Religión en Libertad

La vejez, de “enfermedad natural” a tarea contemplativa

Rogelio Rovira reivindica la cuarta estación como tiempo de lucidez, gratitud y búsqueda del sentido último de la vida, más allá del jovenismo y del utilitarismo.

Un camino, cuatro estaciones: la vejez como tiempo de contemplación serena ante el horizonte último de la vida.

Un camino, cuatro estaciones: la vejez como tiempo de contemplación serena ante el horizonte último de la vida.

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A las puertas de su jubilación, el filósofo Rogelio Rovira, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, ha querido pensar con calma aquello que nuestra cultura prefiere evitar: la entrada en la vejez. Inspirado por una sugerente intuición de Manuel García Morente —la vida como un viaje de cuatro estaciones, cada una con “sustantividad, esencia y finalidad propias”—, Rovira se centra en la última de ellas para mostrar que la ancianidad no es un apagamiento, sino una forma genuina de existencia humana. 

Rogelio Rovira, filósofo y catedrático, autor del ensayo

Rogelio Rovira, filósofo y catedrático, autor del ensayo "Vejez, la cuarta estación".

Frente a la mentalidad dominante, marcada por el “jovenismo” y el utilitarismo económico que mide la vida en términos de productividad, su ensayo "Vejez, la cuarta estación" (Bookman, 2026) reivindica la ancianidad como tiempo de contemplación: de reconocer sin miedo la propia fragilidad, releer la propia historia con gratitud y arrepentimiento, cuidar a los que se ama y mirar de frente el umbral de la muerte. 

Desde el trasfondo de su trabajo metafísico —de Kant y Aristóteles a La fuga del no ser—, Rovira contrapone al “hombre de la renuncia” nihilista la figura del “hombre de lo irrenunciable”, para quien hacerse viejo sin fe en Dios es, en palabras de Guardini, “mala cosa”, y para quien la cuarta estación se convierte en la tarea quizá más propiamente humana: contemplar el sentido último de la vida entera.

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-Rogelio, su libro invita a mirar la vejez no como un declive, sino como una estación con sentido propio. ¿Qué experiencia personal o intelectual le llevó a centrar un ensayo precisamente en esta etapa de la vida?

-La experiencia personal e intelectual que me llevó a reflexionar y a escribir sobre la vejez fue muy concreta: la proximidad de mi jubilación. Estoy ya muy cerca de los setenta años, edad en la que, según san Isidoro de Sevilla, comienza propiamente la vejez, esa ingravescens aetas, esa «edad que empieza a pesar», de la que habló Cicerón con tanta cordura. Me encuentro, pues, ante el umbral de una etapa que, a diferencia del tránsito de la niñez a la juventud o de esta a la edad adulta —pasos que se viven con cierta naturalidad y casi sin hacernos cuestión de ellos—, la entrada en la vejez exige algo más: pensar. El paso a la vejez se experimenta con mayor dificultad, como una ruptura con la vida anterior, como el inicio de la estación en la que, más pronto o más tarde, el telón acabará cayendo. Y eso me pareció que reclamaba reflexión, no evasión.

La ocasión para ocuparme de este asunto vino de un amigo, el sacerdote Antonio Ciudad, de la diócesis de Madrid, que me invitó a escribir sobre este tema. Esa invitación fue el incentivo que me lanzó de lleno a la tarea. Y pronto acudió a mi memoria lo que había leído de mi admirado Manuel García Morente. 

En una carta de 1925 a su amigo Antonio Moxó, el filósofo anunciaba una conferencia que quiso titular «Las cuatro estaciones». En ella quería persuadir a sus oyentes de que la vida no es un proceso con una sola cumbre —la edad adulta— a la que se asciende gozosamente y de la que luego se desciende penosamente, sino un viaje de cuatro estaciones, cada una con sustantividad, esencia y finalidad propias. De esa conferencia no se conserva nada más que las palabras de esa carta. Y esa ausencia se convirtió para mí en una invitación: aceptar el reto de Morente y prolongar su reflexión, limitándola casi en exclusiva a la cuarta estación.

Dedico por ello el ensayo a mis amigos que se aproximan a los setenta años o ya los han superado y desean, como yo mismo, llevar con alivio esa carga de la edad que se va haciendo pesada.

-Usted propone una vida entendida como “cuatro estaciones”. ¿Qué caracteriza, en su opinión, a la cuarta estación frente a las anteriores y por qué no debería identificarse simplemente con pérdida o apagamiento?

-En el ensayo defiendo que vivir consiste, en su raíz más profunda, en habérnoslas con la realidad: con las cosas que nos rodean, con los demás y con nosotros mismos. La vida estriba en hacernos cargo de todo lo real con todas nuestras potencias: los sentidos, la inteligencia, la voluntad, el afecto. Pero el modo en que nos relacionamos con la realidad cambia a lo largo de las estaciones, y es precisamente ese modo predominante el que otorga a cada edad su carácter propio, su «sustantividad», como la llamaba Morente.

En la niñez predomina el despertar ante lo real: es la estación de la apertura, del asombro, del descubrimiento incesante. En la juventud; la mirada se vuelve también hacia adentro: es la edad de la interioridad, de la exploración de las propias posibilidades y vocaciones. En la edad adulta, el modo predominante es la intervención en lo real: es el tiempo de la exterioridad, de dejar huella, de crear y transformar. Y en la vejez, el modo que se impone es, a mi juicio, la contemplación: la mirada sobre el sentido último de las cosas, sobre la profundidad de lo real y sobre la propia vida en su totalidad.

La vejez, por tanto, no es un apagamiento ni un declive sin forma propia: es la estación en que estamos llamados, de manera más plena que en ninguna otra, a ejercer lo que los antiguos consideraban la actividad más propiamente humana y la más feliz. No es un vacío; es una tarea, una tarea contemplativa. Y contemplar, como señalo en el ensayo, no es «no hacer nada»: es mirar la realidad desde sus raíces más hondas, desde su sentido último y más verdadero.

-En la presentación del libro se cita la inspiración de García Morente. ¿Qué elementos concretos de su pensamiento le han ayudado a replantear filosóficamente la ancianidad?

-La deuda con Morente es doble. En primer lugar, la imagen misma de las cuatro estaciones: esa intuición luminosa, esbozada en pocas líneas de una carta privada, de que no hay que representarse la vida como el ascenso a una cumbre, sino, más bien, como un viaje de cuatro estaciones, cada una de las cuales «tiene sustantividad, esencia y finalidad propias, debiendo ser vivida por sí y para sí y no como simple tránsito». Esa imagen, con su «encanto astronómico-naturista» —como él mismo la llamaba—, es el armazón de todo el ensayo.

Pero hay un segundo elemento del pensamiento de Morente que resulta igualmente decisivo: su distinción entre lo «clásico» y lo «romántico». Para Morente, el espíritu clásico se caracteriza por tres rasgos: la atención a lo propio y diferencial de cada cosa —en este caso, de cada etapa de la vida—; el reconocimiento de las jerarquías de los seres; y el respeto a la objetividad de los datos que nos ofrece la experiencia. El espíritu romántico, en cambio, tiende a borrar las diferencias, a igualar los valores y a proyectar en la realidad los propios deseos. Y Morente veía ya en su época la vida dominada por una concepción «dinámica, romántica, trepidante», que identificaba vivir con «pasar la vida» de novedad en novedad.

Esta distinción ilumina directamente la vejez. Comprender la cuarta estación exige una mirada clásica: reconocer lo que le es propio, respetar su jerarquía dentro del conjunto del vivir humano y no proyectar sobre ella los esquemas de otras edades. La vejez, como he dicho, tiene una tarea específica: la contemplación. Reducirla a un residuo de la edad adulta, o negarle cualquier valor porque ya no es una etapa productiva, es exactamente el error romántico que Morente denunciaba. Un error que nuestro tiempo, lejos de haber corregido, ha agravado con el utilitarismo económico hasta extremos que él no pudo prever.

-Hoy la cultura dominante parece obsesionada con la juventud, la productividad y la imagen. ¿Qué síntomas de “analfabetismo sobre la vejez” detecta usted en nuestra sociedad y qué correcciones propondría?

-Aunque mi ensayo no es de crítica social —es, ante todo, una meditación filosófica—, no he podido evitar contrastar la visión que defiendo de la vejez con la que hoy parece imponerse. El contraste es sobrecogedor.

Ya Ortega y Gasset, en el primer cuarto del siglo pasado, advirtió que Europa entraba «en una etapa de puerilidad»: mientras a finales del XIX el joven aspiraba a imitar las maneras del anciano, ahora todos se esfuerzan por prolongar la juventud indefinidamente. Sus palabras resultaron proféticas. El filósofo francés Robert Redeker lo ha descrito de manera estremecedora al hablar del «jovenismo» y del «utilitarismo económico» como las dos líneas de fuerza que dominan la mentalidad occidental actual. Por el primero, quienes ya han dejado atrás la juventud quieren seguir siendo reconocidos como eternamente jóvenes. Por el segundo, la vida se mide en términos de productividad, y donde no hay rendimiento visible, se supone que tampoco hay vida que valga la pena. Redeker llega incluso a hablar de un «gerontocidio»: no la eliminación pasiva de los ancianos, sino su eliminación activa.

Los síntomas de este analfabetismo sobre la vejez son múltiples. El más llamativo, quizás, es el modo en que hoy se la nombra: se habla de «tercera edad» o de «los mayores», como si la ancianidad fuera una categoría innombrable o vergonzante. Por ello, tanto el editor del libro, Miguel Ángel Blázquez, como yo mismo no hemos querido dejar de llamar a las cosas por su nombre y hemos convenido en titular el libro así: Vejez, en letras muy grandes. Y es que, como ya observó Quevedo con su acostumbrada agudeza, «todos deseamos llegar a viejos y todos negamos que hemos llegado». Otro síntoma no menos revelador es el modo en que muchos tratan a los ancianos: o los infantilizan, empujándolos a imitar actitudes juveniles que no les corresponden, o los marginan, porque a quien no produce se le considera prescindible.

La corrección de esta visión solo puede venir de una captación más lúcida y justa de lo propio de cada edad de la vida. Si se comprende que la niñez, la juventud, la madurez y la vejez son formas genuinas de existencia humana —y no grados de un progreso que culmina en la productividad y luego decae—, la vejez dejará de verse como una pérdida y empezará a reconocerse como lo que es: la estación de la contemplación, acaso la más propiamente humana de todas.

-En el libro habla de la vejez como tiempo privilegiado para la contemplación y la lucidez. ¿En qué consiste esa contemplación bien entendida y qué peligros tendría confundirla con mera pasividad o resignación?

-Conviene deshacer de entrada un malentendido: contemplar no es no hacer nada. El propio Aristóteles hablaba sin reparo de la «actividad contemplativa». La contemplación se opone a la acción entendida como trabajo, producción, rendimiento; pero no es inoperancia. Es ejercitar la razón en su dimensión más contemplativa: tratar de entender la realidad, toda la realidad, desde su sentido último y más profundo. Como escribe san Agustín, la vida feliz es "gaudium de veritate": el gozo de la verdad. Pero no tiene solo un componente intelectual. La contemplación tiene como base la vida moral, la vida bien vivida, y como remate el deleite por lo verdadero y lo bello.

En la vejez, liberado de las urgencias de la vida activa, el anciano puede ejercer esta forma de vida en su forma más genuina y desinteresada. Señalo en el ensayo cuatro tareas contemplativas propias de esta estación. La primera es reconocer la propia vejez sin negarla ni rechazarla, acoger con serenidad la fragilidad creciente y aprender de ella lo que nos enseñó, por ejemplo, Edith Stein: que, a pesar de la progresiva pérdida de las fuerzas, «soy y soy mantenido en el ser de momento en momento, y en mi ser fugaz abrazo un ser que perdura». La segunda es hacer lo que aún corresponde hacer —y lo que acaso antes no se pudo hacer o hacer como uno hubiera querido—: cuidar a los seres queridos, cultivar amistades, disfrutar de la belleza, entregarse a la oración.

La portada del libro, que me sugirió mi mujer, Alicia, ilustra esta tarea de manera muy expresiva: reproduce una bella pintura del pintor suizo Albert Anker, titulada Abuelo con nieta dormida (1879). Solo un abuelo —y lo digo por experiencia propia— tiene tiempo para dejar que su nieta duerma plácidamente en sus brazos y, al mismo tiempo, pensar en el regalo que esa niña supone para su vida y, en definitiva, en el sentido último del vivir. La tercera tarea propia de la ancianidad es contemplar el pasado vivido: hacerse cargo de la propia historia con gratitud por los bienes recibidos, con arrepentimiento por los errores cometidos y con capacidad de perdonar los daños recibidos. Y la cuarta es afrontar el futuro, sea largo o breve, y hacer también lo que hoy tanto se quiere eludir: meditar sobre la propia muerte y sobre la de los seres queridos, llevar a cabo esa meditatio mortis que Sócrates identificó con la filosofía misma.

Ninguna de estas tareas tiene que ver con la pasividad o la resignación. Son quehaceres exigentes, a veces dolorosos. El anciano que las afronta no se abandona a la inercia: se enfrenta a la realidad acaso con mayor hondura que en ninguna otra etapa de su vida. Y lo que le aguarda, si las lleva a cabo, es lo que Séneca recomendaba a su amigo Lucilio: un ocio en el que se hacen «cosas mayores y más bellas que las que se han dejado atrás».

-Su trayectoria filosófica está muy vinculada a la metafísica, a Kant, a Aristóteles y también al problema de Dios, como muestra su obra "La fuga del no ser". ¿De qué modo ese trasfondo metafísico ilumina la comprensión de la última etapa de la vida humana?

-He querido escribir un libro accesible, no un tratado técnico. Pero no he podido ni querido evitar que las preguntas más hondas de la filosofía asomen en sus páginas. La imagen de Morente de las cuatro estaciones es sugestiva, pero algo estática. La vida no es solo estaciones; es también un camino, y en ese camino hay encrucijadas, bifurcaciones en las que hay que elegir. De ahí que en el ensayo no solo me haya preguntado qué es la vejez, sino también cómo se vive, pues esto depende de las decisiones que se han ido tomando a lo largo del camino de la vida.

La bifurcación más decisiva que encontramos en la vida es la que hoy se presenta como la opción entre renunciar a buscar un sentido último del vivir o considerar que esa renuncia es imposible. Vivimos en la época que Nietzsche describió como la «muerte de Dios», en la era del nihilismo: la convicción de que no hay verdad objetiva, ni valores absolutos, ni fundamento último de lo real. Frente al «hombre de la renuncia» —expresión que tomo del propio Nietzsche—, que ha clausurado el horizonte de lo divino, en el ensayo propongo la figura del «hombre de lo irrenunciable»: aquel que, como escribe Luigi Giussani, «vive siempre intensamente lo real» y no renuncia a tratar de contemplar y redescubrir el sentido objetivo último de la existencia.

¿Cómo se vive la vejez desde cada una de estas posiciones? Las tareas contemplativas son, en el fondo, las mismas para todos. Pero el sesgo con que se afrontan es radicalmente distinto: donde el hombre de la renuncia encuentra el límite de lo finito, el hombre de lo irrenunciable entrevé un umbral, una apertura. Romano Guardini lo expresó al final con una sobriedad que suena casi a adagio:  Altwerden ohne den Glauben an Gott ist schlimm. «Mala cosa es hacerse viejo sin fe en Dios».

-Para terminar: si tuviera que dirigir una frase a dos lectores distintos, uno que ya está en la cuarta estación y otro que aún se cree muy lejos de ella, ¿qué mensaje esencial de Vejez, la cuarta estación querría dejar grabado en cada uno?

-Al que ya está en la vejez le diría algo que el libro intenta mostrar con paciencia y con ejemplos: la vejez no es, como quería Aristóteles, una «enfermedad natural»; la vejez sigue siendo una tarea vital, que no a todos se concede poder realizar. La contemplación a la que esta estación nos llama —mirar la vida en su totalidad, reconciliarse con el pasado, afrontar el futuro sin engaño— no es resignación ni declive: es, si se quiere, la labor más propiamente humana de todas. No hay que rehuirla.

Al que aún se cree lejos le diría algo distinto, aunque no menos urgente: ninguna estación se vive bien si no se entiende el conjunto de la vida. Quien no sabe lo que es la vejez, tampoco sabe del todo lo que es la juventud ni la madurez. Y quien no piensa en su vejez mientras aún puede elegir cómo vivirla, llegará a ella sin preparación y, lo que es peor, sin encontrarle sentido. El libro no está escrito solo para ancianos: está escrito para quien quiera entender la vida entera.

En eso, precisamente, el ensayo quiere ser fiel a la enseñanza de Sócrates que se cita en las primeras páginas: «Me alegra conversar con gentes de edad muy avanzada, ya que me parece que hay que aprender de los que nos han precedido en un camino que nosotros a nuestra vez tendremos tal vez que recorrer».

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