El más grave e imperdonable de los pecados
La destrucción de los vínculos íntimos entre los hombres y con Dios deja al ser humano huérfano de origen y destino.
La ruptura de los vínculos entre los hombres, y de los hombres con Dios, es uno de los frutos del liberalismo más característicos en la historia.
Hace poco escribía el periodista católico Julio Llorente un artículo en la revista La antorcha titulado Liberalismo y fe en donde exponía sus razones por las cuales el liberalismo era incompatible con la fe católica. Como era de esperar, el artículo fue arduamente contestado por las huestes liberales y conservadoras que campean por las columnas de opinión.
Al bueno de Julio Llorente se le acusaba entre otras cosas de falta de erudición y rigor documental. El caso es que la erudición de la que se ufanaban los inquisidores liberales era la de costumbre: la de poner palafreneros intelectuales a los desastres causados por sus tentativas ideológicas, verbigracia la búsqueda de la libre felicidad sin molestar a nadie, la libertad posesiva del individuo que limita con la de los demás, la libertad de conciencia sin concienciar a nadie, la tolerancia sin tolerar a los intolerantes y demás cocinados de una cosa y la contraria para cubrirle las espaldas a una filosofía que hubiera sido idónea en Alicia en el país de las maravillas.
Del veneno de la libertad liberal, es decir, de la libertad de la libertad, o de la libertad desde cero, han alertado todos y cada uno de los Papas poniendo sobre aviso a los católicos sobre los tratados libertarios que atribuían al hombre no solo la última palabra, sino también la primera.
Además de grandes teólogos, sobre la descomposición civilizatoria comandada por el liberalismo se han apremiado a advertir filósofos, historiadores y humanistas de toda guisa. Algunos de ellos, con el rigor y la erudición que demandan los liberales, han dejado patente que el liberalismo como matriz ideológica de las ideologías modernas es el responsable último de la disolución de la antigua Europa cristiana en los ámbitos religioso, político y moral, y cuyo resultado final es un engendro llamado Occidente.
La carcoma social del liberalismo es la secularización, la gran mácula que jamás pudo esconder. La secularización se produce cuando "las verdades metafísicas quedan situadas tan alto que carecen ya de interés humano; la vida religiosa reducida a sí misma, separada de la vida racional y moral, aislada en su majestad, queda suspendida sin apoyo": esa fue la descripción que el filósofo Émile Bréhier hizo en su Historia de la filosofía.
Mucho más severo estuvo Louis Dumont cuando en su obra Homo Aequalis. Génesis y apogeo de la ideología económica dijo que el liberalismo había desprovisto al hombre de todo su carácter social, primero emancipándolo de la religión y después de la moralidad tradicional a través de San Libre Mercado.
Los destrozos del liberalismo son tan lapidarios que habría quedado desacreditado hace mucho de no ser por su embajador político, el conservadurismo, esa decadencia programada de la tradición de la que se ha valido políticamente para proponer una institucionalidad ajena a lo espiritual, para tratar de conciliar impostadamente la separación del cuerpo social y del cuerpo espiritual, del cuerpo y del alma de una sociedad, en lugar de velar por su natural comunión.
Aún son legión los feligreses del liberalismo que objetan que la fe no se puede imponer, sin reparar en que lo que los corifeos liberales llama falsamente “coacciones" o “imposiciones" no es sino la metafísica del poder: la existencia de rangos de realidad que están por encima del sacrosanto consentimiento dado por la voluntad desnuda. Una realidad inescapable.
Del lema recurrente No a la imposición han dimanado numerosos desatinos, algunos de ellos empleados para aporrear burdamente la denuncia que hace del liberalismo Julio Llorente, entre ellas la archiconocida libertad o autonomía de conciencia.
Es una pena que la conciencia no sea una mónada suspendida en el aire en lugar de un estatuto del alma sometido a servidumbres que lo trascienden. Tal vez la autonomía de conciencia exista en los manicomios como el que frecuentó el marqués de Sade, pero la esencia de la conciencia radica en detectar y someterse a las realidades superiores. La conciencia no elige caprichosamente: identifica un rango supremo de realidad, se somete a dicho rango y se aplica con prudencia sobre las circunstancias dadas.
Señalaba Julio Llorente, con la nobleza y la honestidad que le caracterizan, que pese a todo el liberalismo había sido menos hostil a los católicos que otras corrientes del pensamiento moderno. Tal vez esté en lo cierto, pero posiblemente el liberalismo haya sido más hostil al hombre y a la sociedad que ninguna otra ideología.
Si Donoso Cortés tenía razón al decir que el catolicismo es un modelo de civilización completo, el liberalismo no es otra cosa que una némesis que propone la descomposición social originaria en mónadas humanas dotadas de idéntica facultad. El hecho de que los regímenes liberales no sean abiertamente hostiles a los católicos no quiere decir que no sean hostiles al catolicismo. Lo son por definición al separar el cuerpo social del cuerpo divino y diluir así sibilinamente la mística de los pueblos. El liberalismo nació para desarticular cualquier modo de civilización compacto, para romper la comunión entre lo institucional y lo espiritual, para que el hombre fuese visto a sí mismo a imagen y semejanza propia de cada individuo, y no en aras de su ser trascendente.
La consumación de tales pretensiones nos ha llevado indefectiblemente a la barbarie. Los católicos liberales siempre fueron tan ingenuos que pensaban que con solo separar lo social y lo espiritual no iba a verse socavada la fe ni corrompida la política. No hay más que echar la vista al frente para ver en qué situación se encuentran la fe y la vida social lo largo de todo el engrendro occidental: hecha unos zorros.
Un gran humanista y literato como Ray Bradbury, por otra parte buen conocedor de las grandes verdades cristianas, proporcionó instantáneas colosales de la debacle civilizatoria que se avecinaba. En una de sus Crónicas marcianas, Bradbury dejaba patente el destino último que le espera a una humanidad embutida de los males anteriormente denunciados:
- "Y a esta enfermedad le llamaban soledad, porque cuando uno ve que su casa se reduce hasta tener el tamaño de un puño, de una nuez, de una cabeza de alfiler, y luego desaparece detrás de la estela de fuego, uno siente que nunca ha nacido, que no hay ciudades, que uno no está en ninguna parte, y solo hay espacio alrededor sin nada familiar, solo otros hombres extraños".
Una imagen vale más que mil palabras solo cuando las palabras no son lo suficientemente evocadoras. La estremecedora cita de Bradbury vale por toda una imagen. Difícil hallar mejor síntesis literaria para el catastrófico legado del liberalismo: la destrucción de los vínculos íntimos entre los hombres y con Dios (a saber si ambos vínculos no son la misma cosa) deja al ser humano huérfano de origen y destino. El más grave e imperdonable de los pecados.