Domingo, 25 de octubre de 2020

Religión en Libertad

La Masonería, a la conquista total de la Unión Europea


El tambor de guerra masónico toca a rebato. No les basta con su poderosa influencia en las instituciones comunitarias, especialmente en el Parlamento: quieren simplemente el control de todas ellas

por José Luis Bazán

Opinión

Más creíble resulta lo irreal verosímil que lo real inverosímil. Imaginemos una «discreta» reunión entre los presidentes de la Comisión y el Parlamento de la Unión Europea y altos representantes de la Masonería continental para tratar sobre el impulso del laicismo en las instituciones comunitarias. ¡Qué buen argumento para una novela conspiratoria! ¡Qué inverosímil! ¡Y qué ocultada realidad! Ni pío en telediarios. Ni letra en prensa habitual. Ni comentario de opinantes profesionales. Rien de rien.

Y sin embargo, lo inverosímil tuvo lugar el pasado 26 de junio bajo palio institucional comunitario, en «desayuno de trabajo» (en palabras de los masones) con previsible agenda monotemática: más laicismo en Europa. La cumbre no tuvo desperdicio: por parte de las instituciones europeas, los presidentes Durão Barroso y Pöttering, además de los comisarios de Educación y de Desarrollo (Jan Figl y Louis Michel). Por parte masónica, además de sus impulsores del Gran Oriente de Francia (su cabeza visible, Pierre Lambicchi, y su representante ante el BEPA, Patrice Billaud), se presentaron otros masones de la Gran Logia Femenina de Francia, de la Federación Francesa de Derecho Humano, del Gran Oriente de Bélgica, de la Gran Logia Femenina de Bélgica, del Gran Oriente Lusitano, de la Gran Logia de Italia, de la Gran Logia Simbólica de España, de la Federación Española de Derecho Humano y de la Orden Masónica Internacional Delphi, de Grecia. Como se observa, las huestes masónicas no descansan en su evidente interés por apuntalar la ofensiva laicista en Europa, y utilizan para ello todo su poder e influencia.
 
De Lambicchi cabía esperar la apología que hizo de los «valores de la francmasonería liberal y adogmática», y su rígida defensa de la construcción de Europa poniendo el laicismo como centro del proyecto comunitario. Una apología del humanismo sin Dios, con sus aditamentos indispensables: lucha contra la discriminación por orientación sexual (o sea, promoción de la ideología de género) y la «cuestión del Islam en las sociedades europeas» (esto es, defensa del Islam como contrapeso al Cristianismo). ¿Y Barroso y Pöttering? No perdieron la ocasión para alabar las «excelencias» y virtudes de las Luces y sus aportaciones a Europa, deseando orientar los debates sobre «la forma en que la tradición cultural humanista de las Luces puede contribuir a reforzar los valores europeos en este tiempo de crisis económica y financiera».
 
Meses atrás, el 3 de marzo pasado, el mandamás de los masones franceses, Lambicchi, ya calentó el ambiente adoctrinando en Bruselas a los miembros del Parlamento Europeo en un discurso apologético titulado «¿Y si todos los laicos de Europa se entendieran?», asqueante ristra detópicos con la France como modelo del laicismo rampante.
 
En una entrevista concedida a Radio Netherlands Worldwide, Lambicchi afirmaba en diciembre de 2008: «El Gran Oriente se ha inscrito recientemente en el Buró de comunidades de pensamiento a nivel de la Comisión Europea. Hasta ahora, había ahí solamente lobbies religiosos o sectarios. Ahora está presente la opinión de la Masonería adogmática (…) Luchamos para que nuestra palabra sea tomada en cuenta por la Comisión Europea. Van a unirse a nosotros otras obediencias masónicas adogmáticas. Hay que redefinir la laicidad, el espacio de paz, y defenderlo».
 
El tambor de guerra masónico toca a rebato. No les basta con su poderosa influencia en las instituciones comunitarias, especialmente en el Parlamento: quieren simplemente el control de todas ellas. ¿Por qué ante tamaña ofensiva la gran mayoría de los medios de comunicación corren el velo del silencio y perfuman el ambiente? Quizás su silencio cómplice sea explicable por las concesiones, tedetés y subvenciones que el señor del cortijo reparte entre su gente. En este pacto de silencio no falta el gran silenciador de la verdad, ese del que Baudelaire escribió: «No olviden que la mejor astucia del diablo consiste en convencerles de que no existe».
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