Sábado, 08 de agosto de 2020

Religión en Libertad

Fue la más entregada de los tres a los sacrificios por los pecadores

La mirada seria y sombría de Jacinta de Fátima: tenía una misión de la Virgen y vivió para cumplirla

Los hermanos Jacinta y Francisco Marto fueron beatificados en el año 2000 en presencia de su prima, Sor Lucia (en el centro). Francisco les canonizó en 2017. El proceso de beatificación de Sor Lucia también está en curso.
Los hermanos Jacinta y Francisco Marto fueron beatificados en el año 2000 en presencia de su prima, Sor Lucia (en el centro). Francisco les canonizó en 2017. El proceso de beatificación de Sor Lucia también está en curso.

Cari Filii

A los cien años de su muerte, el testimonio de Santa Jacinta Marto, la más pequeña de los pastorcillos de Fátima, es tan actual como la verdad eterna que transmite: el sufrimiento ofrecido salva almas. Serafino Tognetti, autor de un reciente libro sobre Jacinta, recuerda el sentido de la vida y muerte de la santa niña en Il Timone:

Jacinta, la santa niña que nos enseña el sacrificio

El 20 de febrero es el centésimo aniversario de la muerte de Santa Jacinta Marto, la pastorcilla de Fátima fallecida en Lisboa con sólo diez años. Todos conocemos la  historia de las apariciones de la Virgen de Fátima, en 1917, a los tres niños Lucía (1907-2005), Francisco (1908-1919) y Jacinta (1910-1920), pero pocos saben qué sucedió en la vida de Jacinta en los meses siguientes.

La canonización de los dos hermanos Marto (13 de mayo de 2017) decreta a Jacinta como la santa no mártir más joven de la Iglesia católica; sin embargo, no fue canonizada en virtud de las apariciones (no todos los videntes se convierten "automáticamente" en santos), sino por lo que vivió y cómo lo vivió después, lo que hace de esta pequeña santa una de las maestras de espiritualidad más auténticas de nuestro tiempo.

El don de sí misma

Jacinta, de hecho, fue totalmente atrapada, transformada y moldeada por el mensaje que había oído de la Virgen María. En la primera aparición (13 de mayo de 1917), la Virgen les hizo una pregunta directa, fuerte, inesperada a los tres: "¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera enviaros, en acto de reparación por los pecados con los que se le ofenden, y de petición para que los pecadores se conviertan?". Lucía respondió en nombre de todos: "Sí, lo queremos".

De izquierda a derecha, Francisco, Lucia y Jacinta.

A partir de ese momento comenzó una nueva vida para los tres pastorcillos. Habían recibido una misión, a la que se dedicaron de inmediato sin pensárselo dos veces, sin plantear más preguntas; comprendieron que podían hacer algo para ayudar a los pecadores a dejar de pecar. Su acción se hizo más decidida y convencida tras la visión del infierno del 13 de julio, que les dejó muy turbados... El golpe final llegó el mes después (19 de agosto), cuando oyeron de los labios de la Virgen estas palabras: "Muchas almas van al infierno porque no hay quien se sacrifique y rece por ellas". Por lo tanto, si esto es verdad, la responsabilidad de la perdición de las almas cae también sobre los hombros de quienes no hacen nada para colaborar en su salvación eterna.

Los tres se dedicaron, aún más, a rezar y hacer penitencia, porque sabían, con certeza, que cada uno de sus sacrificios "frenaría" la caída de una persona en el abismo. Inventaron todo tipo de acciones: daban de comer a las ovejas y se quedaban sin comer; se ponían alrededor de la cintura una cuerda áspera; soportaban con alegría a todas las personas molestas y curiosas; rezaban rosario tras rosario; aprovechaban cualquier ocasión, sin excepción, para ofrecer algún sacrificio al Señor.

Por la salvación de las almas

Jacinta, en especial, se tomó muy en serio esta misión. Escribe Lucía en sus memorias: "Jacinta parecía preocupada por el único pensamiento de convertir a los pecadores y salvar a las almas del infierno. Francisco, en cambio, parecía pensar sólo en consolar a Jesús y la Virgen, a los que había visto muy tristes". De los dos hermanos, la niña es la que tiene un carácter y un temperamento más decidido: es consciente de que su acción puede cerrar la puerta del infierno a algunas almas, en un combate espiritual contra las fuerzas del maligno. Basta ver una imagen suya de la época de las apariciones: seria, sombría, te mira a los ojos directamente como si fuera una nueva Juana de Arco. Los sentimientos de su hermano Francisco son más delicados: él se sacrifica y reza para "consolar a Jesús", al que ha visto triste y al que quiere dar alegría.

Tras la muerte de Francisco, Jacinta enfermó de gravedad (pleuritis purulenta con fístula), la operaron y le sacaron dos costillas, dejándole una herida enorme que nunca cicatrizó del todo; sufrió muchísimo pero ella siempre vio en esta gran prueba la respuesta del Cielo: tenía algo que ofrecer para la doble misión de la reparación de los pecados y la conversión de los pecadores. Una noche, la niña, mientras rezaba, se dirigió al Señor con estas palabras: "Ahora puedes convertir a muchos pecadores porque sufro mucho".

No era  una invocación vaga, sino una certeza: dado que había sufrido mucho, Jesús podía convertir a muchos pecadores. ¿Ingenuidad infantil? En absoluto. En la doctrina de la Iglesia nuestra participación en la Pasión del Señor por la salvación de las almas está totalmente prevista. De hecho, el Cuerpo participa en los mismos fines de la Cabeza, como expresa claramente el apóstol Pablo: "Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo" (Col 1, 24). 

El poder de la obediencia

No todos saben que después de las apariciones "oficiales", Jacinta tuvo otras apariciones de la Virgen María, tanto en Fátima como en Lisboa, donde murió en total soledad, sin haber recibido la Santa Comunión, que había solicitado, el 20 de febrero de 1920.

Le debemos a la diligencia de la madre Godinho (la superiora del orfanato de Lisboa, donde la niña vivió algunas semanas) que se hayan conservado las frases que Jacinta recibió de la Virgen en los últimos meses de vida, que constituyen un verdadero "magisterio" de la pequeña santa: habla de la devoción al Corazón Inmaculado de María, del peligro de los pecados, pero también del deber de los gobiernos, de cómo deben vivir los sacerdotes y de otras cosas... una verdadera obra maestra doctrinal de sorprendente actualidad.

"Muy pocos saben lo que le sucedió a la pequeña Jacinta Marto tras las apariciones de Fátima. Sin embargo, el camino para salir de la crisis actual de la humanidad se encuentra enteramente ahí, en esos pocos meses de vida": así presenta la editorial el libro Giacinta, de Serafino Tognetti.

La nota más importante de esta vertiginosa madurez espiritual, que transformó a una simple semi-analfabeta de nueve años en una santa de los tiempos modernos, fue su absoluta y ciega obediencia a las palabras de la Virgen. ¿Que la Virgen había dicho que con la oración y los sacrificios se salvan las almas de los pecadores? Ella se puso a rezar y a hacer sacrificios, y sólo eso, aun manteniendo las ocupaciones normales de cada día. No se hizo monja, nunca quiso nada especial, sólo hacer lo que la Virgen le había pedido. Y obedeciendo así, en dos años se santificó. Esto es lo que obra en una persona la fuerza de la obediencia a la voz de la Virgen.

Pero el mensaje de Fátima no es sólo para los tres niños: es para toda la cristiandad. Obedecer a la Virgen significa entrar de manera inmediata y perfecta en la voluntad de Dios, que en este tiempo parece que no desea más que la oración (el rosario en especial) y los sacrificios. ¿Difícil? No, fácil. Pero hay que creer. Y actuar.

Una invitación para todos

¿Qué "hacer", entonces, para mejorar la suerte de la humanidad? Reaccionar a las profanaciones (las ofensas hechas a Dios) no sólo deplorando, lamentándose o rasgándose las vestiduras y seguir siendo lo que somos, sino ofreciendo cualquier sacrificio, pequeño o grande, voluntariamente, sabiendo con absoluta certeza que los pecados pueden ser borrados o anulados con nuestra generosidad y colaboración.

Ciertamente, somos pecadores, pero esto no debe frenarnos... Intentamos hacer de todo para no disgustar a Dios, pero también tenemos una misión en esta Iglesia: la reparación y la oración. Recientemente, en Bolonia, en el día de la Inmaculada Concepción vimos carteles blasfemos que ofendían a la Virgen María; el nombre de Dios y de la Virgen es vilipendiado por doquier de muchas maneras. Pero nosotros tenemos las armas para reaccionar, combatir y conseguir una rotunda victoria. Según un método que no es humano, sino divino, a saber: la cruz y la resurrección. El Señor Jesús le dijo a la venerable Consolata Betrone: "Cada vez que dices: 'Jesús, María, os amo, salvad almas', reparas miles de blasfemias". La proporción es uno a mil. Por consiguiente, pongámonos manos a la obra. Santa Jacinta, desde el cielo, está a la cabeza, como un pequeño general de este ejército de almas llenas de heridas, pero victoriosas.

Publicado en español en el portal de noticias marianas Cari Filii.

Traducción de Elena Faccia Serrano.

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