Religión en Libertad

La imposibilidad moderna de quedarse quieto

Silencio, gracia y la custodia de los espacios sagrados.

El silencio del templo no es el silencio de la nada, sino el silencio de una espera amorosa.Canva.

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Vivimos en una cultura que no soporta el silencio porque no acepta la gracia. La imposibilidad moderna de quedarse quieto no es sólo un problema psicológico o social, sino una resistencia más profunda: la dificultad de acoger una presencia que no depende del esfuerzo, del control ni de la explicación. En este contexto, el templo cristiano aparece como uno de los pocos lugares donde el hombre puede detenerse sin huir, porque allí el silencio no está vacío, sino habitado por una Presencia que precede y sostiene.

Vivimos en una época que no sabe detenerse. El ruido, la distracción y la necesidad constante de interpretarlo todo nos impiden permanecer en reposo. Blaise Pascal lo intuyó hace siglos. Hoy, su diagnóstico vuelve a interpelarnos desde una pregunta más honda: ¿qué ocurre cuando dejamos de huir y aceptamos el silencio?

En sus Pensées, Pascal escribió: «Toute l’infortune des hommes vient d’une seule chose, qui est de ne pas savoir demeurer en repos dans une chambre». Toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: no saber permanecer en reposo en una habitación. La frase no describe una anécdota ni una debilidad menor. Apunta a un rasgo profundo de la condición humana: la dificultad para detenerse sin huir, para quedarse en silencio sin llenarlo inmediatamente de actividad, de palabras o de explicaciones.

Pascal no pensaba en una habitación cualquiera. Pensaba en ese lugar interior donde el hombre, al detenerse, deja de escapar de sí mismo. Y en ese detenerse —decía— aparece una pregunta inevitable: la de su fragilidad, la de su destino, la de Dios. El hombre se dispersa porque teme ese encuentro. La distracción no es un accidente; es una estrategia de huida.

Tres siglos después, esa huida no ha desaparecido. Ha cambiado de forma. Ya no se manifiesta sólo en el ocio ruidoso o en la agitación exterior, sino en una saturación constante de mensajes, interpretaciones y explicaciones. Todo parece inteligible, pero algo se vuelve inhabitable. El silencio inquieta porque no está vacío: está habitado.

Aquí es donde el templo deja de ser un simple espacio y se convierte en respuesta. No como evasión ni como refugio estético, sino como lugar de encuentro. El templo es la habitación donde el hombre puede permanecer sin huir porque no está solo. Allí el silencio no es ausencia, sino presencia viva, ofrecida y no impuesta.

La diferencia es decisiva. No se trata de aprender a quedarse quieto por disciplina ni de alcanzar una calma interior por técnica. Se trata de permanecer ante Alguien. El silencio del templo no es el silencio de la nada, sino el silencio de una espera amorosa. No es el hombre quien llena ese espacio con su búsqueda; es Cristo, el Hijo entregado, quien ya lo habita y se ofrece al encuentro.

Por eso el silencio del templo no aplasta ni angustia. No obliga a mirarse obsesivamente a uno mismo. Libera de esa carga. El hombre puede dejar de producir sentido porque el sentido no depende de él. Puede dejar de huir porque no se enfrenta a un vacío, sino a una presencia que no exige, no invade y no se impone, una presencia que ama antes de ser comprendida.

Esta experiencia fue expresada con una sencillez luminosa en Ars. El Cura de Ars observó a un campesino que pasaba largas horas, desde primera hora de la madrugada, sentado en silencio ante el sagrario. Un día le preguntó qué hacía allí tanto tiempo. El hombre respondió: «Je ne lui dis rien ; je l’avise et il m’avise». No le digo nada; yo lo contemplo y Él me contempla.

No hablaba de pensamientos elevados ni de discursos interiores. Describía un hecho elemental: contemplar a Cristo y saberse contemplado por Él, bajo una mirada que no juzga, sino que sostiene. Ese intercambio silencioso contiene toda la lógica del templo y del reposo del que hablaba Pascal. Permanecer deja de ser una prueba y se convierte en un estar sostenido por una presencia que precede.

El problema del hombre moderno no es simplemente que haya perdido el sentido, sino que ha perdido los lugares donde el sentido puede aparecer sin ser forzado. Lugares donde el silencio no es abandono, sino posibilidad. El templo cristiano permanece como uno de esos pocos espacios.

No porque resuelva las preguntas, sino porque permite que se formulen sin huida. No porque calme por técnica ni consuele por evasión, sino porque allí el hombre puede detenerse sin enfrentarse a la nada. El silencio del templo no es un vacío que deba llenarse, sino una presencia que precede y permanece.

Por eso quedarse quieto allí deja de ser una prueba y se convierte en un umbral. No es el hombre quien sostiene el silencio; es el silencio —habitado por el Amor que se entrega— el que lo sostiene a él. Y quizá por eso el templo sigue resultando incómodo para una cultura que no acepta la gracia: porque recuerda que el sentido no se fabrica, se recibe.

Desde ese silencio que no se impone pero espera, queda abierta una pregunta decisiva: ¿qué ocurre cuando alguien, sin buscarlo ni entenderlo del todo, se queda el tiempo suficiente para que el encuentro tenga lugar?

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