Religión en Libertad

Análisis crítico y sosegado de las palabras del Rey

Felipe VI ha dicho cosas que parecen satisfacer las ansias de los políticos mexicanos... pero han sido leídas muy parcialmente.

El Rey Felipe VI, el 16 de marzo en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, en una exposición sobre el México indígena, acompañado a su izquierda por el embajador mexicano, Quirino Ordaz.

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Mucho se habla estos días del discurso “improvisado” (luego hemos sabido que no lo era tanto) del Rey en el Museo Arqueológico Nacional, en el que se hallaba presente el embajador de México. El discurso, hecho a capella, sin presentación, sin papeles, con escaso protocolo, es breve, pero, más allá de la célebre afirmación que ha terminado eclipsando a todas las demás, esa mención a los “abusos” de los españoles en América, contiene muchas referencias interesantes por encima de las cuales hemos pasado casi todos sin prestar la menor atención. Me propongo en estas líneas hacer un breve comentario a todas las ideas que el discurso contenía, para expresar también, al término, una conclusión final.

Dice el Rey sobre la obra española en América: “Es interesantísimo conocerla más, valorarla más, incluso con matices que no hemos conocido hasta recientemente”. Perdónenme, pero yo en estas palabras veo un reconocimiento, aunque no vehemente, sí claro y expreso, al trabajo que desde hace ya algunos años, determinadas asociaciones y autores, a muchos de los cuales cuento entre mis amigos, están haciendo por aportar nuevos argumentos -y muy buenos-, a lo que fue la obra española, por cierto, no sólo en América, no, sino en medio mundo, y muy particularmente en Filipinas, en el Pacífico y en tantos lugares de África. 

“Valorarlo más”, dice el Rey. Deberíamos haber puesto más el acento en esas dos simples palabras. El Rey reclama un nuevo juicio a una obra que hoy es generalmente vituperada en tantas comunidades del mundo, y particularmente, en las que son sus protagonistas indiscutibles, tanto a este como al otro lado del Atlántico (y deberíamos añadir, del Pacífico).

Continúa el Rey: “Y la juventud debería conocerla más para apreciarse a sí misma”. Una nueva invitación del Rey a superar los complejos que hoy atenazan a las comunidades hispanas a partir de un conocimiento torticero y falseado de nuestra común historia, para así querernos más: a los hispanos de las demás naciones, sí, pero sobre todo a nosotros mismos.

“Porque al fin y al cabo -dice el Rey- esa cultura mestiza que nace en América es lo que nos define hoy”. Una referencia explícita y clara a lo más significado y grande que dejó la obra española en la Historia durante los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. Aquello que, finalmente, diferencia de una manera más clara al imperio español de todos los demás imperios que han existido en la Historia, y muy concretamente, los que le fueron contemporáneos (aunque infinitamente menos importantes) durante esos siglos.

Un imperio de “exploración”, el español, interesado en los territorios del interior y en sus poblaciones, para convivir con ellas, para construir con ellas, para instruirlas, para evangelizarlas, frente a los imperios “de explotación” que le son coetáneos, apenas interesados en establecer bases y factorías en la costa, sin el menor interés ni en el territorio del interior, ni menos aún, en sus habitantes, como no fuera para capturarlos y esclavizarlos, y con el único e indisimulado objetivo de hacer rentabilidades rápidas sin dar nada a cambio.

“Hay cosas que luego cuando las estudiamos, las conocemos dices ‘bueno, con nuestros criterios de hoy día, con nuestros valores, pues obviamente no pueden hacer que nos sintamos orgullosos’, pero hay que conocerlas, y en su justo contexto, no con excesivo 'presentismo moral', sino con análisis objetivo y riguroso”. Esta ha sido una de las frases peor interpretadas del discurso regio, sobre la base de la alocución “no pueden hacer que nos sintamos orgullosos”. Pero esa no es la idea fuerza de la frase, la idea fuerza es justamente la que viene a continuación: “Pero hay que conocerlas y en su justo contexto, no con excesivo presentismo moral, sino con análisis objetivo y riguroso”. Una invitación en toda regla a entender las circunstancias de la época, para que el juicio no sea injusto ni erróneo. Una crítica clara al defecto en el que con mayor frecuencia incurren los historiadores actuales, analizar la Historia no para entenderla, sino para juzgarla. Y ello de acuerdo con unos criterios, los actuales, que no sólo son pasajeros, como lo son los de cualquier época histórica, sino que muy seguramente, serán juzgados con la misma crueldad con la que hoy día juzgamos nosotros el pasado.

“También ha habido, desde el primer día, luchas, controversias morales y éticas en cuanto a cómo se ejerce el poder”. Es muy libre el intérprete de estas palabras de entenderlas como una crítica al modo en que España ejerció dicho poder, pero hay otra posible interpretación que yo veo más ajustada, según la cual Felipe IV hace hincapié en los esfuerzos enormes que hicieron aquellos españoles en preguntarse cómo debía ejercerse el poder para que cumpliera con las exigencias de la nueva situación, cuestionando y debatiendo todos los principios vigentes hasta ese momento, de cara a acercarse más a los criterios de justicia, piedad y compasión para con los nuevos súbditos de la Corona. 

Yo no sé lo que se le estaría pasando al monarca por la cabeza cuando pronunciaba esas palabras, pero a mí se me cruzan momentos tan estelares de la Historia de la Humanidad como las bulas del papado para autorizar la presencia española en los nuevos territorios, los sermones del padre Montesinos, la obra del fraile Matías de Paz, el padre Motolinía, la famosa controversia Sepúlveda-Las Casas, la paralización de la conquista por Carlos V hasta constatar que efectivamente estaba moralmente autorizado a acometerla… ¡los juicios de residencia a los dirigentes! una institución tan moderna, tan moderna, que ni siquiera en esta modernidad que vivimos hoy la hemos implementado todavía.

Dice el Rey: “Los Reyes Católicos, la Reina Isabel, con sus directrices, las Leyes de Indias, todo el proceso legislativo, hay un afán de protección”, justa mención a quien puso (a quienes pusieron, porque también lo hizo en modo crucial Fernando el Católico, el gran olvidado de la aventura americana, no menos importante en ella que su ilustre esposa) los cimientos de la obra gigantesca de convivencia, justicia y gobierno, absolutamente novedosa y humanista, que implantará España en América.

Y entramos en el meollo de la cuestión. “Que luego, la realidad hace que no se cumpla como se pretende, y hay mucho abuso”. Vamos a ver: la afirmación en sí misma es un lugar común como la copa de un pino. Todas las obras buenas, absolutamente todas, hasta las más santas, acaban conteniendo puntos cuestionables, puntos discutibles, errores y abusos. Los seres humanos estamos hechos de esa materia de la que estamos hechos. La obra “perfecta”, que no disguste a nadie, que a todos agrade, que nunca falle, no existe. Lo más a lo que puede aspirar una obra humana es a una aceptación generalizada, no a la unanimidad. Por lo tanto la coletilla “hubo abusos” es innecesaria. Sí podía haber sido el monarca más explícito en una cosa, y añadir que esos abusos absolutamente inevitables, tenían, en la obra española, su contrapeso llamado a combatirlos. Es lo más que el ser humano puede hacer: aceptar que se van a producir abusos e intentar remediarlos a priori como a posteriori, con los limitados recursos que permiten nuestras limitadísimas capacidades.

No, lo que verdaderamente ha dolido no ha sido la mención a esos “abusos”, que yo mismo he realizado tantas veces en tantas conferencias como sobre el tema doy a diario. Lo que verdaderamente ha dolido es que ese reconocimiento de los abusos se ha producido en las circunstancias en que se ha producido, esto es, porque una señora en algún lugar del mundo, con escasa educación, excesiva altanería, y sobre todo, con problemas que le deberían preocupar mucho más que la Historia del siglo XVI, sin ni siquiera presentar argumento sólido alguno porque ni los tiene ni los conoce, sino simplemente interesada en crear cortinas de humo groseras y facilonas con las que entretener a su castigado pueblo, pueda obligar al Rey de España (nada menos que al Rey de España) a decir lo que ella quiere que diga. Pues bien, querida señora, desde ese punto de vista, tengo una mala noticia para Vd.; lo que el Rey ha dicho no es, en modo alguno, lo que Vd. quería que dijera.

No, el Rey no ha pedido perdón ni a México ni a nadie por la magnífica obra de España en la Historia. Y que no lo haya hecho es algo de lo que podemos sentirnos orgullosos tanto españoles como, con mayor motivo, los propios mexicanos y todos los hispanoamericanos, a los que con el robo de nuestra historia verdadera se nos ha infligido y se nos inflige a diario un daño irreparable que afecta a lo más importante y sensible del alma humana: su autoestima. Que desde luego la declaración era innecesaria (por obvia), pues no les digo yo a ustedes que no. Pero más allá de eso, traten de mirar con cariño el resto de sus palabras, porque si lo piensan ustedes bien, no fueron nada desacertadas. Harían bien muchos de los que hoy se sienten satisfechos por las supuestas “disculpas” del Rey en escuchar la velada reprimenda que se escondió en sus palabras, expresadas, además, con ponderación y afecto.

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