La cultura del reinicio
También los fracasos forman parte de la escalera por la que sube nuestra vida a la plenitud del ser y del amor.

El brote de cualquier cosa en nuestra vida nos obliga a una reflexión.
La tecnología crece muy deprisa, y aquello que tardábamos en hacer 6 u 8 horas, hoy lo hacemos en pocos minutos. Máxime si sabemos utilizar y mandar correctamente a la así llamada "inteligencia artificial generativa", o IA. Y parece que nos acostumbramos muy rápido a estas altas velocidades tecnológicas, sobre todo cuando esto nos ahorra esfuerzo, o nos hace la vida más cómoda. ¿Cuántas veces, en el último año, hemos realizado a mano una suma, una multiplicación o un pequeño problema matemático?
Ante esta velocidad a la que viaja el mundo es difícil decir, como Mafalda: "Paren este mundo, que me bajo". Sin embargo, sí es bueno hacer pequeños "parones interiores", pequeños paréntesis en las prisas de cada día, y pensar si esta velocidad tecnológica, cada vez más veloz, no tiene también algunos inconvenientes.
Uno de estos inconvenientes lo he bautizado como "la cultura del reinicio". Si algo falla, sea lo que sea, "reinicia el dispositivo", apaga y eciende. Reconozco que a nivel técnico, en ocasiones puede funcionar. Y no por arte de magia, sino porque la máquina, con muchos procesos volando, se olvida de ellos y vuelve a funcionar con la configuración inicial que alguien, su creador, había pensado para ella. Pero ampliar este reinicio a toda la existencia, a todas las relaciones vitales y existenciales, puede ser muy peligroso, además de expresar una gran inmadurez.
Constatamos que en lo material cada vez utilizamos más este criterio del "reinicio". Si un aparato no funciona lo descartamos, lo tiramos, y empezamos a utilizar otro. La misma industria muchas veces nos obliga a obrar así. ¿En cuántos talleres, por ejemplo, se conoce en detalle el funcionamiento de los coches, o de sus motores? Con frecuencia es incluso una máquina la que nos dice "esta parte del radiador no funciona", o "es necesario cambiar esta bujía".
En nuestra realidad existencial concreta no es tan fácil "reiniciar", aunque a veces nos gustaría que así fuese. Y con frecuencia comprobamos que las cosas no salen "porque tienen que salir bien", sino porque alguien las analiza, las estudia, planifica una solución, y la va ejecutando, vigilando de cerca la consecución de los objetivos. Es necesario un análisis calmado de nuestra propia situación, observar y analizar los detalles y las posibles vías de solución. Las buenas conclusiones se cocinan con tiempo, y en muchas ocasiones a fuego lento, como el buen cocido o el sabroso cochinillo.
Nos guste o no, somos hijos del tiempo. Nos lo enseña también la olvidada agricultura. Si un frutal empieza a crecer torcido, la solución inmediata no es cortarlo y reemplazarlo ipso facto (o sea, al instante) por un árbol de la misma edad. La solución es irlo enderezando poco a poco y ponerle apoyos para que el tronco crezca recto. Y el manzano no produce manzanas a los 5 segundos de apretar un botón que dice "Fructificar". El manzano ha ido creciendo poco a poco, ha ido echando ramas, pequeños frutos. Y el fruto ha ido engordando y madurando poco a poco, sin prisa pero sin pausa.
"La hierba crece de noche" escribió hace años José Luis Martín Descalzo. Y recordaba que poco logrará el agricultor que, cada mañana, estire un poco los tallos de sus plantas. Bueno, una cosa sí lograra: que a las pocas semanas todas las plantas estén fuera de la tierra, con el tallo roto, y sin una raíz que las alimente.
Las cosas no nos salen a la primera, y es una de las cosas que aprende rápido cualquier investigador. Un gran número de sus experimentos van a terminar en error, pero esos errores son el caldo que va fertilizando su trabajo. No empezamos de cero; construimos sobre lo que hemos ido construyendo, para bien o para mal, y sobre lo que otros han ido construyendo. La paciencia, hija primogénita del tiempo y la constancia, es la madre de la ciencia. Pero esa paciencia no implica el reinicio, el olvido del pasado para empezar a crecer desde cero, sino aprender del pasado para empezar a crecer. También los fracasos forman parte de la escalera por la que sube nuestra vida, a la plenitud del ser y a la plenitud del amor.