Jueves, 18 de abril de 2019

Religión en Libertad

Solteros: la soledad certifica la autopsia de la familia


por Giuliano Guzzo

Opinión

Lo llaman Informe 2018 sobre la situación social del país, pero en realidad el último documento difundido por el Censis [Centro Studi Investimenti Sociali] tiene más bien sabor a un informe de autopsia. Lo que se está apagando en Italia parece mucho más que lo que aún tiene vida. Y desde este punto de vista, la fotografía tomada por el instituto de investigación socio-económica que desde 1964 radiografía nuestra patria, el ámbito donde lo blanco y negro está sustituyendo a los colores, es, sobre todo, el familiar.

Los datos son dramáticamente claros: en el espacio de una década, de 2006 a 2016, los matrimonios han caído un 17,4% (con un auténtico naufragio del rito religioso: 33,6%) y han crecido las segundas nupcias (19,1%), las separaciones (14%) y los divorcios, disparados nada menos que un 100% en diez años.

Pero el auténtico dato, el que más debería dar que pensar, es el de los solteros no viudos, que han aumentado en un 50,3%. ¿Por qué este porcentaje es tan importante? Pues porque confirma un aspecto silenciado durante demasiado tiempo, y sin embargo fundamental: la familia no decae en beneficio de las “nuevas familias”. De hecho, y dado que la convivencia sin matrimonio y las parejas LGBT están estadísticamente en expansión, a la crisis de la familia corresponde en primer lugar más “soltería”. Por un motivo simple: no existe ningún equivalente funcional a la célula fundamental de la sociedad, a la vituperada familia tradicional. Así que  no puede ser reemplazada de ninguna forma: y esto –atención– no vale solo para Italia, Europa o el Occidente actual, es una verdad que empapa la civilización humana desde siempre, dado que ninguna comunidad ha podido nunca prescindir de la familia.

Lástima, sin embargo, que, como dije antes, de esta verdad fundamental se prefiera no hablar, con el único resultado de que se extienda la “soltería” (que no es sino otro nombre de la soledad), tanto que hoy suma más de 5 millones de personas. Una marea. De ahí el inevitable interrogante: ¿y ahora, qué hacer? ¿Cómo salir de una situación así? Si se reconoce (lo que no hay que dar por descontado) que la crisis de la familia es un problema, las actitudes posibles son esencialmente de dos tipos.

Un primer tipo de respuesta, que lamentablemente fascina desde hace años a amplios sectores del mundo católico, es de tipo político y social. Sintetizando al máximo, el razonamiento es el siguiente. ¿Que los jóvenes ya no se casan? La culpa es de la precariedad laboral y de ese anhelado “puesto fijo [posto fisso]", por decirlo con Checco Zalone [alusión a la comedia Quo vado? {Un italiano en Noruega, ¡No renuncio!}], que tarda en llegar, si es que llega. ¿Que las cunas están cada vez más vacías? Es culpa del cociente familiar [tributación sobre la renta que beneficia a las familias con más hijos], eterna promesa política jamás cumplida. Es decir, con una perspectiva no solo material, sino, lo que es peor, materialista, se intenta reducir la presente crisis a factores de orden económico y financiero, los cuales ciertamente juegan un papel, pero que sería ingenuo elevar a causas exclusivas del deprimente panorama actual.

Mucho más sabia parece, por el contrario, la segunda interpretación de la crisis de la familia, que sitúa las dolencias que aquejan al matrimonio en una óptica de valores y, mejor aún, espiritual. Por lo demás, la misma vertiginosa caída del rito religioso de la que hablaba antes va en esta dirección y explica –por más que, repetimos, los factores económicos tengan su peso– que el virus que está doblegando a la familia tenga un origen remoto. Y en este sentido la misma caída de los nacimientos es muy instructiva, desde el momento en que se trata de un fenómeno que nació en Italia cuando se introdujo el divorcio. En otras palabras, la crisis de la familia es consecuencia directa de la desaparición de esa cultura de la familia sobre la que tantas reflexiones luminosas nos dejó San Juan Pablo II.

Si no comprendemos esto, si nos empeñamos en confiar en factores de orden material, continuaremos desviando la atención del corazón del problema, que ni siquiera es la decadencia de la familia, sino la de aquella fe sobre la que todo se basa… o sin la cual todo se derrumba. No es casualidad que, entre los datos ofrecidos por el Censis, aparezca un alarmante crecimiento de la desconfianza en el futuro. No podría ser de otra forma, dado que la confianza, si en su base no hay una fe, a la larga falta. Esto no lo dice el Censis, sino la bimilenaria tradición de la Iglesia. ¡Si al menos hubiese paciencia para descubrirla y coraje para vivirla de nuevo…!

Publicado en La Nuova Bussola Quotidiana.

Traducción de Carmelo López-Arias.

Giuliano Guzzo, nacido en 1984, es sociólogo y filósofo del Derecho, militante provida y autor de dos libros sobre familia e ideología de género:  Cavalieri e principesse [Caballeros y princesas] y La famiglia è una sola [Familia solo hay una].

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