Religión en Libertad

«Mens delirans in corpore sano»: mentes desquiciadas con cuerpos Danone

La sociedad y la cultura contemporáneas han sustituido el culto a Dios por el culto al cuerpo. Las consecuencias las reflejó Oscar Wilde.

Ben Barnes interpreta a Dorian Gray en la película de 2009, dirigida por Oliver Parker, basada en el relato de Oscar Wilde tan basado en la mente y el cuerpo.

Ben Barnes interpreta a Dorian Gray en la película de 2009, dirigida por Oliver Parker, basada en el relato de Oscar Wilde tan basado en la mente y el cuerpo.

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Vivimos en la época del mens delirans in corpore sano, es decir, de las mentes delirantes con apolíneas figuras. Esto ya fue satirizado por Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray, donde cuanto más cuidado estaba el protagonista, mayor podredumbre habitaba en su alma.

Esta inmundicia moral la podía contemplar Dorian Gray a través de un cuadro en el que estaba su efigie retratada. Si su cuerpo en la pintura se deterioraba, sus facciones corporales rejuvenecían; y a la inversa.

A la sazón, cabe destacar que aquel dicho de que “la cara es el espejo del alma” no siempre se cumple; a veces sí, ojo; y en multitud de ocasiones nuestro aspecto corporal no revela absolutamente nada sobre nuestra salubridad espiritual; en contra de lo que algunas sílfides gimnásticas puedan opinar (huelga recordar que los hay que juzgan lo ordenadas que son nuestras vidas en función de la complexión física que tengamos).

En síntesis, el resplandor de nuestro físico no determina aquello que se aloja dentro de nosotros; puede decir cosas tanto a favor como en contra; o nada, directamente… Dicho esto, y sin desviarme con digresiones del tema que nos ocupa, me quiero centrar en algo de lo que se habla muy poco, que es aquello a lo que he bautizado como mens delirans in corpore sano; aforismo que sirve de contrapunto frente al mitificado mens sana in corpore sano.

En la sociedad de nuestro tiempo, nuestras almas se encuentran enfrascadas, enriscadas, enrocadas, estabuladas y entrampadas en El retrato de Dorian Gray; son prisioneras de este relato novelesco. La causa prima -o primera causa- de pareja realidad es que hemos sustituido el culto a Dios por el culturismo en el gimnasio.

Es cierto que las personas somos cuerpo y alma, y que, por consiguiente, Dios nos pide que cuidemos ambas sustancias; pero siempre y cuando el cuidado de lo corporal esté en sintonía con la purificación del alma, no como sustitutivo de ésta. Lo mismo sucede con el trabajo: ha de estar supeditado a la oración, no suplantarla; porque, en este caso, correríamos el riesgo de caer en brazos del calvinismo, de la teología de la prosperidad, en pensar que uno vale más -como persona e incluso como cristiano- en base a su esplendor profesional.

Ya lo advierte el Nuevo Testamento en estos términos: “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mt 16, 26); y endiosar tanto el cuerpo como el éxito es una manera de “ganar el mundo entero” y de descuidar nuestra misión en la vida.

Como consecuencia del pecado, precisamente, vivimos en un mundo que le ha puesto un trono a Dorian Gray y a su búsqueda de la eterna juventud; además de al Fausto de Goethe, un arquetipo de hombre moderno que no acepta límites; ambos unidos por la voluntad de vender su alma a cambio de conseguir tales propósitos.

En el presente, ambas pulsiones tienden a converger en un punto: el afanarse a buscar la eterna juventud y a superar todos los límites. ¿Acaso no son dos características propias de los narcisistas empresariales y de los tiranos políticos mundiales? Los déspotas vitalicios que nos acechan tienden a ser bastante longevos. Detente, por unos instantes, a pensarlo…

Mens delirans in corpore sano.

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