Religión en Libertad

Lugares donde el sentido no se fragmenta

En el templo, los trascendentales no aparecen fragmentados. Su unidad es una convergencia real en torno a algo que los precede.

El templo es un lugar donde la verdad, el bien y la belleza se reconocen unidos.

El templo es un lugar donde la verdad, el bien y la belleza se reconocen unidos.Joan Sutter / cathopic.

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En el artículo anterior hablábamos de los trascendentales -verdad, bien, belleza y unidad- como dimensiones del sentido que acompañan a todo lo que existe. Decíamos que, cuando esas dimensiones se separan, la experiencia humana se vuelve más frágil, aunque conserve muchas posibilidades. 

Ahora conviene dar un paso más: ¿dónde se vive hoy esa unidad sin necesidad de explicaciones?

La respuesta no se encuentra primero en los libros, sino en ciertos lugares. Hay espacios donde el sentido no se argumenta ni se construye, sino que se reconoce. El templo cristiano, mientras no es desacralizado, es uno de esos lugares.

Quien entra en una iglesia no suele hacerlo con una teoría en la cabeza. Entra, se sienta, guarda silencio. A veces se arrodilla. A veces simplemente permanece. No analiza el espacio ni descifra un mensaje. Reconoce que está en un ámbito distinto, donde no todo depende de su interpretación ni de su estado de ánimo.

En el templo, los trascendentales no aparecen fragmentados. La belleza no actúa como ornamento, sino como forma que orienta; no distrae, sino que sitúa. La verdad no se presenta como una opción entre otras, sino como presencia que se impone sin imponerse. El bien no se justifica por su utilidad externa, sino por la gratuidad del gesto: rezar, adorar, guardar silencio. Y la unidad no nace de una negociación previa, sino de una convergencia real en torno a algo que precede a todos.

Esta experiencia no está reservada a personas formadas ni a creyentes expertos. La vive también quien entra a rezar sin saber muy bien qué decir, pero sabiendo dónde está. No entiende todo lo que ocurre, pero reconoce que allí las cosas no están disociadas. Esa diferencia entre entender y reconocer es decisiva.

La modernidad ha multiplicado las interpretaciones, pero ha debilitado la capacidad de reconocimiento. Todo se explica, todo se contextualiza, todo se reordena. El templo, en cambio, no se presta fácilmente a esa lógica. No porque se enfrente a ella, sino porque no se deja disolver. Su sentido no depende del uso que se le asigne ni del relato que se construya en torno a él. Es lo que es antes de cualquier explicación.

Por eso, el templo sorprende a muchos. No porque excluya, sino porque no se adapta a la fragmentación del sentido. Mantiene juntas esas dimensiones sin proclamarlas ni convertirlas en mensaje. Simplemente las deja a la vista.

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