Miércoles, 11 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

Contra el hambre en el mundo


por Cardenal Antonio Cañizares

Opinión

La Jornada Nacional contra el Hambre en el mundo de Manos Unidas, ante tantas cosas como están sucediendo estos últimos días, posiblemente haya pasado inadvertida. Sin embargo no debe pasarse por alto, porque nos recuerda un deber fundamental: el del amor, la solidaridad, la caridad, que haría posible erradicar el hambre en el mundo y la promoción de la dignidad de la mujer en el mundo en el siglo XXI, «independiente, segura y con voz», como reclama el slogan de este año en la presente Campaña Manos Unidas.

Conviene recordar este deber que todos tenemos, con la certeza de que en Cristo se da esa caridad que ama sin límites y no discrimina a nadie, todo lo contrario. Todo sería inútil si faltase esa caridad que es Cristo. Nos lo recuerda San Pablo en el «himno de la caridad»: aunque diésemos todo cuanto tenemos en limosnas, si no tenemos caridad, todo sería nada. Si nos falta ese amor, nos falta todo para solucionar el problema del hambre y darle toda la dignidad que le corresponde a la mujer. La práctica de la caridad, de un amor activo y concreto con cada ser humano, es algo que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial, la acción pastoral. Tenemos que saber descubrir a Cristo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse: «He tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado que beber». Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia. Nadie puede ser excluido de nuestro amor. Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por los pobres.

A esto nos invita cada año Manos Unidas, a que asumamos «el estilo del amor de Dios» en la atención que debemos en justicia a los millones y millones de personas cuyas necesidades interpelan la sensibilidad cristiana y nos urgen a actuar en justicia, apremiados por la caridad. ¿Cómo es posible que a la altura de nuestra historia la mayor parte de la población en el mundo viva muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana? ¿Cómo es posible lo que está sucediendo en la frontera con Colombia, donde se está impidiendo que llegue la ayuda humanitaria a los venezolanos que tanta escasez y necesidad está sufriendo, solo por interés económico y de poder?¿Cómo este rechazo que impide el bien de los hambrientos y de los enfermos? Hemos de tener presente ante nuestros ojos la pobreza estremecedora que aflige de manera radical a tantas partes del mundo y dejarnos preguntar, sin retórica, ¿cómo juzgará la historia a una generación que cuenta con todos los medios necesarios para alimentar a la población entera del planeta y que rechaza el hacerlo con una ceguera fratricida? ¿Qué paz pueden esperar unos pueblos que no ponen en práctica el deber de solidaridad?

Una mayoría de la humanidad no tiene lo mínimo necesario, que les corresponde en justicia, la mayoría pasa hambre. Se trata de un problema que se plantea a la conciencia de la humanidad, lo que constituye no solamente una ofensa a la dignidad humana, sino que representa también una indudable amenaza para la paz. Toda la humanidad debe reconocer en conciencia sus responsabilidades ante el grave problema del hambre que no ha conseguido resolver, es la urgencia de las urgencias, mientras este objetivo puede ser alcanzado. Tampoco podemos ser injustos ante esta necesidad primerísima y urgente que llama a nuestra conciencia para obrar en justicia, para obrar conforme a la caridad que es todavía más exigente, y construir un mundo en una paz verdadera. No se trata sólo de dar –cuanto más generosa sea esa donación, tanto mejor, y más en la Campaña contra el Hambre de este año–, sino de una actitud y de una mentalidad, de una forma de entender y vivir la vida.

Como nos dijo San Juan Pablo II, es la hora de una nueva «imaginación de la caridad», que promueva la eficacia de las ayudas, que sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno. No podemos inhibirnos ante la magnitud del problema. Debemos hacer lo que está en nuestra mano para que este mundo de hambre se transforme en un mundo de hermanos, donde todos y cada uno reciban el pan de cada día y sean reconocidos y respetado sen su dignidad, como corresponde en justicia. Ahí está la paz futura y consolidada, inseparable de la promoción de la dignidad de la mujer.

Publicado en La Razón.

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