Padre Barreiro, de las Chafarinas al Orinoco: «Venezuela era insostenible, ahora tenemos esperanza»
El misionero malagueño relata cómo se vivió en el país la captura de Nicolás Maduro.
El padre Barreiro durante una misa en su misión en el Orinoco.
Durante más de tres décadas, la misión diocesana de Caicara del Orinoco ha sido el puente que une a Málaga (España) con Venezuela. Aunque la iniciativa tomó forma en los años 80 bajo el impulso del obispo Ramón Buxarrais, la presencia de sacerdotes malagueños en el país se remonta a mediados del siglo XX.
A lo largo del tiempo, varios presbíteros han recorrido este territorio de 45.000 kilómetros cuadrados, dependiente del Arzobispado de Ciudad Bolívar. Sin embargo, lo que en su origen fue un equipo de tres misioneros se ha reducido hoy a un único sacerdote: Juan Manuel Barreiro.
El día a día del padre Barreiro
Barreiro, nacido en las islas Chafarinas y formado en el Seminario de Málaga, llegó a Venezuela hace 35 años. Actualmente atiende dos parroquias situadas en plena zona rural, La Urbana y Morichalito, separadas ambas por unos 120 kilómetros y a más de 500 de Caracas. La Opinión de Málaga cuenta su historia.
La primera es un pequeño pueblo de pescadores a orillas del Orinoco; la segunda, una localidad en expansión junto a una mina de bauxita que atrae a numerosos trabajadores.
Barreiro en su misión.
El sacerdote describe su día a día como un constante ir y venir entre ambas comunidades. Explica que la misión abarca unos 10.000 kilómetros cuadrados y que se encuentra tan alejada de los centros urbanos que, según él mismo dice, viven "en la extraperiferia de todo".
Esa distancia ha hecho que los acontecimientos recientes del país, incluida la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, apenas hayan alterado la rutina local.
Recuerda que aquel día salió de La Urbana sin notar nada fuera de lo habitual. En la carretera no se cruzó con nadie y en un puesto militar lo saludaron con normalidad. Solo al llegar a Morichalito percibió cierto impacto: pocos comercios abiertos, te atendían detrás de las rejas, ausencia de transporte público y gasolineras cerradas. Con el paso de los días, la actividad comercial fue recuperándose.
En esos primeros momentos de incertidumbre, los vecinos aprovecharon para comprar algo de comida adicional. Barreiro relata que adquirían lo más básico y económico: arroz, azúcar, harina para arepas, sardinas enlatadas.
La inflación, señala, hace que los precios sean inasumibles para la mayoría. El salario mínimo ronda los 130 bolívares, mientras que el dólar supera los 300. "Aquí no se compra por kilos; se pide una cebolla, dos tomates, un par de ajos", comenta. La carne, añade, es un lujo.
La vida en esta región es extremadamente humilde. La población se centra en sobrevivir día a día, con recursos escasos y servicios deficientes. La gasolina es limitada, la electricidad falla con frecuencia y las comunicaciones telefónicas dependen de una empresa pública que no logra garantizar un servicio estable. La alimentación también es sencilla: arroz por la mañana, una arepa con queso llanero y, cuando se puede, algo de pollo o pescado.
La vida en esta región es extremadamente humilde. La población se centra en sobrevivir día a día, con recursos escasos y servicios deficientes
Barreiro mira con tristeza cómo el país ha cambiado en las últimas dos décadas. Asegura que la situación es "insostenible" y que la aspiración más común entre los jóvenes es marcharse. Venezuela, que durante años recibió migrantes de toda Sudamérica y de Europa, ha visto salir a más de ocho millones de sus ciudadanos. "Es algo increíble", afirma.
A pesar de todo, mantiene la esperanza de que Venezuela alcance una etapa de libertad, paz y progreso en la que los propios venezolanos decidan su destino. Celebra, por ejemplo, la reciente excarcelación de algunos presos políticos, un gesto que desea que continúe.
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Su labor pastoral en Caicara del Orinoco ha sido muy intensa. Ha acompañado a comunidades criollas y también a grupos indígenas como los jivis y los mapoyos. Es el último sacerdote malagueño que permanece en la misión, después de que otros compañeros fallecieran o regresaran. Desde Cáritas, explica, hacen lo posible, aunque reconoce que no logran cubrir todas las necesidades.