Eventos, canciones y silencio: ¿dónde madura la fe?
No dudo del valor del evento. Me inquieta que nos quedemos solo en el evento

Fe en silencio
Decirlo hoy casi suena a sospecha, pero conviene decirlo: no todos vivimos la fe en clave de evento. Y no solo es legítimo. Es profundamente cristiano.
Me parece un signo hermoso —y necesario— ver a miles de personas alabando al Señor juntas. Juventud, alegría, comunidad. En un mundo que ha aprendido a vivir como si Dios no existiera, que Dios convoque sigue siendo un gran milagro. Lo digo sin ironía y con gratitud real. Hay algo evangélico en una fe que se celebra y se comparte.
Y, sin embargo.
No soy de eventos multitudinarios de demostración de fe. No por rechazo, sino por configuración interior. Mi fe no se ordena desde ahí. Tal vez porque cargo con lo que cargo: dudas persistentes, silencios largos, zonas donde Dios no responde a la primera. Tal vez porque Él, conmigo, ha elegido otro tono. Menos coro y más susurro.
Yo me encuentro con Dios mejor sentada en un banco, sola, frente al Sagrario. Sin música que me sostenga la emoción. Sin una comunidad que me arrope el ánimo. Allí no hay espectáculo ni consuelo rápido. Hay paz, a veces. Y otras veces, solo fidelidad. Siempre verdad.
Empiezo a percibir —y aquí viene la parte incómoda— que una fe visible, cantada y compartida parece hoy más fácilmente legitimada que una fe silenciosa, perseverante, casi invisible. Como si la emoción certificara autenticidad. Como si sentir mucho fuera creer mejor. Y como si “chupar banquillo” —seguir yendo cuando no se siente nada— fuera una espiritualidad de señoras mayores.
No lo es.
Nunca lo ha sido.
Ahora bien, no dudo en absoluto de que ambas cosas puedan —y deban— convivir. Quien va a un evento multitudinario también vuelve a casa. También reza a solas. También atraviesa sequedades. También chupa banquillo. No se trata de elegir entre una fe celebrada o una fe perseverante, porque la fe madura suele pasar por las dos.
Lo que me preocupa no es el evento. Lo que me inquieta es quedarnos solo en el evento. Que la fe se reduzca a momentos puntuales de intensidad, pero no se traduzca en permanencia. Que la emoción sustituya al camino. Que el aplauso tape el silencio necesario para que Dios hable de verdad.
La tradición cristiana no tiene miedo al desierto: lo reconoce como lugar teológico. Dios no se revela en el ruido, sino en la brisa suave. Elías no lo encuentra en el terremoto. Jesús ora de noche, a solas. La fe no nació como espectáculo, sino como permanencia. Y la permanencia rara vez emociona.
Esto no va de enfrentar formas. No es una crítica a la fe comunitaria ni a los grandes encuentros. Es una advertencia contra su absolutización. Porque Dios no ama más a quien más siente, sino a quien permanece.
Permanecer cuando todo va bien es sencillo. Permanecer cuando no hay luz, eso sí es radical. Volver a misa sin subrayados interiores. Rezar sin ganas. Sentarse frente al Sagrario sin palabras ni consuelos. Esa fe no se viraliza, pero tiene raíces. Y lo que tiene raíces no necesita aplausos.
Me inquieta —con respeto, pero con claridad— que confundamos fe con intensidad, grupo con garantía, experiencia con madurez espiritual. Porque la fe también se vive en la intemperie, en la soledad, en una relación con Dios que no necesita demostrarse para existir.
Y dicho esto, conviene repetirlo sin matices: bendito sea Dios por cada persona que lo alaba en comunidad. Por cada joven que canta, que celebra, que se siente acompañado. Eso también es Iglesia. Y es bueno. Muy bueno.
Solo pido que no olvidemos a los otros.
A los que rezan bajo.
A los que no levantan la mano.
A los que no lloran con las canciones.
A los que siguen yendo, incluso cuando no sienten nada.
Porque quizá —solo quizá— ahí, en ese banco discreto, en esa fe sin focos, Dios esté haciendo su obra más profunda.
Y como casi todo lo profundo, ocurre sin hacer ruido.