Martes, 18 de junio de 2024

Religión en Libertad

Contrición y atrición

Sombra de un hombre apesadumbrado apoyado en una pared.
El dolor (no necesariamente sensible) por los pecados cometidos es una parte fundamental del sacramento de la Penitencia. Foto: Road Trip with Raj / Unsplash.

por Pedro Trevijano

Opinión

Son dos palabras clave para entender lo que significa el sacramento de la Penitencia. Veamos lo que significan:

1) La contrición reconcilia al pecador con Dios, incluso antes de la recepción del sacramento. La razón es clara: quien posee la contrición, posee la gracia santificante, el amor de caridad y tiene su opción fundamental puesta en Dios.

2) La atrición no justifica antes de la recepción del sacramento, debido a que todavía no posee el amor de caridad ni tiene su opción fundamental puesta en Dios.

3) Basta la atrición para acercarnos al sacramento de la Penitencia. En caso contrario sería necesaria la contrición que justifica al pecador antes de la recepción del sacramento y éste sería prácticamente inútil, pues absolvería siempre a los ya perdonados.

4) El pecador con uso de razón necesita la contrición para justificarse, pues la justificación supone el amor de caridad y la gracia santificante.

5) En consecuencia si basta la atrición para iniciar la confesión y es necesaria la contrición para obtener la justifica­ción, podemos concluir que el efecto de la absolución sacramental es infundir la gracia necesaria para que el atrito pase a ser contrito.

6) Hay que tener cuidado en no dar la impresión de que la confesión puede favorecer la falta de contrición, sino poner en primer plano el carácter sacramental del perdón de los pecados y la fe en la acción redentora de Cristo.

7) El paso de la atrición a la contrición es análogo a lo que sucede en un proceso de enamoramiento. Lo primero que se busca es lo que es bueno para mí ("esta chica puede hacerme feliz"; conveniencia para el hijo pródigo de volver con su padre). Posteriormente la acogida bondadosa nos hace buscar lo que es bueno para el otro ("esta chica merece que yo la haga feliz"; lógico agradecimiento del hijo pródigo con su padre). Está claro que el primer tipo del amor es imperfecto y el segundo muy diverso y mucho más perfecto.

8) Recordemos que las palabras contrición, opción fundamen­tal buena, santidad, gracia santificante, temor filial y amor de caridad son equivalentes y todas ellas hacen referencia a la persona en gracia.

* * *

La contrición supone por parte de Dios la concesión de su gracia, y por parte del hombre "es un dolor del alma y un detestar del pecado cometido con propósito de no pecar en adelante"(DS 1676; D 987). La contrición no puede decirse completa sin la celebración del sacramento de la Penitencia, porque tiende ontológicamente hacia ella, como máxima expresión de todo el proceso de conversión y reconciliación, y es que la conversión hacia Dios no se realiza sólo con el compromiso de reconciliación con los hermanos, sino que el proceso de conver­sión debe llegar para ser verdaderamente realizado hasta la celebración sacramental.

La contrición cristiana supera al remordimiento, en cuanto lleva consigo una apertura y una esperanza en Dios. Es una respuesta al ofrecimiento de gracia por parte de Dios y por ello se orienta hacia el futuro, hacia una nueva relación de amistad con Él. El pecador que se arrepiente sincera­mente ya está bajo la acción del perdón divino, habiendo reconocido siempre la teología la contrición perfecta como el elemento decisivo para el perdón de los pecados. La fe nos hace ver la malicia del pecado y también el amor misericordioso de Dios, en todo momento dispuesto a acogernos.

La conversión pertenece a ese tiempo intermedio en que vivimos, en que podemos decir con verdad del Reino de Dios que se nos da "desde ahora", pero "todavía no".

Ahora bien, el "todavía no" nos indica que, aunque el Reino de Dios y la salvación ya estén iniciados, vivimos en un mundo no santo, donde el poder del mal todavía enseñorea, aunque esté fundamentalmente derrotado gracias a Cristo. Por ello la conversión nunca se acaba, sino que ha de continuar hasta la muerte. En consecuencia debemos distinguir entre conversión primera, que corresponde a la justificación y supone el reordenar la vida de acuerdo con la opción fundamen­tal buena, perdida por el pecado, y conversión segunda o cotidiana, que correspon­de al esfuerzo que debe hacer todo creyente para ir superándose y realizar lo que entiende es el plan divino sobre él, conver­sión ésta continua y sin fin que nos lleva a crecer en la virtud y luchar contra las malas inclinaciones, teniendo la educación religiosa en este punto un importante papel que realizar, tanto para quien la recibe como para quien la da, por la importancia que tienen nuestras convicciones en nuestro modo de actuar.

Podemos hablar también de una neoconversión radical, como la de una persona, ya entregada a Dios, pero que en un momento determinado, como pueden ser un retiro o unos ejercicios, penetra más a fondo en el significado de su opción por Cristo, siendo su vida posterior expresión de este su más profundo acercamiento a Dios. Ésta sería una nueva conversión, pues esta persona sería el hombre nuevo paulino.

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