Lunes, 14 de octubre de 2019

Religión en Libertad

Macron no rinde honores al héroe Beltrame


Francia, esa divinidad en marcha de las palabras de Macron, es, a su juicio, el único ídolo que da sentido al sacrificio extremo, el de la vida.

por Angela Pellicciari

Opinión

¿Por qué el siempre tolerante Imperio Romano mandó a la muerte de forma despiadada a los cristianos durante tres siglos? Porque se negaban a idolatrar al estado y a quien lo gobernaba. Dios es Dios y solo Él debe ser adorado. A los ídolos mudos y sordos, fruto de nuestras manos y de nuestra historia, no podemos tributarles culto.
 
¿Por qué digo esto? Por curioso que pueda parecer, el recuerdo del Imperio Romano y de su persecución anticristiana me vino a la mente leyendo el solemne discurso pronunciado por Macron el 28 de marzo en el Palacio Nacional de los Inválidos en honor del coronel de la Gendarmería Arnaud Beltrame, el héroe del supermercado de Trèbes.
 
En general, los discursos oficiales están llenos de retórica. Es un puro molde. Una cosa rancia. No el de Macron, que fue un discurso “en marcha” [En marche! es el nombre de su partido], enérgico, concreto, y sin embargo lleno de solemnidad. De una solemnidad operativa, eficaz, y por tanto, digámoslo así, disfrutable. En un mundo que ha perdido la esperanza y el sentido, el discurso del presidente orienta hacia un sentido, un sentido superior: “Se lo digo a la juventud francesa que se desespera en la búsqueda de algo que sacie en nuestros días el hambre de Absoluto”. “El Absoluto está aquí, ante nosotros”, dice Macron. ¿De qué Absoluto habla? No hace falta decirlo: de Francia.
 
Francia, esa divinidad en marcha de las palabras de Macron, es, a su juicio, el único ídolo que da sentido al sacrificio extremo, el de la vida: “Sí, Francia merece que se le dé lo mejor. Sí, el compromiso de servir y proteger puede ser elevado al máximo sacrificio. Sí, éste tiene sentido y da un sentido a nuestra vida”. “Estar dispuesto a entregar la propia vida porque nada hay más importante que la vida de un ciudadano: ésta es la íntima energía de la trascendencia que [Beltrame] llevaba en sí. Fue esta grandeza la que impresionó a Francia”.
 
En el largo y seco discurso de Macron no hay lugar para otra “trascendencia” que no sea la del estado, que no sea Francia.
 
Y, sin embargo, Arnaud Beltrame se convierte a los 33 años, se bautiza y confirma a los 36 y desde entonces “jamás ocultó la alegría de su fe reencontrada”, como atestigua el monje Jean-Baptiste, su padre espiritual. ¿Qué tipo de hombre era Beltrame? Un hombre que había adoptado como modelo a San José, en cuyo hogar había un lugar dedicado a la oración, que recordaba con pasión las glorias de la Francia cristiana, que cuatro días antes de morir escribió una carta en la que manifestaba su “adhesión incondicional y ferviente a toda la fe católica y a su tradición”.
 
De este Beltrame no hay ni rastro en el discurso de Macron: el nombre de Beltrame “se ha convertido en el nombre del heroísmo francés, la encarnación de ese espíritu de resistencia que es la afirmación suprema de lo que somos, de los ideales por los que Francia combatió siempre, desde Juana de Arco al general De Gaulle”.
 
Del mismo modo que no tiene en cuenta para nada el lugar de la fe en la vida de Beltrame, Macron olvida también que la pastorcilla de 17 años condujo al ejército francés a la victoria no por un ideal, sino por obediencia a una voz. La voz del arcángel San Miguel, que le ordena acudir en defensa de Orleáns y de Carlos VII. Por obedecer a esta voz, la doncella irá directa a la hoguera repitiendo hasta el último momento el nombre del Amado. De ese Amado de quien Macron no conoce ni el nombre. No sabe que existió, ni sabe que una muchedumbre de franceses le ha seguido por el camino que Él indicó: “Amaos como Yo os he amado”.
 
Macron es hoy la más pura expresión de la idolatría de estado.
 
Publicado en La Nuova Bussola Quotidiana.
Traducción de Carmelo López-Arias.
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