Religión en Libertad

Ateísmo y avance de la ciencia

La razón, bien manejada (con apertura a la verdad), nos abre, si queremos, a la trascendencia.

'Copérnico, conversación con Dios' (1872, detalle) de Jan Matejko: Copérnico (1473-1543), precursor del geocentrismo, fue un clérigo católico que formuló sus tesis con total libertad.Wikipedia

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"El avance de la ciencia ha dejado al ateísmo sin explicación plausible”, ha llegado a decir Antony Flew, influyente filósofo ateo durante muchos años, fallecido en 2010, quien cambió de postura en 2004, asegurando que su descubrimiento de la divinidad fue "un peregrinaje de la razón", usada hasta donde la argumentación le llevase. Así lo cuenta el divulgador cristiano José Carlos González-Hurtado en su libro Nuevas evidencias científicas de la existencias de Dios, que me permito utilizar, en alguna de sus páginas, para este artículo. 

José Carlos González-Hurtado la acumulación de datos de las ciencias experimentales que concuerdan con la existencia de un Dios creador y ordenador del Universo.Voz de Papel

Se puede decir que Flew era un ateo intelectualmente “honesto” (en contraposición con otros que priorizan su ideología contraria a Dios frente a la realidad innegable de los datos).

Aquella argumentación razonablemente “decorosa” de nuestro pensador inglés le llevó “a aceptar la existencia de un Ser auto-existente, inmaterial, omnipotente y omnisciente" (así lo indica en su libro Dios existe. Cómo el ateo más infame del mundo cambió de opinión). Es el vivo ejemplo de que la razón, bien manejada (con apertura a la verdad), nos abre, si queremos, a la trascendencia; esto es, la Física nos lleva a la Metafísica o, como dijo el mismo San Pablo y reafirma la doctrina de la Iglesia, se puede llegar por la sola razón al Creador a través de sus criaturas.

Antony Flew (1923-2010) explicó con todo detalle las razones que le llevaron a abandonar su ateísmo.Trotta

Según explicó nuestro filósofo en una entrevista con el teólogo estadounidense Gary Robert Habermas, varios argumentos de la ciencia le llevaron a cambiar de opinión desde una posición atea a una convicción teísta:

  • 1º) Fundamentalmente, la teoría del Big Bang, casi unánimemente aceptada hoy en ciencia, que muestra cómo el Universo no es eterno y tuvo un principio. Pero, si lo tuvo, entonces, resulta casi inevitable preguntarse qué produjo este principio (pues, añadimos nosotros, no explota la nada; hace falta un principiador de ese principio). De este modo, la teoría del Big Bang, lejos de probar que Dios no existe (como frecuentemente se invoca hoy en día), más bien, apunta a la existencia de Dios, de aquel “propiciador” o “principiador del principio”.
  • 2º) La evidencia del ajuste finísimo de los parámetros del Universo y las leyes de la naturaleza, que parecen expresamente "calculados", todos ellos, para posibilitar la vida en la Tierra, de tal modo que una muy leve variación en alguno de esos parámetros habría hecho imposible el propio Universo y la vida en nuestro planeta. La constatación de este hecho innegable nos lleva a pensar en la existencia de un “matemático” genial que haya hecho esos cálculos tan milimétricos, poco menos que imposibles para la estadística del azar.
  • 3º) La existencia misma de la vida desde la "no vida", con una química codificada, cuya aparición por mero azar descartan los avances en Biología y Química. En este sentido, el orden superior que encontramos en la secuencia de ADN nos habla de una perfección asombrosa que ha tenido que ser pensada y diseñada, pues resulta estadísticamente imposible su formación por la pura y ciega casualidad; algo más difícil de ocurrir que lanzar todas las letras de El Quijote al aire y que todas ellas salgan ordenadas por azar como las pensó Miguel de Cervantes, conformando su grandísima novela.
  • 4º) La ciencia moderna no ha hecho más que refutar las teorías puramente naturalistas, de modo que “los esfuerzos naturalistas, dice Flew, han fracasado en aportar una conjetura verosímil” de cómo “moléculas complejas habrían podido evolucionar desde entidades sencillas” y “ha llegado a ser desmesuradamente difícil, incluso, empezar a pensar cómo armar una teoría de la evolución naturalista sobre aquel primer organismo duplicativo”. El científico Hoyle (ateo reconvertido después), por ejemplo, veía grandes problemas en que, mediante simples mezclas químicas accidentales, se formaran 2.000 enzimas esenciales para la vida, pues la probabilidad de que eso sucediera equivaldría a la de obtener una serie seguida de 50.000 seises de un dado no trucado.

Y es que, si uno es honesto y sigue el marchamo de la ciencia actual, puede comprobar cómo esta apunta más a la necesidad y existencia de un Creador o Superinteligencia ordenadora de todo (del micro y del macrocosmos) que a su inexistencia. Numerosos científicos ateos han dejado de serlo con el tiempo ante esta evidencia. En tal contexto, la ciencia, lejos de oponerse a la fe, le presta un impagable servicio. 

Según apunta José Carlos González-Hurtado, el 95% de los científicos son teístas, mientras que solo un 5% son ateos, si bien es cierto que estos últimos meten bastante ruido. Con algún humor, indica que el ateísmo es una tesis defendida por personas, en su mayoría, de letras, que, para más inri, no está demostrada por la ciencia, por lo que no deja de ser otra “fe”, una creencia, como lo es la fe en Dios. Lo cierto es que la mayor parte de los grandes científicos que han hecho avanzar de verdad la ciencia (Copérnico, Galileo, Newton, Planck, Lemaître, Mendel o el mismo Einstein) han sido creyentes o, por lo menos, teístas. Esto nos debería hacer pensar.

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