Viernes, 21 de febrero de 2020

Religión en Libertad

Gonzalo Anes y Álvarez de Castrillón


Que Dios le haya premiado todos sus trabajos y grandes servicios a la verdad que libera y a los hombres, fundados en la verdad y con las raíces de la historia

En el espacio tan sólo de ocho días, se nos han ido, han acabado su peregrinación por la historia, culminado su obra y alcanzado la meta, dos grandes hombres, dos hombres de una pieza, sólidos con la reciedumbre, la solidez y la firmeza de la verdad que como roca da consistencia, sin doblez, rectos, en los que no cabía dolo, y con la generosidad, la bonhomía, y la profundidad de sus raíces, certeza de frutos, que da la fe, tan
arraigada en sus vidas: D.Gonzalo Anes y D. Adolfo Suárez. Primero fue D. Adolfo, y luego, sin esperarlo, D. Gonzalo. Uno y otro amaron con pasión a España, ambos la sirvieron con entera dedicación y denuedo, sin escatimarle esfuerzos ni negarle sacrificios y sufrimientos, cada uno desde su puesto, los dos luchando por su unidad, uno y otro con mirada puesta en un horizonte grande y buscando tejer un proyecto común, que, viniendo de lejos, afincado en la verdad, portador de una herencia recibida, se abre a un futuro nuevo que entre todos habría que edificar en un laborioso codo con codo, en concordia, sin exclusión de ninguno. Dolor, profundo dolor su partida; pero también luz y esperanza por el don de sus personas y el legado que nos dejan. Dios quiso que viniese a Madrid —me trajo– el 2l de pasado mes, para despedirme de los dos, dos personas, para mí tan entrañables, admiradas y queridas, tan amigas y benevolentes conmigo, de las que tanto he recibido, y tanto he aprendido. Un verdadero regalo, una gracia inmensa del Cielo. Con estremecimiento y preocupación contemplo la encrucijada en la que se encuentra España hoy, y ante ese gran proyecto que implica un cambio cultural y social y que, juntos, unidos, hemos de idear y construir, me fijo en D. Gonzalo Anes, Historiador, Académico de la Real Academia de la Historia y, hasta hace pocos días, su Director tan encomiable, me fijo en su obra, gigantesca obra, de penetración en nuestra historia. Aun siendo economista, se entregó de lleno y dedicó sus días al estudio de la Historia, de la historia económica de nuestra España, tras la que hay un pueblo, unas gentes, unas personas; no sólo economía, ni estructuras o leyes inexorables. Cuando nos adentramos en esa historia, se percibe un humanismo, una cultura, unas relaciones personales e interpersonales, unas aspiraciones, unos sufrimientos o unos gozos de personas, unos logros o unos fracasos…, un proyecto histórico, la identidad y alma de un pueblo, siempre un pueblo, siempre una humanidad hecha de hombres y mujeres concretos. Un proyecto histórico, un pueblo, que, seguramente fortalecido y renovado con nuevas y renovadoras perspectivas de futuro, se mantiene hasta nuestros días con sus raíces, con sus gestas, con su patrimonio que coincide con su identidad y su historia. Contemplar sus orígenes, su proyecto, su historia nos ayuda a comprender ese pueblo –el nuestro, España– en su decurso histórico y mirar hacia el futuro. En los estudios históricos de D. Gonzalo, que han sido más que erudición, para venir a ser sabiduría y forma de entender y vivir, la historia misma, cuyos estudios reflejan, encontramos aquello que puede reunir y unir a unos y otros, y abrir caminos, por donde avanzar juntos por sendas de futuro en ese proyecto de vida en común, que, durante siglos, nos ha unido y podrá seguir uniéndonos en un devenir nuevo y esperanzador; ese proyecto sugestivo, sin duda, de vida en común, ha llevado a cabo tantas empresas y aportado tantos bienes a otros lugares, manteniendo toda su capacidad para continuar aportándolos y abriendo caminos de futuro. La historia no cierra, sino que abre; no paraliza, sino que dinamiza. Sin la historia no hay futuro; quien escribe la historia, conquista y configura el futuro; sin las raíces, que es la historia, no puede haber nada sólido y bien plantado. El legado, y una de las grandes lecciones que nos deja la vida y obra de D. Gonzalo Anes, como historiador, académico, como Director de la Real Academia de la Historia, como servicio total a nuestro pueblo, a España, desde la dedicación a la historiografía, es la necesidad que tenemos de la historia y de la historiografía, para ser libres, para caminar en verdad y concordia, juntos, por sendas de futuro.

Lamentablemente, «la historiografía atraviesa hoy una crisis muy profunda y debe luchar por su propia existencia en una sociedad modelada por el positivismo y el materialismo. Esta sociedad está muy expuesta a la manipulación ideológica. El peligro aumenta cada vez más a causa del excesivo énfasis que se da a la historia contemporánea, sobre todo cuando las investigaciones en este sector están condicionadas por una metodología inspirada en el positivismo y la sociología. Además, se ignoran importantes ámbitos de la realidad histórica, incluso épocas enteras.. . Producto inevitable de este desarrollo es una sociedad que ignorar su pasado y, por consiguiente, carece de memoria histórica. Cualquiera puede ver la gravedad de esa consecuencia: así como la pérdida de la memoria provoca en la persona la pérdida de su identidad, de modo análogo este fenómeno se verifica en la sociedad en su conjunto. Es evidente que este olvido histórico conlleva un peligro para la integridad de la naturaleza humana en todas sus dimensiones». (Benedicto XVI).

La figura egregia y noble, la obra tan colosal, de D. Gonzalo Anes y Álvarez de Castrillón, nos dejan un gran legado, un gran desafío, una gran enseñanza: Sigamos y prosigamos esa senda por él trazada, no sin agradecerle a él todos sus desvelos y trabajos, y de dar gracias a Dios por este gran regalo que nos legó con el, hasta ahora, último Director de la Real Academia de la Historia. Que Dios le haya premiado todos sus trabajos y grandes servicios a la verdad que libera y a los hombres, fundados en la verdad y con las raíces de la historia.

© La Razón
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