Religión en Libertad

Ascética de gimnasio

La mortificación más evangélica es el amor al prójimo: que sea el otro, en mayúscula y en minúscula, quien te ocupe el corazón.

El ejercicio de la voluntad está bien porque nos libera de esclavitudes, pero la clave está en el para qué, so pena de esclavizarnos a nuestro propio ego.

El ejercicio de la voluntad está bien porque nos libera de esclavitudes, pero la clave está en el para qué, so pena de esclavizarnos a nuestro propio ego.Victor Freitas / Unsplash

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Veo cada vez con más frecuencia iniciativas o propuestas de autorrealización que implican un sacrificio considerable. No son pocas las personas que, tanto para un cambio físico, como para intentar hacerse ricos, someten su propia voluntad a duras prácticas o incluso castigos. Tampoco son pocas las personas que critican estas prácticas calificándolas de retrógradas, y sin saberlo, tal vez tienen razón.

Levantarse a las 5 de la mañana, ducharse con agua fría… y tantas otras medidas con las que se pretende castigar al cuerpo, ya se citaban en el Levítico y en el Éxodo. Siguiendo un orden canónico también aparecen en el Salmo 35 del Rey David, los 40 días del propio Jesús, y citas como la de San Pablo: “Castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre…” Pero ¿los influencers de hoy están hablando de lo mismo que San Pablo a los Corintios?

En ambos casos se trata de un ejercicio virtuoso sobre la voluntad humana para liberarla de malos hábitos y sometimientos mundanos. La prudencia, la fortaleza y la templanza pasan a ser los amos de llaves del corazón, hay vicios que ya no entran, queda espacio limpio y libre. Pero ahora la cuestión es ¿con qué lo llenamos? Tenemos delante el músculo más importante del cuerpo, listo para ser ejercitado, y es entonces cuando los influencers toman la dirección contraria a más de dos mil años de tradición apostólica.

Materialismo, naturalismo, cientifismo, utilitarismo, tecnocracia, hedonismo, transhumanismo… estos imagino que serían los clubes a los que se apuntarían los ascetas de gimnasio, y todos comparten una norma de acceso: reducir o directamente eliminar cualquier eco a lo espiritual. El fin último de todo esfuerzo es volverse a llenar de uno mismo. Muchas veces de manera inconsciente, nadie les ha mostrado otro camino. Me gusta pensar que ya han conseguido la parte difícil, solo falta explicar ¿para qué tanto sacrificio?

En el Éxodo, Moisés estuvo 40 días sin comer pan ni beber agua, y no lo hizo para autorrealizarse, sino para estar con el Señor y prepararse para recibir las Tablas de la Ley (Éxodo 34, 28). El Rey David se vestía de saco y se afligía con ayuno, no para ser más fuerte en batalla, sino para ofrecerlo por sus enemigos cuando enfermaban (Salmo 35, 13).

Años más tarde los grandes santos de la iglesia han dado continuidad al ejemplo apostólico. “La mortificación del cuerpo es necesaria para que el alma se eleve libremente a Dios”, decía Santo Tomás. Pienso que la renuncia, ese educar la propia voluntad hasta el punto de mortificarse de manera habitual, es la manera de limpiar el corazón, ordenar amores y sacar la basura. Y en ese nuevo espacio, pedirle a Dios que entre

En este ejercicio creo que juegan un papel muy importante las jaculatorias. No es lo mismo decirse a uno mismo “tú puedes” cuando cierras la nevera sin alimentar tu estómago pero alimentando tu ego, que cerrar la nevera elevando un pensamiento al cielo: “No solo de pan vive el hombre”. Creo que hay una diferencia abismal entre negarle la mirada a una joven semidesnuda diciéndose “Bien, no caeré”, o en ese cambio de mirada buscar a la Virgen: “Bendita sea tu pureza”.

La ascética sin mística es como sacar una a una las hojas sucias de una piscina, y luego bañarse lleno de barro. Al sacar las hojas, en realidad no se ha vaciado nada: el corazón, aunque limpio por el ejercicio virtuoso, sigue lleno de uno mismo. Para luego, al tirarse lleno de barro, ser de nuevo uno mismo quien se llena de egoísmos con distinto nombre. El cristiano, en mi opinión, con las hojas saca también agua, sabe que se vacía también de sí mismo y clama para que sea el otro, en mayúscula y en minúscula, quien ocupe su corazón.

Bien, ¿cómo aplico esto ahora a mi caso hoy? ¿Cuál es la ascética de un padre de familia? Decía San Josemaría que “la mortificación es la oración de los sentidos”, y por supuesto que están todas las renuncias a nivel individual y privado, pero pienso también que los padres de familia podemos poner el foco en santificar lo cotidiano

Decía el cardenal Nguyen Van Thuan que la mortificación más evangélica es el amor al prójimo. En esta línea, intentar que nuestras tareas del día a día, nuestros actos de amor por nuestra familia, llamen la atención de Dios. No por su complejidad, no por extraordinarios, sino por la purificación de su ejecución. Y luego, viviendo en esta dinámica, es Él quien brinda nuevas oportunidades; a veces un niño llorando a las 3 de la mañana, una lavadora por la noche, un despertarte tú, pasar frío tú, cansarte más tú... para que tu mujer sea protagonista en tu corazón, para que tu hijo se sienta amado cuando crees que no lo merece. Y al final del día, cuando todos están en la cama menos tú, no llevar la cuenta de nada: “Siervos inútiles somos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

Una vez leía que un testimonio de un padre de familia que me sigue ayudando mucho. Al llegar a casa cansado del trabajo oía desde el rellano el griterío de sus hijos, imaginaba que debía estar todo por hacer, cenas, duchas… pero él entonces ponía la llave en la puerta y abría diciéndose a sí mismo: “Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros”. Pues que así sea, el momento de entregarse santamente es ahora, ¡ya! ¡Ánimo, familias!

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