Martes, 26 de marzo de 2019

Religión en Libertad

Progreso y desequilibrio moral, un diagnóstico


Las condiciones objetivas favorecen un proceso de alienación, entendido como mal menor, que facilita soluciones inhumanas a problemas humanos.

por Josep Miró i Ardèvol

Opinión

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La corriente dominante, una de las ideas de mayor consenso desde perspectivas de pensamiento muy distintas, es que los progresos económicos, técnicos y científicos no han comportado, no ya un avance moral de la misma magnitud, sino que han significado incluso un retroceso, o al menos un desequilibrio moral. Y esto sirve no solo para la calificación de lo que ha sucedido en esta última década -o antes, según las perspectivas-, sino que también apunta a lo que sucederá en el futuro inmediato, por la vía de la robótica, los algoritmos, el uso del big data para los datos personales y su uso mercantil, político y de control, y la biotecnología y genética, lo cual determina la profundización del problema del declive moral de nuestra sociedad

Tanto es así, que muchos economistas y políticos, también intelectuales, defiende una renta básica universal como solución al presunto desempleo masivo que provocará la generalización de los robots, algoritmos e Inteligencia Artificial. En otras palabras: demos unas migajas a un elevado número de personas, revistiéndolo, eso sí, de justicia social, para paliar el hecho de que queden al margen de una de las principales fuentes de realización humana, el trabajo. Este enfoque es hoy más factible por la degradación de las condiciones del empleo. Trabajos a tiempo parcial no queridos, precariedad y bajos salarios hacen más fácil pensar en cobrar una renta de supervivencia sin trabajar, de la misma manera que la combinación de la prolongación de la esperanza de vida, la insuficiencia de los nacimientos y el coste de pensiones y prestaciones a la población de edad más avanzada permiten normalizar la idea de la eutanasia masiva. Es decir, las condiciones objetivas favorecen un proceso de alienación, entendido como mal menor, que facilita soluciones inhumanas a problemas humanos.
 
Para la izquierda existe una crisis moral propia del capitalismo; el problema es que sus referentes prácticos o no existen, o resultan profundamente inmorales, como Venezuela, Cuba o China, todo depende de dónde se sitúe el acento de la moralidad. Pero para buena parte de la derecha la crisis moral es también un hecho, lo que significa una infrecuente coincidencia. Y esa llamativa situación debería llevarnos a considerar la crisis moral como uno de los problemas decisivos de nuestro tiempo.
 
El financiero Warren Buffet, uno de los hombres más ricos del mundo según la lista Forbes, hizo unas declaraciones en mayo de 2009 en las que denunciaba las causas de la crisis económica que padecemos, La Gran Recesión: “Pienso que muchas personas del mundo financiero están relacionadas con la crisis en parte por avaricia, en parte por estupidez y en parte porque había gente que decía que era otro el que estaba haciendo lo que no tocaba hacer“. Este hombre, que trabaja para ganar dinero, mucho dinero, nos decía que los motivos de la crisis eran vicios que ni siquiera son originales: la avaricia, la ignorancia, la irresponsabilidad. Nos estaba diciendo, en definitiva, que tenía una raíz moral.

¿Qué ha sucedido para que vicios privados se transformen en un estrago público de tanta dimensión? Porque la pregunta clave es ésta. Avaros, ignorantes y mentirosos ha habido siempre, pero no es habitual que sean ellos los que marquen el paso a la sociedad, que se ve a sí misma como en el cenit de la moralidad, de tal manera que se permite el juicio ético y antihistórico de cualquier otra época o personaje de la historia, algo a lo que el neoliberalismo progresista es muy aficionado. ¿Qué nos ha sucedido?
 
La economía, como la política, es una antropología y responde, por tanto, a la concepción que tengamos del ser humano, y a la vez con el paso del tiempo la configura. La economía depende absolutamente del sistema de valores morales predominantes. Spengler constataba que “cada cultura tiene su economía“. Esta es la razón por la que el régimen socialista soviético implosionó, dado que el hombre que engendraba era un ser económicamente irresponsable. Pues bien, el capitalismo, la economía de mercado, reposa en unos cimientos morales específicos.
 
La economía neoclásica y todos sus vástagos han prescindido con excesiva alegría del capital moral, cosa que es evidente que no hacían los clásicos como Adam Smith. "El mercado depende todavía absolutamente de una comunidad que comparta valores tales como los de la honestidad, la libertad, la iniciativa, el ahorro, y otras virtudes cuya autoridad no soportará durante largo tiempo la reducción al nivel de los gustos personales que está explícita en la filosofía positivista, individualista, del valor en el que se basa la teoría económica moderna. Si todo valor deriva solo de la satisfacción de las necesidades individuales, no quedará nada para restringir la satisfacción interesada, individualista, de las necesidades. El agotamiento del capital moral puede ser más costoso que el agotamiento del capital físico", ha escrito Fred Hirsh en The Social Limits to Growth.
 
Lenin, el gran forjador del comunismo, decía: “La confianza es buena, el control es mejor”. Y a base de control el régimen soviético se colapsó, porque los costes de transacción eran desmesurados, y porque sin confianza el capital social y el capital humano merman.
 
Pues bien, en nuestro caso, sin los valores que hacen posible la prosperidad, y sin las virtudes necesarias para realizarlos, no es posible una economía próspera. Menospreciar este axioma equivale a confundir el pragmatismo con el vuelo gallináceo.
 
No saldremos bien de la crisis solo con medidas técnicas. No habrá más honestidad en las relaciones económicas, vocación por la inversión productiva, rechazo por el pelotazo, estabilidad en el patrimonio familiar; ni más veracidad y servicio al bien común por encima de los intereses de los propios partidos políticos. Nada de todo esto, y de muchas otras cuestiones, se resolverá bastante bien si los ciudadanos, la sociedad, sus instituciones, no abordan el trasfondo moral de la crisis.
 
Pero ¿qué significa una crisis moral? Y la respuesta es otra pregunta. ¿Y qué es la moral? Los que hayáis leído Las benévolas, la extraordinaria novela de Jonathan Littell, convendréis que la moral del oficial Aue de las SS no es nuestra. Si habéis visto el filme sobre la quiebra de Lehman Brothers, Margin Call, ya os disteis cuenta de que algunos personajes se guiaban por pautas que rechazamos. Vosotros, hombres y mujeres que habéis leído La Odisea, o La Ilíada, habréis visto que las normas que rigen la vida de aquellos hombres, lo que les permitía decir que su vida era buena y estaba realizada, poco tiene que ver con lo que creemos nosotros. Pero cuando hemos leído El Principito sí hemos sentido que lo que guía su acción también puede guiar la nuestra.
 
¿Qué quiero decir con todo esto? Pues que para que exista una moral es necesario disponer de una determinada concepción del ser humano y de lo que es una vida buena y realizada, es decir, de cuál es nuestro fin en la vida. Lo que los griegos antiguos llamaban el telos. Moral, por lo tanto, significa en primer término, no lo que tengo que hacer, sino lo que debo ser. Y es entonces, sabiendo qué tengo que ser, que puedo tener una norma por mi comportamiento; es entonces cuando puedo saber qué es bueno, qué es justo y qué es necesario.
 
Por lo tanto, una crisis moral significa que nuestra sociedad no sabe proponer cuál es nuestro fin en la vida para que ésta sea buena y realizada. Y si no sabemos identificar colectivamente lo que es bueno, lo que es justo, diferenciar lo necesario de lo superfluo, entonces difícilmente podremos encontrar fines y actos buenos, justos y necesarios.
 
La cuestión es cómo a pesar de tanto progreso hemos llegado hasta aquí. Este es un buen tema de reflexión para otro día.

Publicado en Forum Libertas.
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