Jueves, 13 de agosto de 2020

Religión en Libertad

Un aplauso para los sacerdotes


Que nadie piense que va a salir de esta crisis como ha entrado. Tampoco la Iglesia. Hace no mucho, en un pasado que percibimos ya lejano, allá cuando todos nos sentíamos quizá invulnerables, parecía que la luz del sacerdocio se extinguía. Ahora, en medio de esta crisis, resplandece de nuevo.

En el sentido homenaje que el pueblo español tributa a los sanitarios, a los policías, a los militares, a quienes mantienen activos los servicios básicos, también están los sacerdotes. Se han convertido en héroes anónimos de esta pandemia. Hemos visto cómo se las han ideado para celebrar la eucaristía por las redes sociales con una inusitada audiencia, cómo han mantenido la tensión sacramental, cómo se han subido a los tejados y a los campanarios para bendecir a la ciudad y al mundo, cómo han salido a los balcones para animar con guitarras a los vecinos, cómo nos han recordado el valor de la oración con rosarios, novenas, adoraciones telemáticas al Santísimo, cómo están acompañando a las familias de los fallecidos, cómo consuelan a los enfermos. Han alentado la caridad y han motivado, con su presencia, el trabajo de los voluntarios.

Hemos tenido noticia de gestos de entrega extremos como el del párroco que murió por ceder su respirador a un joven o el de los capellanes de Madrid, infectados, que seguían manteniendo vivas, a través de mensajes propios de la pasión de Cristo, sus fuerzas para la cercanía y la oración. Con más espontaneidad que diseño, con notables dosis de creatividad, con una libertad capaz de obviar las patéticas trabas procedentes de algunos de entre los suyos, los sacerdotes habrán cerrado las iglesias al culto público pero no han clausurado la Iglesia. La han convertido en una familia, en una red de vida, de escucha, de compañía, de palabra de sentido, de silencio. Les podría dar nombres, teléfonos. No sería justo, me olvidaría de algunos. Junto a los sacerdotes, meto en mismo saco a las religiosas y a los religiosos. No tiene razón Charles Péguy en su Éthique sans compromis. Sí hay malos tiempos. Y sí hay sacerdotes buenos.

Publicado en ABC.

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