Viernes, 19 de abril de 2019

Religión en Libertad

Retiro de Emaús


Para ir, uno tiene que tener el sincero deseo de ir y, si no lo desea, que no se fuerce. Y menos aún, que no vaya por complacer a quien le invita. Es Dios quien invita y Él no tiene prisa, maneja los tiempos y respeta la lentitud de cada uno.

por Carmen Castiella

Opinión

Hice el retiro de Emaús hace dos años en Bilbao. Durante este tiempo no he estado preparada para escribir sobre el tema porque, aunque fue una experiencia maravillosa, todavía me preocupaba algún ingrediente que podía ser calificado como de manipulación mental, dinámicas de grupo, cierta rigidez al seguir milimétricamente el esquema del retiro, emotivismo y debilitamiento del pensamiento racional crítico, etc. Me venía a la cabeza la duda de si no sería un oasis de agua artificial.
 
Suelo huir como de la peste de cualquier grupo que tenga mínimo rasgo sectario o excesiva autocomplacencia; me incomoda mucho la “soberbia espiritual colectiva”. Han pasado dos años. Escribo desde la serenidad y creo que no fue un espejismo sino un encuentro con Cristo Resucitado.
 
Lo que se habla en Emaús, queda en Emaús. Lo cual no implica que no se pueda hablar de lo que ha supuesto el retiro en la vida de cada uno. Se guarda total confidencialidad sobre las conversaciones que allí se mantienen, pero no hay secretismo.
 
Dicen que Emaús está de moda. No lo sé. Lo que sé es que no es una autopista de alta velocidad espiritual por la que necesariamente deba transitar cualquier creyente hoy en día. Para ir, uno tiene que tener el sincero deseo de ir y, si no lo desea, que no se fuerce. Y menos aún, que no vaya por complacer a quien le invita. Es Dios quien invita y Él no tiene prisa, maneja los tiempos y respeta la lentitud de cada uno.
 
Nadie tiene el monopolio del Espíritu. Hay muchos caminos, tantos como creyentes. Hay un nombre por el que somos salvados: CRISTO. Nadie puede domesticar al Espíritu Santo, tampoco Emaús, porque Él sopla donde quiere, como quiere y cuando quiere.
 
Dicho esto, para mí Emaús fue un regalo, una fiesta, un fin de semana profundamente feliz en el que el Señor me regaló, entre otras cosas, el amor de mis hermanas en la fe. Un amor que no se ha evaporado durante estos años porque no era parte de una puesta en escena, era amor del bueno que se consolida y crece con el tiempo.
 
La variedad de Emaús es maravillosa: personas profundamente creyentes, representación de casi todos los movimientos de la Iglesia que lo viven como una ráfaga de aire fresco, agnósticos y ateos con actitud de búsqueda, creyentes que viven la fe con dolor y drama, con sus dudas y sus traumas. ¿Quién no los tiene?
 
Emaús no es un grupo de terapia colectiva o autoayuda. En Emaús, el centro es Cristo Vivo que camina a nuestro lado, aunque no hayamos sabido reconocerlo, y la adoración eucarística. Se escucha al hermano para amarle y acompañarle, no para solucionarle la vida y aconsejarle. Eso es labor del Espíritu Santo.
 
Emaús es un retiro organizado por laicos y para laicos. La presencia de sacerdotes se limita exclusivamente a la celebración de los sacramentos. El retiro está basado en testimonios, por eso de que el hombre de hoy no necesita maestros sino testigos. Y lo que es más importante: antes de cada retiro, se piden oraciones a comunidades de religiosos por cada una de las personas que caminan.
 
Los argumentos con demasiada frecuencia caen en el vacío. En nuestro mundo hay tantos argumentos que compiten entre sí en forma contradictoria que es misión imposible evangelizar a base de razonamientos. Se puede dirigir la razón en cualquier dirección. Basta con que la argumentación sea lo suficientemente inteligente. Por eso, suele decirse que la belleza y el amor salvarán al mundo. La belleza y el amor que, como el rostro de Cristo, son flechas que hieren y penetran en el alma. Sólo así el alma abre sus ojos y, gracias a esta experiencia, es capaz de evaluar correctamente los argumentos.
 
En Emaús no hay discurso, no hay teoría, no hay nada que se parezca a una predicación o una homilía. La estructura jerárquica es mínima y los líderes van rotando. Es un retiro vivencial, lleno de amor y experiencia. Habla antes al corazón que a la cabeza, lo cual no significa que caiga en el emotivismo. En este mundo hay muchas tristezas pero también mucha belleza. ¡En cuarenta y ocho horas contemplas tanta realidad! Asomándote al abismo del corazón de tus hermanos, aprendes para siempre la lección de no juzgar. Cada alma tiene una complejidad y profundidad que sólo Dios penetra. “Cada persona está librando una batalla de la que tú no sabes nada; sé amable siempre”.
 
Nos podrá gustar más o menos el envoltorio, pero Emaús es un regalo del Espíritu para el hombre actual.
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