Martes, 23 de abril de 2019

Religión en Libertad

Volvemos a las andadas


por Pedro Trevijano

Opinión

La ministra de Educación, Isabel Celaá,, ha anunciado que habrá una nueva asignatura sobre Valores Cívicos que incluirá feminismo e ideología de género. Esta asignatura formará parte del currículo escolar en el curso 2019-2020. Será obligatoria y contará para la media.

¿Qué pensar de ello? La autora feminista radical Amelia Valcárcel distingue tres olas feministas: la primera consistió en la teorización de la igualdad entre los sexos. La segunda se manifiesta en la conquista de determinadas libertades públicas y privadas: el derecho al voto y a la participación política, la libertad de elección de estado y el derecho al acceso a la educación superior. En la tercera ola, los temas son el poder y el sexo: ésta es la fase en la que el feminismo radical se convierte en ideología de género. Este feminismo, según frase de Simone de Beauvoir, está encaminado a liberar a las mujeres de “la esclavitud del matrimonio y de la maternidad”.

Está claro que las dos primeras olas del movimiento feminista son plenamente aceptables y cuentan con todas mis simpatías. Al decirnos que se va a enseñar la ideología de género está claro que el feminismo que quiere imponernos nuestra ministra será el de esta tercera ola, tanto más cuanto que hoy el feminismo radical se ha adueñado del movimiento feminista.

Pero ¿qué es la ideología de género? ¿Cuáles son sus objetivos? Para la feminista española Celia Amorós, “la supresión de la familia es el objetivo fundamental a conseguir”.

¿Cómo hacer esto en la educación de niños y adolescentes? Mientras la Iglesia se opone firmemente a un sistema de información sexual separado de los principios morales y cree que corresponde a los padres educar a sus hijos conforme a sus convicciones (art. 27-3 de la Constitución y 26-3 de la Declaración de Derechos Humanos), la ideología de género en cambio cree que el objetivo fundamental que debe buscar la educación es realizar el cambio cultural a través del cambio en la moral, en la ética y en lo que se considera sentido común, cambio a realizar cuanto antes mejor.

Para los promotores de esta ideología, debe darse una emancipación sexual de la infancia y adolescencia. Se defiende la total liberación sexual, con una libertad sin constricciones, incluyendo el derecho absoluto a tener relaciones sexuales con otros individuos sin importar la edad, el número, el estado civil, las relaciones familiares (el incesto) o el género. Las leyes son la moral del Estado y esto está en las leyes. Al niño hay que despertarle sus inclinaciones sexuales, enseñándoles a conocer su propio cuerpo por medio de la masturbación, que no es nada negativo, e incluso que puedan disfrutar de relaciones sexuales con otros niños y niñas, siendo justificable cualquier actividad sexual. La sexualidad es un juego, un pasatiempo, una finalidad en sí misma, en la que autores como Kinsey ni siquiera excluyen la pedofilia o el bestialismo, cuya “condena es un prejuicio procedente del judaísmo y cristianismo y no tiene una base natural”. Pero como eso de pedofilia suena bastante mal, se le llama, como hace la eurodiputada austriaca Ulrike Lunacek, “educación afectivosexual interactiva y libre de tabúes”, que suena mucho más bonito.

Creo que con todo esto queda claro que el último propósito de esta asignatura es no sólo corromper a nuestros niños y adolescentes, sino terminar con la civilización cristiana en general y con la Iglesia católica en particular. Y es que una persona enraizada en la religión y en la familia es difícilmente manipulable.

El anuncio por la ministra de la implantación de esta nueva, y a la vez, antigua asignatura hace recordar que contra la Educación para la Ciudadanía más de 52.000 padres presentaron unos 400 recursos judiciales. El Tribunal Supremo les dio la razón con el argumento de que no era adecuado introducir “temas conflictivos”. El Papa Francisco, en una visita a una parroquia de Roma, elogió a unos padres que, cuando su hijo volvía de la escuela, le preguntaban sobre lo que le habían enseñado, por si tenían que hacerle una contracatequesis.

Cuando en mi libro Relativismo e ideología de género escribí en la contraportada que la ideología de género era la Moral del Diablo, otro sacerdote me preguntó qué personas cualificadas pensaban lo mismo que yo. Pude darle tres nombres: San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, aunque con la salvedad de que no eran ellos los que pensaban lo mismo que yo, sino yo lo mismo que ellos.

En cambio, según la ministra, la Religión dejará de tener efectos académicos y no contará para la obtención de becas y ayudas. No será alternativa de ninguna otra, como sucede ahora. Pero no puedo por menos de recordar que, aunque Sánchez sea tan anticatólico como Zapatero, éste no consiguió realizar lo que ahora pretende Sánchez.

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