Lunes, 17 de junio de 2024

Religión en Libertad

La sociedad desvinculada, una sociedad enferma

Una mujer se tapa la cara con las dos manos, como retorciéndosela.
Los síntomas de nuestra sociedad desvinculada son una sucesión de comportamientos patológicos que solo producen desesperación y angustias. Foto (contextual): Kat Love / Unsplash.

por Josep Miró i Ardèvol

Opinión

En 1966, un gran crítico cultural, Philip Rieff, escribió un libro profético llamado El triunfo de lo terapéutico. Rieff era un judío secular que tenía una profunda visión de la cultura occidental. Dijo que Occidente se había separado de sus propias tradiciones, e incapaz de lidiar con la muerte de Dios, había recurrido a un remedio «terapéutico» para su ansiedad. Es decir, Occidente ya no aspiraba a vivir según valores más altos, sino que decidió que la mejor manera de superar sus ansiedades sería encontrar formas de sentirse mejor consigo mismo, a través de la comodidad u otras formas de distracción. También alienaciones y dependencias.

Rieff dijo que esta forma de vida narcisista estaba condenada a largo plazo. Curiosamente, porque esto lo escribió en plena Guerra Fría, dijo que el liberalismo occidental era en este aspecto una filosofía más radical que el comunismo soviético, en el sentido de que disolvía toda la moral, las tradiciones y los valores que se interponían en el camino. De sus tesis subrayo dos: la de la causa original, la ruptura con Dios, y el narcisismo como forma de vida; la idolatría de la satisfacción de los deseos como fin de la persona. Ambas también enmarcan la caracterización de la sociedad desvinculada.

Con carácter mucho más reciente (2021), James Davies señala en Sedados, y desde una perspectiva muy distinta, la medicalización de unos problemas mentales en nuestra sociedad, que aumentan sin cesar. En el trasfondo encontramos la constatación de una sociedad enferma, aunque en este caso sirva para señalar la medicalización excesiva en benéfico de las empresas farmacéuticas y sus relaciones con el poder político.

La sociedad desvinculada es una sociedad enferma en el sentido estricto del término: una alteración o disfunción del estado normal de un organismo, que afecta su estructura, función o ambos, y que produce un conjunto de signos y síntomas característicos. Se manifiesta en sus patologías, en nuestro caso, una de carácter general, la anomia, y otras específicas, como estas:

Según el Plan Nacional sobre Drogas, la tasa de drogadicción en España ha disminuido en los últimos diez años (2012-2022), pasando del 10,9% de la población entre 15 y 64 años que había consumido alguna droga ilegal en el último año, al 8,4%. Con todo, el problema sigue siendo grande: se estimaba que en aquel último año había 2,6 millones de personas con problemas de adicción a las drogas.

El alcoholismo es, así mismo, un problema de salud pública grave. Según el Plan Nacional sobre Drogas, el 10,5% de la población entre 15 y 64 años consume alcohol en cantidades perjudiciales. Esto significa que bebe más de tres bebidas alcohólicas al día o más de siete bebidas alcohólicas a la semana. En 2022, se estimaba que había 2,5 millones de personas con problemas de adicción al alcohol.

La drogadicción farmacológica, el uso de psicofármacos, ansiolíticos y otros medicamentos para tratar problemas de salud mental, ha ido aumentando en España en los últimos años. Según datos del Ministerio de Sanidad, el número de personas que recibieron recetas para estos medicamentos aumentó un 15,4% entre 2012 y 2022. En 2020 en España se consumieron 1,1 dosis de benzodiacepinas, hipnóticos, sedantes y relajantes musculares por cada 10 habitantes, un 0,80 en Alemania y un 0,84 en Portugal, dos países con mayor y menor renta que España. El 9,7% población había consumido en los últimos 30 días y el 7,2% lo hacía cada día. Unos 2,5 millones de personas pueden estar afectadas por esta dependencia.

Es, además, un problema grave entre las personas mayores, que a su vez son las que experimentan -sobre todo los hombres- una mayor tasa de suicidios a partir de los 80 años, con una prevalencia que supera en mucho la media de la población, sin que tal evidencia haya movido a ningún tipo de interés por establecer las causas de tanta diferencia en personas que tienen una autonomía personal reducida.

Este conjunto de drogadicción y dependencia se sitúa entre 7 y 8 millones de personas como máximo, y probablemente menos por la afectación múltiple, sobre un total de 38 millones de mayores de edad. En todo caso, entre más del 10% de la población y el 15% están sujetos a este problema que se revela como un fenómeno de masas. Esto significa que casi todos nosotros vivimos o trabajamos con alguien que está afectado por alguna de sus manifestaciones, que impactan en todos los órdenes, laboral y económico, familiar y social.

A todo esto, cabe añadir tres patologías que también deforman la realidad y están en la base de muchas conductas patológicas, entre ellas el abuso y la violencia sexual, sobre todo contra menores y mujeres

Se trata de la pornografía y la prostitución en su dimensión adulta, y la más dañina y cruel, la infantil.

Se estima que el 87% de los hombres ha accedido alguna vez a la pornografía y que el 30% son casi adictos o sin el casi. El inicio del consumo se avanza cada vez a edades más tempranas, de manera que la iniciación se sitúa entre los 8 y los 15 años.

A pesar de todo, el relato político, medios y leyes para evitar la violencia contra la mujer, la realidad es que España es uno de los países de Europa con mayor consumo de prostitución, lo que constituye una contradicción insuperable  del relato oficial sobre la protección de la mujer. Alrededor de un tercio de los hombres (el 32,1%) reconoció haber pagado dinero por mantener relaciones sexuales. La última vez que el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) preguntó por el tema fue en 2008, hace años por tanto, porque los datos no abundan a pesar de la cantidad de recursos en políticas dedicadas a la mujer.  No interesa conocer la propensión española y su dependencia, en muchos casos, de la prostitución.

Y aún nos quedan las parafilias, que han ido creciendo. Un estudio de 2015 de la Universidad de Barcelona las situaba en el 2,5% de la población, básicamente exhibicionismo, voyeurismo y froteurismo. En 2017 la Universidad Complutense de Madrid encontró que su prevalencia era del 3,5%. Otro trabajo de 2019 de la Universidad de Valencia las situó en el 4,5%.

Si sumamos los diversos porcentajes que he presentado, todo y aceptando la importancia de las personas con más de una dependencia, llegará a la conclusión de la gravedad de la situación, que afecta como mínimo en alguno de sus estragos a una tercera parte de personas en España, y que con facilidad puede escalar hasta la mitad. En efecto, el 50% de la población puede que tenga problemas de dependencia con las parafilias, la pornografía, la prostitución, los psicofármacos, las drogas ilegales y el alcohol, con las consecuencias individuales y colectivas que esta magnitud depara. Pero el problema no forma parte de ninguna agenda política, ni mediática, y esta es la más clara constatación de la extensión del problema: la voluntad de ignorarlo.

Publicado en La Vanguardia.

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