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Las pantallas por doquier hacen muy fácil el acceso continuado a la pornografía y la adicciónunsplash

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La pornografía se ha convertido en una de las grandes pandemias silenciosas de nuestro tiempo. Sus efectos, aunque a menudo invisibles, están dejando una huella profunda en la infancia, la adolescencia y en la manera misma de entender el amor humano.

Un estudio reciente publicado por la Universitat Oberta de Catalunya, basado en el análisis de cuarenta artículos científicos internacionales elaborados entre 2015 y 2024, revela un dato alarmante: cerca del 20 % de los adolescentes reconoce haber consumido pornografía antes de los diez años. 

En España, según datos aportados por la ministra de Igualdad, el primer contacto con estos contenidos se produce habitualmente entre los ocho y los diez años, y en un 60 % de los casos de forma involuntaria, cuando el material llega a los dispositivos móviles sin que el menor lo busque activamente. A ello se suma que el 72 % de los chicos y el 52 % de las chicas admiten un consumo habitual, mientras que paradójicamente el 90 % de los padres cree que sus hijos no acceden a este tipo de contenidos.

La pornografía en línea se ha convertido, de facto, en la principal fuente de “educación sexual” para muchos adolescentes, sustituyendo el acompañamiento familiar y la transmisión de valores por una visión distorsionada y deshumanizadora de la sexualidad. 

El impacto de estos contenidos en una etapa vital en la que se forja la identidad personal y despierta el deseo afectivo es profundamente dañino. La pornografía incapacita para un amor auténtico, reduce a la persona —especialmente a la mujer— a objeto de consumo y banaliza la violencia en las relaciones sexuales. No es casual que este fenómeno vaya acompañado de un aumento de los abusos sexuales, de la ruptura de vínculos afectivos estables y de una creciente desconfianza entre hombres y mujeres.

Un dibujo de 2020 del gran dibujante Picanyol recoge a jóvenes y familias acosados por la cultura pornográficapicanyol

Más delitos sexuales a menores

Los datos sobre delitos contra la libertad sexual de menores confirman esta deriva alarmante. Según el Ministerio del Interior, en 2017 se registraron 5.700 víctimas menores de edad; en 2024 la cifra ascendía ya a 9.397, lo que supone un incremento cercano al 65 %. Sin embargo, frente a esta realidad, las políticas públicas no han afrontado la plaga de la pornografía con la misma determinación con la que se ha combatido el consumo de tabaco o las infracciones de tráfico. 

Se alegan dificultades técnicas para controlar una red global, pero más allá de la imprescindible persecución penal de la pornografía infantil, la respuesta institucional se ha limitado a campañas superficiales y a una educación sexual centrada casi exclusivamente en el placer, el consentimiento y la prevención del embarazo y del contagio de enfermedades.

En el ámbito educativo se ha normalizado la actividad sexual entre menores, sin someterla a una reflexión crítica semejante a la que se aplica a otras conductas potencialmente dañinas. 

Se olvida que la mayoría de los menores no posee la madurez emocional y moral necesaria para un consentimiento verdaderamente libre, y que son especialmente vulnerables a la manipulación afectiva y a las heridas interiores que deja una sexualidad desvinculada del amor y del compromiso.

Basta revisar los contenidos de algunas páginas institucionales (por ejemplo, la web sexejoves.gencat.cat de la Generalitat de Cataluña) para comprobar cómo la sexualidad se presenta casi exclusivamente como fuente de placer, desvinculada de un proyecto de amor estable y fiel. En la mencionada web la pornografía se describe con frecuencia como una forma de excitación más, sin advertir con claridad de su carácter adictivo y deshumanizador. 

La llamada educación afectivo-sexual escolar tiene mucho de hedonismo y muy poco de auténtica afectividad, entendida como capacidad de amar al otro como persona y no como objeto.

A este panorama se suma la expansión de plataformas como OnlyFans, donde la lógica pornográfica se reviste de apariencia de libertad y empoderamiento. Con más de 130 millones de usuarios en el mundo —unos dos millones en España—, las mujeres, muchas de ellas jóvenes, representan un 97 % de las “creadoras de contenido”. Estas plataformas plantean un serio interrogante moral sobre la cosificación del cuerpo, la presión económica y la falsa identificación entre libertad y exhibición.

La pornografía también esclaviza a la mujer; así lo expresaba un dibujo del popular artista Picanyol en 2020picanyol

Sensación de vacío y de falsedad

Más allá de estas formas explícitas de pornografía, su lógica se ha infiltrado en la manera en que muchos jóvenes viven la sexualidad. El acto sexual deja de entenderse como expresión de un amor pleno, fiel y abierto a la vida, para convertirse en una experiencia corporal sin trascendencia. No es extraño que estas relaciones sexuales ocasionales dejen tras de sí una profunda sensación de vacío y de falsedad: se utiliza un lenguaje del cuerpo que expresa una unión total cuando esta no existe en absoluta el plano personal.

Frente a esta cultura hipererotizada, la visión cristiana de la sexualidad ofrece una respuesta profundamente humana y liberadora. Lejos de una concepción puramente represiva o moralista, la doctrina católica contemporánea —especialmente desarrollada en las catequesis sobre el amor humano de san Juan Pablo II— presenta la sexualidad como un don sagrado, llamado a expresar el amor total entre los esposos y a participar del poder creador de Dios. El placer no es negado, sino integrado en una unión espiritual y corporal que refleja el misterio mismo de Dios y se convierte en un verdadero “sacramento primordial”.

Sin embargo, en una sociedad que acepta socialmente la pornografía entre adultos y minimiza su potencial adictivo, padres y educadores encuentran enormes dificultades para transmitir un mensaje coherente a los menores. ¿Cómo explicar a un adolescente que algo considerado normal para los adultos es perjudicial para él? Cuando la información institucional y la educación escolar parten de una visión puramente hedonista de la sexualidad, los jóvenes quedan indefensos ante una industria pornográfica omnipresente y agresiva.

En este contexto se ha ridiculizado una virtud clave: la castidad

Pero la castidad no es principalmente represión ni negación del deseo. Según el número 2337 del Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) “La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer.” Por tanto, la castidad es una virtud profundamente positiva, que protege la libertad interior y capacita para un amor auténtico y duradero.

Otra virtud a recuperar es el pudor, que no se tiene que confundir con la vergüenza. Esta hace referencia a una cosa de un mismo que no nos gusta y por eso se esconde a los otros. Mientras que el pudor es un instinto natural que nos hace guardar y reservar en nuestra intimidad aquello que sentimos cuanto más importando de nuestra persona. «El pudor preserva la intimidad de la persona» (CEC num. 2521). «El pudor protege el misterio de las personas y de su amor. Invita a la paciencia y a la moderación en las relaciones amorosas; pide que se cumplan las condiciones del don y del compromiso definitivo del hombre y de la mujer entre ellos» (CEC num. 2522).

La promoción de una buena educación en el amor y la sexualidad no es solo una tarea individual, sino un desafío colectivo. Implica reconocer el derecho de los menores a recibir una educación que respete todas las dimensiones de la persona humana, incluidas la moral y la espiritual. Un objetivo que, a la vista de las políticas actuales, está aún lejos de alcanzarse y que exige una respuesta valiente por parte de las familias, la Iglesia y la sociedad en su conjunto.

@ros_arpa

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