Jueves, 23 de septiembre de 2021

Religión en Libertad

Fondo y forma

David de Miguel Ángel.
La forma, en sentido metafísico, no es algo accesorio o secundario: es lo que da vida a la materia. Es lo que convierte el inerte mármol en el David de Miguel Ángel que se expone en la Galería de la Academia de Florencia. Con los ritos litúrgicos vale la misma consideración.

por Juan Manuel de Prada

Opinión

A los pocos días de que Bergoglio pretendiera cargarse –o siquiera relegar a la clandestinidad– la misa tradicional, asistí a una cena con un grupo misceláneo, en el que se mezclaban católicos y ateos. Me resultó sumamente aleccionador descubrir que a los ateos esta decisión porteña se les antojaba una horrenda calamidad, tan horrenda como decretar la demolición de las catedrales; pues, aunque no creían en la existencia de Dios (y mucho menos en el sentido sacrificial de la misa), reconocían el valor de un rito que ha inspirado logros estéticos de valor incalculable. En cambio, a los católicos presentes en la reunión –todos ellos de la rama pompier–, la decisión porteña se les antojaba una cuestión menor, pues –como dijo uno de ellos– «el rito no deja de ser una mera cuestión de forma». Lo importante, para este buen señor, era «lo que en la misa se celebra, no las galas verbales con las que se celebra».

Aquel católico pompier no hizo sino ensartar tópicos –todos ellos muy manidos y mentecatos– que me recordaron los que otras veces he escuchado a gafapastas inanes en discusiones sobre cuestiones artísticas o literarias. El católico pompier, como el gafapasta inane, cultiva unos dualismos simplistas que distinguen entre ‘forma’ y ‘fondo’, como quien distingue entre cáscara y meollo. Consideran que la ‘forma’ es una hojarasca prescindible, una envoltura externa perfectamente accesoria que, cuando es apartada, permite distinguir más nítidamente el ‘fondo’, donde para el católico pompier o el gafapasta inane se halla lo verdaderamente jugoso. Esta distinción maniquea entre ‘fondo’ y ‘forma’ ha producido inevitablemente una alabanza del ‘fondo’ y un menosprecio de la ‘forma’ propios de gente ignara que –por constituir infinita mayoría– ha impuesto su criterio, estableciendo que la ‘forma’ –lo mismo en el arte que en la misa– es un aderezo superfluo, un alarde esteticista, un tirabuzón retórico que nada aporta al ‘fondo’.

¿Estarán en lo cierto los gafapastas inanes y los católicos pompier cuando exaltan el ‘fondo’ sobre la ‘forma’? ¿Seremos los defensores de la forma unos frívolos y amanerados tiquismiquis? Nada más alejado de la realidad. Ocurre, sin embargo, que no somos analfabetos funcionales –como ellos lo son, además de esclavos sumisos de las tendencias en boga, aunque sean las tendencias más fules o fanés–; y, por no serlo, sabemos que el dualismo de ‘fondo’ y ‘forma’ es una logomaquia inconsistente que oculta el dualismo verdadero entre ‘materia’ y ‘forma’.

La forma no es una cáscara. Un escritor que, a la hora de plasmar sobre el papel una idea, no supiese si expresarlo en prosa o en verso nos parecería un zascandil; pues la obra inspirada nace conjuntamente y no puede percibirse la idea sin percibirse su realización. La forma no es algo adjetivo que se agrega a la obra de arte, sino algo que la informa desde dentro, que la configura y hace distintiva, que le brinda su entraña más honda. En Ideas sobre la novelaOrtega y Gasset señala: «La materia no salva nunca a una obra de arte, y el oro de que está hecha no consagra nunca a la estatua. […] Todo el que posee delicada sensibilidad estética presentirá un signo de filisteísmo en que, ante un cuadro o una producción poética, señale alguien como lo decisivo el asunto. Claro es que sin éste no existe obra de arte, como no hay vida sin procesos químicos. Pero lo mismo que la vida no se reduce a éstos, sino que empieza a ser vida cuando a la ley química agrega su original complicación de nuevo orden, así la obra de arte lo es merced a la forma que se impone a la materia o al asunto».

En efecto, el término con el que se contrasta ‘forma’ no es ‘fondo’, sino ‘materia’. Pensar que la ‘forma’ es indiferente, en la obra de arte o en la misa, es propio de imbéciles; pues todas las cosas humanas y divinas son vivificadas a través de su ‘forma’. La ‘materia’ es informe, mientras que la ‘forma’ es el principio de determinación de la materia, el sello divino que le permite ser en plenitud. La forma –afirmaba Ramon Llull– es «lo que da el ser a las cosas, como el alma es lo que da el ser al cuerpo». El David de Miguel Ángel no nos parecería más sublime si, en lugar de esculpido en mármol, hubiese sido fundido en oro; en cambio, no habría podido ser si el genio Miguel Ángel no lo hubiese esculpido en la ‘forma’ en que lo hizo. La ‘forma’, la verdadera ‘forma’, no es adjetiva, sino sustantiva. Es el contacto creador de la ‘forma’ lo que brinda su sustancia a las cosas que, huérfanas de ella, se convierten en meros simulacros, en morrallas informes, en materia inerte.

Publicado en XL Semanal.

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