Sábado, 22 de junio de 2024

Religión en Libertad

Medias naranjas

Un matrimonio  asiático ya maduro, ante un palmeral.
El secreto de la longevidad de un matrimonio reside en el consejo de Kierkegaard: arregla la vida con tu cónyuge como lo haríais si ambos estuvierais en una isla desierta. Foto: Kayyy B / Pexels.

por Enrique García-Máiquez

Opinión

Hace mucho tiempo yo era un muchacho que leía columnas del Diario de Cádiz sin fijarme para nada en las firmas. Recorté dos que me habían gustado muchísimo. Cuando fui creciendo, empecé a fijarme en las firmas. Una de las recortadas era de Francisco Bejarano y hablaba de una noche que subió a la azotea de su casa a ver la lluvia de perseidas y no vio nada y se quedó dormido y, con el frío de la madrugada, remataba: “Los cielos me negaron otra vez lo que esperaba de ellos”.

La segunda la firmaba Enrique Montiel y hablaba de las medias naranjas y del mito de Platón de los seres humanos incompletos hasta que encontraban el amor. Últimamente la memoria de la de Montiel me asalta porque hay muchos jóvenes (ellas y ellos) que me cuentan cuánto les cuesta encontrar su media naranja.

 ¿Por qué a mí? Bueno, supongo que lo cuentan mucho, porque de la abundancia –o del vacío– del corazón habla la boca; pero también un poco porque soy un poeta que escribe de vez en cuando poemas de amor conyugal, y me interesan los que escriben los otros de ese amor, porque es un amor valiente, contra el tiempo, contra mundum, y es más gracioso, porque se le ha caído la venda de los ojos del romanticismo y se las tiene tiesas con la rutina.

Me lo cuentan y me ponen en un doble apuro. Primero, porque creo que en mi historia personal la suerte ha jugado un papel importantísimo. No voy a presumir ni a dármelas de experto en algo que me ha caído (a diferencia de las perseidas de Bejarano) del cielo. El segundo apuro: como tengo un buen puñado de conocidas y de conocidos en esa circunstancia, lo que me pide el cuerpo es ponerme a dar teléfonos de unos y de otras compulsivamente. Y me consta, ay, que eso no funciona, no sé por qué.

Si sólo tuviese que dar un consejo, sería de Kierkegaard. Una vez que te decidas a dar tu corazón, piensa que la otra parte es la única mujer (u hombre) en una isla desierta. Es difícil no arreglar pronto los problemas con la única mujer con la que compartes una isla desierta. Desierta… y de aguas cristalinas.

(Confieso que este artículo que me lleva rondando varios años lo he escrito hoy para no hablar de Pedro Sánchez, al que sólo me sale decirle lo mismo que corean tres cuartos de españoles una y otra vez. Y porque he pensado que sería bonito que en Ferraz y en las otras concentraciones, apasionadas y reivindicativas, se encontrasen muchas medias naranjas. Se lo merecen.)

Publicado en Diario de Cádiz.

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