Miércoles, 08 de abril de 2020

Religión en Libertad

San Luis Orione

ReL

Hace muchos años, predicaba la misión de Castelnuovo Scrivia. Había hablado esa tarde de la confesión. La iglesia estaba llena. Durante la predica, yo no sé ni cómo, me salió una expresión. Dije: “Si alguno hubiese puesto veneno en el palto de su madre y la hubieses asesinado, si está verdaderamente arrepentido y se confiesa, Dios, en su infinita misericordia, está dispuesto a perdonarle su pecado…”

Terminada la predica me pongo a confesar hasta la una de la madrugada. Tenía que volver a Tortona. Tomo por el camino que va de Castelnuevo a Tortona. El tiempo era pésimo: era invierno y nevaba. Yo me encamine a pie. Envuelto con un ponchillo, salí del pueblo sin que hubiese un alma viva. Y paso que, a las afueras del pueblo, veo moverse delante de mí una sombra negra, que se aproximaba hacia mi sendero. Era la una de la madrugada. Era un hombre emponchado, envuelto con una gran manta, con el sombrero calado en la cabeza: caminaba también él a Tortona, pero de un modo que parecía que esperaba a alguien. Cada tanto se daba vuelta y me dí cuenta de que al que esperaba era a mí.

Vaya, pensé,  quien sabe qué cosa me va a suceder, ¿qué cosa querrá? Querrá tal vez robarme… Caminaba rápido, alcancé al hombre y, pasándole al lado, le di las buenas noches. Lo salude primero: “¡Buenas noches, buen hombre!”

Pero, un momento después, siento que me llama; me doy vuelta y me dice: “Reverendo, querría decirle un cosa: ¿usted es Don Orione? ¿Es usted el predicador? ¿El que esta tarde predicó en la iglesia?” “Sí”, respondí. Él continuo: “Yo escuché su última predica: usted ha dicho algo esta tarde…” “¿Qué cosa?...” “¿Usted esta tarde habló de la confesión, de la misericordia de Dios?” “¡Si!” “Bien, querría saber si es verdad eso que dijo en esta tarde” “¡Pero seguro!” “¿Pero usted cree en lo que ha dicho? Querría saber”, insistió, “si es verdad que incluso quien hubiera echado veneno en el plato de su propia madre, podría ser todavía perdonado…” Yo no recordaba con seguridad haber dicho eso, sin embargo le dije: “¡Pero sí que es verdad! Basta que esté sinceramente arrepentido…” “Yo soy ese que puso veneno en el plato de su madre: había discordia entre mi mujer y mi madre, y yo asesiné a mi madre. ¿Puedo recibir el perdón? Y se puso a llorar…

Me contó su historia, y luego cayó a mis pies ¡Padre, confiéseme, confiéseme! ¡Yo soy aquel del plato! Después añade: “Desde aquel momento no he tenido más paz… son tanto años…” (Cuanto digo me lo dijo fuera de la confesión: nadie podrá individualizar a esa persona, que creo estará muerta…) Ahora bien, le dije enseguida, confortándolo: “Por la autoridad recibida de Dios, yo te puedo perdonar este pecado. Ven aquí” Me acerque a un mojón, quite la capa de nieve que tenía encima. “Ven aquí”, dije, sentándome sobre el mojón, “confiesa toda tus culpas desde que tienes uso de razón hasta ahora; confiesa también el pecado de haber puesto veneno en el plato de tu madre…”

Se arrodilló y después se confesó llorando y le di la absolución; luego se levantó y me abrazaba y apretaba, siempre llorando, y no podía despegarse de mí, era tanto su consuelo que lo había inundado.

También yo lloré y lo besé en la frente; mis lágrimas se confundieron con las suyas. Quiso acompañarme casi hasta Tortona.  Sólo por mi insistencia se volvió atrás finalmente, y yo continué mi camino con gran consuelo, con una gran alegría en el corazón que jamás experimenté igual en mi vida.

Llegué a Tortona todo mojado; aquella noche me saqué los zapatos y me tiré en la cama, y soñé… Soñé con el Corazón de Jesucristo, sentí el Corazón de Jesucristo. Cuán grande es la misericordia de Dios.

 

A los hombres y jóvenes:

Ya no es una novedad, este año, pero es siempre un cosa hermosa y santa venir a confesarse por la Virgen de la Guardia, oh mis buenos amigos. En la noche del sábado 25 y el domingo 26 de Agosto, los invito a su Santuario de la Guardia: habrá una celebración para ustedes, expresamente y solo para ustedes. ¡Ninguna mujer! De noche es conveniente que las mujeres, por seriedad y buen nombre, que estén en casa… Me dirán: ¿y las jóvenes y las señoritas? Las jóvenes y las señoritas los dejen en paz, al menos de noche, ¡se vayan a dormir y soñar! Nosotros los hombres, en cambio, es otra cosa: el hombre debe estar siempre de pie, de mañana y de noche, se es necesario. Y cuando se trata de ir al Señor, nosotros debemos desmentir a aquel tal Nicodemo del Evangelio que iba de noche, cuando nadie lo veía… Los hombres de hoy tienen que trabajar; ustedes jóvenes, también tienen que sudar, tienen que leer la Gazzatta dello Sport, no tienen tiempo y no lo pretendo: vengan entonces de noche. Jesús nos espera también de noche. Vengan con buena voluntad y sin tanto miedo: los pecados, se confiesan quizás mejor de noche, porque no se ven. Sus pecados, díganmelos en buen tortonés, y comiencen por los más grandes, aunque no sean tortoneses.

Vendrán a confesarse conmigo o con otros, pero especialmente conmigo, que ando mucho por el mundo y los pecados los sé todos; los adivino también, a veces siento su olor; que si no me los dicen ustedes, se los diré yo, con la ayuda de Dios: en un instante los pongo en su lugar, y se irán contentos con paz en el corazón.

¡Vamos, buenos amigos, coraje! Nos vemos el sábado a la noche. Los espero a todos. Es la hora de Dios, los llamo en el nombre de Dios: la Virgen nos espera. Si no ponemos la conciencia en su lugar ahora ¿cuándo lo haremos, cuando llegue la muerte? Pero, ¿tendremos tiempo aun? ¿y será una confesión o será una confusión?

Es hora que ustedes y yo nos pongamos a vivir como buenos cristianos, en serio: quien tiene tiempo no espere más. Queridos amigos, no somos animales, tenemos un alma, ¡debemos salvarla! La Virgen de la Guardia nos llama: su voz es de madre y de misericordia: ¡vengan! Los espero. Soy su Don Orione.

PD: Confesión y café después de la confesión, me harán el honor de pasar todos a la casa, detrás del Santuario; les daré un buen café. Quiero mandarlos a casa con sus mujeres y madres, ¡con la boca dulce y el corazón contento!; y tomaran dos o tres tazas. ¡Pero no doce, me mandarían a la ruina!

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