido ampliando con el paso del tiempo. Dado que El Cobre fue el lugar donde se concedió la libertad a los esclavos de Cuba en 1801, Nuestra Señora de la Caridad del Cobre se convirtió en un símbolo de libertad para la nación cubana, especialmente durante la lucha por la independencia de España a principios del siglo XX.

La visita del Papa Juan Pablo II supuso una ligera relajación de las restricciones que Cuba había impuesto al culto religioso. A los exiliados cubanos como mi madre, a quienes el gobierno cubano había prohibido anteriormente visitar su patria, ahora se les permitía volver. La perspectiva de regresar le trajo a mi madre recuerdos horribles: recordaba haber estado encerrada en una prisión de mujeres y haber oído hablar de ejecuciones. Varias de sus compañeras de la universidad fueron fusiladas por un pelotón. Su tío fue condenado a muerte, pero murió por causas naturales en prisión antes de que se ejecutara la sentencia.

Aquel intenso regreso

Tras aterrizar en La Habana, mi madre y yo atravesamos en coche la hermosa campiña, en busca de El Dolores, una fábrica de azúcar que su familia había regentado en un pueblo.

"¡Ahí está!", exclamó mi madre, señalando una torre gigantesca. "El Ingenio Dolores". Recorrimos una carretera bordeada de palmeras y aparcamos nuestro Lada ruso cerca del batey, el pueblo que rodea la fábrica de azúcar cuyo nombre viene de Nuestra Señora de los Dolores, a una hora aproximadamente en coche de La Habana.

Al salir al aire húmedo de Cuba aquel verano de 1999, mi madre respiró hondo, saboreando el aroma del azúcar que se refinaba en la fábrica. La belleza natural era impresionante; nos daban la bienvenida palmeras altísimas y las hojas de un color rojo intenso de un árbol llamativo. El pueblo permanecía prácticamente inalterado: los únicos indicios del paso del tiempo eran el deterioro y el abandono de los mismos edificios que se alzaban allí cuarenta años antes, entre los que se contaban principalmente pequeñas viviendas, una gasolinera abandonada y una iglesia tapiada.

Los habitantes del pueblo nos recibieron en el batey situado junto a la fábrica de azúcar; uno de ellos llevaba consigo las partidas de bautismo de los miembros de mi familia que habían sido bautizados en la iglesia local que ellos mismos habían construido. Con una gran sonrisa, dijo: "¡Pensé que quizá volverías algún día y que te gustaría ver esto!".

Tras la Revolución cubana, la iglesia se había convertido en un cine. Ahora el edificio estaba vacío; los marcos vacíos de sus ventanas estaban cubiertos con paneles de madera. En el interior, crecía hierba silvestre sobre el suelo de tierra. Los pocos rayos de luz que se colaban parpadeaban como velas.

El templo escondido

Nos llevaron a la casa de uno de los católicos laicos que no había abandonado su fe. Como muchos en Cuba, su patio trasero estaba lleno de diversas chucherías y objetos diversos. En un país donde la economía se había estancado tras el colapso soviético, cada objeto tenía usos potenciales. Sonrió mientras nos guiaba hacia algo especial, quitando una viga de madera tras otra para descubrir una gran lona negra.

"¡Las vitrinas!" [en español en el original], exclamó mi madre cuando retiraron la lona, dejando al descubierto dos vitrales de la iglesia. Admiramos una de las ventanas, enmarcada por rosas. En la obra, María sostenía a Jesús en su regazo, rodeada de ángeles y pastores que le rendían culto. Las rosas que mi madre había buscado habían desaparecido del jardín frente a la casa de sus abuelos. Aun así, parecía que algunas rosas habían sobrevivido en el corazón de la gente, en medio de las espinas de la persecución religiosa.

La segunda vidriera que se salvó de la iconoclastia de la revolución comunista representaba a María de pie al pie de la cruz, con las manos cruzadas, los ojos angustiados y el corazón desgarrado por el dolor. Las Escrituras nos dicen que Jesús clamó con angustia desde la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mateo 27, 46).

Dictadura contra la fe

Los cubanos de El Dolores llevaban décadas sin poder asistir a misa, confesarse ni recibir los sacramentos. Sin embargo, las consignas de la revolución no habían borrado el recuerdo de las oraciones cristianas fundamentales. Se reunían en secreto para rezar. En una tierra donde la Biblia se consideraba una herramienta para la subversión del gobierno, el rosario, que consiste en meditaciones sobre veinte escenas de las Escrituras, sirvió para preservar el recuerdo de la fe.

El gobierno cubano había antepuesto la lealtad al socialismo a todos los demás ideales. El partido comunista en el poder había promovido el ateísmo, cerrado muchos lugares de culto y desalentado las manifestaciones públicas de religión. Sin embargo, el pueblo cubano recordaba a su madre espiritual.

El aire salino y los fuertes vientos habían desgastado los rostros triunfantes de Fidel Castro -entonces aún con vida- y de Ernesto "Che" Guevara -fallecido hacía mucho tiempo- en las paredes y vallas publicitarias de toda Cuba. Mientras tanto, en los hogares no vi ninguna imagen de héroes comunistas. Nadie hablaba de Castro o Guevara como si fueran amigos. En cambio, María -representada como la patrona y protectora de Cuba, Nuestra Señora de la Caridad- reinaba en el interior de los hogares cubanos. Una y otra vez, la gente se refería a María como alguien cercano a ellos en sus luchas.

El Reino de Dios

Las imágenes que los cubanos tenían de María al pie de la cruz eran un rechazo a los conceptos modernos de que el progreso humano es meramente material y de que nuestro deseo de comunión con Dios es una ilusión. María había vivido una violencia tumultuosa; era una madre que comprendía sus miedos y su anhelo de mantener viva la fe a través de la paciencia, el lamento y la esperanza.

Una mujer le contó a mi madre que, desesperada por la enfermedad de su hija, había rezado a María, pero su hija no se había curado. Arrancó una imagen de Nuestra Señora de la Caridad de un calendario que tenía colgado en la pared y la pisoteó. Poco después, su hija se curó. "Nuestra Señora de la Caridad comprende la desesperación de una madre cuando su hijo sufre", dijo mi madre.

Mi madre también visitó a un hombre cuyo hijo se había suicidado. En su salón, su esposa yacía en estado catatónico mientras él relataba cómo su hijo se había prendido fuego. La única decoración de la habitación era una motocicleta británica de los años 50 sobre la que colgaban dos imágenes de Nuestra Señora de la Caridad. Esta familia, sumida en la oscuridad, se aferraba a las imágenes de Nuestra Señora de la Caridad como las almas que se ahogan se aferran a un salvavidas.

En otro pueblo donde había vivido mi madre, asistimos a misa en una iglesia en la que aún se mantenían en pie las paredes, pero el techo se había derrumbado. Una mujer entró con flores para la imagen de Nuestra Señora de la Caridad. Nos contó que pasaba la mayor parte del tiempo sola en casa y que nunca antes había puesto un pie en una iglesia, pero que había entrado en ese edificio sin techo para asistir a misa por primera vez. Al llevar flores a María, estableció una conexión tangible con una realidad inmaterial en la que depositaba su confianza y su esperanza.

La lección de los disidentes

Tras mi séptimo viaje a Cuba, en 2005, este en concreto, me dirigí al aeropuerto de Santiago de Cuba en coche con mi amigo Marcos. Durante dos semanas, había estado repartiendo dinero, libros y artículos religiosos entre los disidentes políticos. En una ocasión, tras visitar a un periodista que documentaba abusos contra los derechos humanos, la policía cubana me siguió, pero no me detuvieron.

Ahora que me marchaba, me enfurecía ante los abusos de los que me habían hablado los disidentes. Los estadounidenses de origen cubano como yo nos preguntamos a menudo por qué los que están en la isla no se resisten más al régimen. "¿Por qué la gente no lucha con más fuerza?", le pregunté a Marcos.

"Margarita", respondió Marcos con delicadeza, "estás a punto de subir a un avión. Una hora más tarde, estarás en Miami, dándote una ducha caliente y disfrutando de un café con leche. Si pudiera acompañarte en ese avión, lo haría. Pero no me permiten salir de Cuba".

Su respuesta me llenó de humildad. Me conmovió la fortaleza y el valor de quienes sufrían acoso y cuyos seres queridos estaban encarcelados. Personas como Marcos, un médico, un converso al cristianismo en la edad adulta y un dedicado educador religioso, realizaban a diario actos de amor y servicio, sin exigirle a Dios que les liberara de inmediato de todas sus cargas, como yo había hecho.

"De alguna manera, en este país ateo, Dios me ha concedido el don de la fe", continuó Marcos. "Estoy agradecido por haber encontrado una comunidad de amor en la Iglesia católica. Después de dejarte, voy a visitar a una anciana que vive sola. Le llevaré un poco de leche y pasaré un rato hablando con ella. Puede que pienses que no estoy haciendo gran cosa, pero esta es la vocación a la que Dios me ha llamado, y seguiré dedicándome a ella".

Su reprimenda fraternal me hizo reflexionar. La resistencia no siempre consiste en grandes gestos. Marcos me recordó que, al igual que María al pie de la cruz, la presencia firme que se niega a permitir que prevalezcan el miedo o el odio tiene un poder que ningún gobierno puede detener.

Mientras mi avión despegaba de suelo cubano, llevaba conmigo la profunda huella de las lecciones aprendidas de los numerosos héroes cubanos, tanto los públicos como los silenciosos. Sus actos de valentía, caridad y misericordia me mostraron que el reino de los cielos no pertenece a quienes combaten la injusticia dominando a los demás, sino a quienes pueden permanecer firmes en la oscuridad, confiando en una luz que ningún poder terrenal puede extinguir.

La casa de Dios

En los años posteriores a mi primera visita a El Dolores con mi madre, nuestra familia recaudó suficiente dinero en Estados Unidos para reabrir la iglesia. Las hermosas vidrieras volvieron a colocarse en su sitio. Los aldeanos también habían escondido el sagrario [en español en el inglés original], el tabernáculo donde se guarda la hostia consagrada.

María se yergue en esas vidrieras, rodeada de rosas, sosteniendo al Niño Jesús y permaneciendo con él junto a su cruz. Ella permanece allí, sin prometer la liberación de la cruz ni rosas sin espinas, sino invitando a las personas a volver al hogar de Dios, su padre.

Unos años después de que se reconstruyera la iglesia, el gobierno cubano desmanteló la fábrica de azúcar de El Dolores. Pieza a pieza, la gigantesca maquinaria que había funcionado durante dos siglos y había sustentado miles de vidas había desaparecido.

Pero, según escribió mi madre: "La casa de Dios seguía en pie, restaurada. Se mantenía allí junto al pueblo tras la desaparición de la fábrica, recordando a todos que Dios está con nosotros, siempre cuando lo necesitamos, y permanece a nuestro lado sin importar la oscuridad que nos rodee".

Durante su visita de 1998, el Papa Juan Pablo II rezó en el Santuario de Nuestra Señora de la Caridad para que María "reuniera a sus pueblos dispersos por todo el mundo". La nación cubana solo puede convertirse en "un hogar de hermanos y hermanas" a través de la reconciliación arraigada en el amor abnegado. El título de María, Nuestra Señora de la Caridad, dijo, lleva "la memoria del Dios que es Amor" y "el recuerdo del mandamiento nuevo de Jesús". Y continuó: "Tu nombre y tu imagen están esculpidos en la mente y en el corazón de todos los cubanos, dentro y fuera de la Patria, como signo de esperanza y centro de comunión fraterna". María, añadió, "has venido a visitar nuestro pueblo y has querido quedarte con nosotros como Madre y Señora de Cuba, a lo largo de su peregrinar por los caminos de la historia"

En los rosarios rezados en secreto durante décadas de régimen ateo, en la mujer que llevó flores a una iglesia sin techo, en el aldeano que escondió las vidrieras envolviéndolas en una lona y protegiéndolas por vigas de madera, había sido testigo de cómo el amor maternal de María había ayudado a evitar que la fe en Dios se extinguiera en Cuba.

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