Lunes, 21 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

Eucaristía, coronavirus y Garabandal


por Hermana Beatriz Liaño

Opinión

Esta mañana he ido a Misa y el sacerdote celebrante me ha obligado a comulgar en la mano. Lo ha hecho con el argumento de que debía obedecer a las disposiciones del obispado ante la epidemia de coronavirus. Le he dicho: «Usted sabe que el obispado no ha prohibido comulgar en la boca». En efecto, a día de hoy, el obispado de nuestra diócesis no ha prohibido la comunión en la boca. La Conferencia Episcopal Española, en sus recomendaciones, ni siquiera incluye la forma de comulgar. Hay diócesis que, incluso habiendo suspendido la catequesis, en cuanto a la distribución de la Comunión, dicen: «Hay que respetar la libertad de los fieles para recibirla en la boca o en la mano». Si el obispado hubiera prohibido la comunión en la boca sería una situación distinta, pero lo cierto es que este sacerdote, abusando de su autoridad, me ha obligado a comulgar en la mano. Esto es exactamente lo que el Papa Francisco define como un acto de «clericalismo». Y el Santo Padre ha condenado el clericalismo.

Yo entiendo que, ante una epidemia, como la actual epidemia de coronavirus, deben establecerse protocolos de contención. Eso lo entiendo sin ninguna dificultad y estoy dispuesta a aceptarlos. Lo que no entiendo, lo que no acepto, es la hipocresía. Porque los mismos sacerdotes que están prohibiendo la comunión en la mano siguen pasando el cestillo para recoger los donativos de sus fieles en cada Eucaristía. Aun sabiendo que las monedas son un importante transmisor de todo tipo de virus y bacterias a causa de toda la mugre que van acumulando al pasar de mano en mano y de bolsillo en bolsillo. Si ese sacerdote que me ha negado la comunión en la boca renunciara a la colecta, me creería que es sincero en su lucha contra el coronavirus. Pero el caso es que a la colecta no renunciamos. Y a mí me han venido a la cabeza las palabras de Nuestra Madre en el segundo mensaje de Garabandal: «A la Eucaristía cada vez se le da menos importancia». 

Sigo con la experiencia de esta mañana. El sacerdote me ha obligado a obedecer a su mandato de comulgar en la mano. Pero él ha desobedecido varias veces las indicaciones de la Introducción General del Misal Romano, a saber: ha salido a celebrar sin casulla, ha ofrecido juntos el pan y el vino, ha suprimido el gesto del lavabo… Es decir, que me ha obligado a mí a obedecerle a él, cometiendo un abuso de autoridad, cuando él mismo no me da ejemplo de obediencia a las indicaciones establecidas por la Iglesia. Permítanme decirles que el problema de fondo no es el coronavirus. El problema es que «a la Eucaristía cada vez se le da menos importancia». 

En Infocatólica leo: «Arquidiócesis de Portland ratifica el derecho de recibir la Sagrada Comunión en la boca a pesar del coronavirus». La decisión no se ha tomado a la ligera sino después de una investigación llevada a cabo por dos médicos y un especialista en inmunología. Tras recibir el informe de estos especialistas, la Oficina de Culto Divino de la archidiócesis americana expuso: «Ellos estuvieron de acuerdo en que, si se realiza apropiadamente, la recepción de la Sagrada Comunión en la boca o en la mano supone un riesgo más o menos igual». Y añade: «Después de consultar con el arzobispo, esta Oficina desea comunicar claramente que una parroquia no puede prohibir la recepción de la Santa Comunión en la boca».

Soy ministro extraordinario de la Comunión cuando la parroquia me necesita y puedo dar testimonio de que «si se realiza apropiadamente», como dice la arquidiócesis de Portland, es decir, si el fiel no se acelera, si no hace movimientos bruscos, si prepara convenientemente la lengua para recibir al Señor, es algo muy excepcional que yo llegue a tocar con mis dedos la lengua de la persona. En cambio, me resulta más difícil evitar el contacto al depositar la Sagrada Forma en las manos de quien lo pide así. 

En Italia la locura ha llevado a los obispos a prohibir las Misas. De nada ha servido que los sacerdotes, a petición del pueblo, se comprometieran a respetar las distancias indicadas para prevenir el contagio y a tomar todo tipo de precauciones. Los pastores han preferido condenar a sus ovejas al hambre espiritual. Eso sí, las primeras semanas de la crisis, aunque en el Duomo de Milán no se podían celebrar Misas, en la catedral seguían entrando los turistas, siempre que estos pasaran por la taquilla para pagar su entrada. ¿Saben por qué? Porque «a la Eucaristía cada vez se le da menos importancia».

Insisto en que entiendo que todos debemos colaborar a contener la epidemia a través de las medidas de higiene y el sentido común. Pero que nadie haga trampas, no sea que alguno vaya a aprovechar lo del coronavirus para acabar con la comunión en la boca… Porque el problema, como he dicho ya varias veces, no es el coronavirus. El coronavirus lo que está haciendo es descubrir lo que hay en el corazón de muchos pastores. El verdadero problema es la falta de fe y de amor a la Eucaristía de muchos pastores. El problema es que «a la Eucaristía cada vez se le da menos importancia». 

Publicado en InfoFamiliaLibre.

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