Martes, 02 de junio de 2020

Religión en Libertad

La gran depresión


por Chus Villarroel, O.P.

Opinión

Yo no sé hasta donde permitirá Dios que llegue esta pandemia. No sé qué profundidad adquirirá. Está claro que no estamos preparados para mucho. De hecho, da la impresión de que la sociedad está más preocupada por la economía que por los muertos. Incluso se piensa, medio en bromas, que unos cuantos muertos más podrían arreglar el tema de la seguridad social. Lo que la gente desea es que esta encerrona se acabe y volver cuanto antes a lo de siempre donde, al parecer, estábamos muy a gusto.

​No lo sé, no lo sabemos. Yo deseo que esta purificación sea corta y somera, también por la cuenta que nos trae. Sin embargo, existe la posibilidad de que sea muy aguda e insufrible y que haya un trastoque de relaciones sociales y económicas. El dogma de la democracia iba a sufrir mucho y con ella muchos valores no suficientemente anclados en la realidad. También la ciencia, el progreso, la técnica, se verían duramente zarandeados, sobre todo en relación con la naturaleza del hombre y lo que creemos como omnipotencia de la razón. Si un virus no previsto por la razón puede poner en cuarentena nuestros principios básicos de convivencia es que nuestra sociedad necesita una dura catarsis y un reequilibrio. El triunfo de la irracionalidad nos dejaría boquiabiertos. ¿Cómo es posible? Creíamos que lo teníamos todo atado y bien atado.

He dormido mal esta noche. Bueno, casi todas duermo mal desde que estamos en éstas. A lo mejor a las cinco de la mañana cojo un cuaderno y me pongo a escribir. Pocas veces me ocurre, pero esta mañana ocurrió. Soñé que tenemos un precedente muy claro en la historia. Fue solo hace siete siglos. Si visitas Florencia encontrarás que hay dos conventos de dominicos: uno, Santa María la Novella, y el otro San Marcos. El primero existía antes de la famosa peste negra del siglo XIV y es impresionante, un escorial con interiores góticos de mucha mayor belleza que nuestro monasterio madrileño. La amplitud y riqueza de la iglesia, de los claustros y de los salones universitarios es ingente. Habitado por cien frailes en plena actividad, fue visitado por la peste negra. Murieron cincuenta en poco más de un año.

Pues bien, lo que siguió a este cataclismo no fue una reconversión o un cambio profundo espiritual sino una depresión generalizada. Lo mismo sucedió en la ciudad. Entre los frailes se destruyó la observancia, la ley, el esfuerzo, las ganas de hacer, cualquier atisbo de creatividad. Fue más grave la depresión que la peste. Ese convento quedó herido de muerte. De tal manera que la continuación de los dominicos en Florencia se rehízo en un antiguo conventito de otros frailes desaparecidos, adaptado a la vida dominicana que se empezó a llamar San Marcos. Aquí surgió todo nuevo y renovado en un contexto mucho más sencillo y pobre que fue bendecido con el gran pintor Fra Angélico, San Antonino y el gran Savonarola que, por predicar a la gente que estaba volviendo a los excesos anteriores a la peste negra, fue quemado con otros dos compañeros en la plaza pública.

​Ni yo ni nadie creemos que esta historia pueda volver a ocurrir entre nosotros en el siglo XXI. Pero seríamos irresponsables si pensáramos que no podría suceder. Esta humildad sí que la necesita nuestra sociedad, porque de soberbios y autosuficientes hemos pecado un rato. Como dijo alguien, lo único que sabemos cierto del futuro es que no va a ser como nosotros lo pensamos. De momento, nos han puesto en el rincón para pensar. Queremos volver rápido a lo que éramos porque allí habíamos eliminado el pecado y sus consecuencias pero ahora no estamos nada seguros. No necesitábamos rincón para pensar, como el niño díscolo, porque todo lo habíamos decidido desde nosotros y a nuestra manera.

​Una vez fue un fraile a confesarse después de años de rechazo y depresión. Fue en mi habitación. Él en una silla y yo sentado en la cama. Me acuso, me dijo, de haber querido ser como Dios. Yo le inquirí: ¿Qué más? Me respondió: ¿Te parece poco? Confieso que no estuve a la altura.

Publicado en Maranatha.

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