Religión en Libertad
Christian Díaz Yepes

Christian Díaz Yepes

Sacerdote venezolano

José Gregorio Hernández y Madre Carmen Rendiles, interpelación y esperanza para Venezuela

Las imágenes de José Gregorio y Carmen Hernández, durante su colocación en la Basílica de San Pedro.

Las imágenes de José Gregorio y Carmen Hernández, durante su colocación en la Basílica de San Pedro.

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Soy el padre Christian Díaz Yepes, sacerdote venezolano, nacido en Caracas en 1980 y también allí bautizado, confirmado y ordenado sacerdote en 2007. Desde 2011, primero por razones académicas, luego también por circunstancias de salud y familiares, a mi pesar tuve que dejar nuestro país, como otros ocho millones de venezolanos. Ahora resido y ejerzo el sacerdocio en Madrid. Desde aquí trato de construir la porción del Reino de Dios en la Madre Patria, siempre complacido de mi identidad y carácter venezolano.

Los santos cincelan el alma de los pueblos

En este día de júbilo para los cristianos de mi país por la canonización de José Gregorio Hernández (1864-1919) y de la Madre Carmen Rendiles (1903-1977), quiero compartir unas breves pinceladas sobre lo que la canonización del doctor José Gregorio y de la Madre Carmen Rendiles me inspiran como cristiano de nuestra gran nación y ministro de la Iglesia católica.

Hay palabras que con el paso de los siglos se nos han gastado entre los dedos. Una de ellas es esta: los santos. La usamos sin sangre, sin asombro, como si fuera un título honorífico más. Pero la santidad no es una etiqueta, es una herida luminosa. Es el resultado de haber sido cincelado por Dios, a veces sin anestesia, a golpes de cruz, a caricias de eternidad.

Los santos no son vitrales; son el colorido de la luz que pasa a través de ellos. No son estatuas; son zarzas que arden sin consumirse, como la de Moisés cuando Dios se acercó a su pueblo. No son excepciones para admirar, sino voces para interpelar.

Y por eso, cuando en una misma generación, en una misma patria, se levantan dos testigos tan puros, tan transparentes, tan profundos como José Gregorio Hernández y Madre Carmen Rendiles, Dios no nos está dando un premio… nos está lanzando una advertencia.

¡Venezuela, escucha a tus santos para cantar tu más alto destino!

Ambos nacieron en épocas de crisis, crecieron entre tensiones políticas, sociales, culturales. Y sin embargo, no fueron amargados por el contexto, sino convertidos en antídoto a muchas fuerzas del mal que oprimían a nuestro pueblo. Y ellos no se dejaron robar ni la fe, ni la ternura, ni el coraje.

Ellos son los pilares espirituales del país que anhelamos recuperar. Mientras otros sembraban discordias, ellos cultivaban oración. Mientras otros buscaban poder, ellos servían al más pequeño. Mientras otros huían de Dios, ellos se le entregaron hasta un extremo de amor.

Por eso hoy los llamamos santos. Porque, como dice San Pablo, “se han dejado formar hasta llegar a la medida de Cristo en plenitud” (Efesios 4, 13).

Y nosotros, ¿a qué medida estamos creciendo?

I. ¿Qué aprendemos de José Gregorio Hernández?

José Gregorio no se entiende desde el folclor, ni desde el sentimentalismo, ni desde el nacionalismo simple. No fue un médico con sotana invisible. Fue un laico que vivió la radicalidad de Cristo en bata blanca y con las manos en las llagas que sanaba a ricos y pobres.

Muchos lo llaman “el médico de los pobres”, pero eso es quedarse corto. Fue el ángel del dolor ajeno. Supo, como pocos, que curar no se trata de curar cuerpos, sino de salvar dignidades. Que más importante que el bisturí es el alma que lo empuña.

El doctor José Gregorio Hernández convirtió en modo de vida una visita médica que era también cura de almas.

El doctor José Gregorio Hernández convirtió en modo de vida una visita médica que era también cura de almas.

Su saber no lo hizo soberbio. Su fe no lo hizo ingenuo. Fue un sabio humilde y un creyente valiente.

El que sabe y no sirve, se seca y corroe por dentro.

Cada diagnóstico era una oración. Cada visita a una pobre casa era un Vía Crucis vivido con gratitud. Cada paciente era Cristo encubierto.

“Estuve enfermo y me visitaste”, dice el Señor (Mateo 25, 36). José Gregorio no solo lo hizo: lo convirtió en modo de vida.

Estudió con honores en París, publicó en revistas científicas, fundó y enseñó en cátedras universitarias con rigor. Pero jamás se deslizó hacia el ateísmo práctico de aquel contexto, que adoraba la ciencia como nuevo becerro de oro y despreciaba al Dios Viviente y vivificante. Él supo que la verdad sin caridad es soberbia, y la caridad sin verdad es sentimentalismo estéril.

La ciencia le dio el método, pero Cristo le dio el sentido.

Y así, silencioso y constante, vivió como “un sacerdote laico” del dolor humano, ofreciendo sus manos, su corazón y su alma sin esperar aplausos. Su muerte repentina fue semilla. Dios lo cosechó antes de que los hombres lo mancharan.

El pueblo lo reconoció como santo antes que el Vaticano. Porque los santos de verdad, los que arden, no necesitan trámites para seguir inclinando el cielo hacia la tierra.

II. ¿Qué aprendemos de Madre Carmen Rendiles?

Si José Gregorio fue santidad de servicio visible, Madre Carmen fue santidad escondida, eucarística, silenciosa.

Ella no sanó cuerpos, sino corazones. No firmó diagnósticos, pero dictó sentencias de misericordia con su sola mirada y su oración de intercesión y reparación.

Consagrada desde joven, cargó en su cuerpo la señal de los que Dios quiere usar por entero: nació sin el brazo derecho, y no se quejó jamás. Porque entendió que las carencias son la materia prima de la santidad.

Una mujer sin adornos, sin espectáculos, sin ansias de notoriedad. Y sin embargo, hizo más ruido en el Cielo que muchos que no paran de hablar en la tierra.

Amó al Señor en el silencio, y lo adoró en su Sacramento. Fundó una congregación con nombre sencillo, pero propósito invencible: Siervas de Jesús en el Santísimo Sacramento. Es decir, humildes servidoras de la Adoración.

Y aquí quiero abrir un paréntesis que brota desde mi historia sacerdotal.

Cuando Madre Carmen me formó sin conocerla

Entre todos los rasgos y obras de Madre Carmen, yo quiero destacar, con gratitud y sano reconocimiento, cuánto me ha ayudado, primero como joven que quería seguir a Cristo, y luego como seminarista en el seminario de Caracas. Ella dejó a la Iglesia y a nuestra patria un tesoro valiosísimo: la firmeza vocacional de sus hijas espirituales, las Siervas de Jesús, que me enseñaron con su ejemplo que sin adoración no hay misión.

¡Cómo olvidar aquellas tardes de viernes de 1997! Junto con otros dos compañeros de la Universidad Central de Venezuela, subíamos a evangelizar, con el corazón encendido pero poca experiencia, los caseríos alrededor de la Casa de Retiros de El Tabor, también noviciado de las Siervas de Jesús. Allí, aquellas religiosas, siempre con una sonrisa en los labios y una firmeza en la mirada y las labores, nos impelían a no emprender ninguna acción misionera sin haber pasado antes varias horas adorando al Señor en la custodia. Y nos dejaban allí, en su propia capilla, en silencio, a solas con el Jesucristo en su presencia escondida y arropados por su discreta presencia como ángeles guardianas.

La huella de Madre Carmen Rendiles ha perdurado a través de sus religiosas y su permanente adoración eucarística.

La huella de Madre Carmen Rendiles ha perdurado a través de sus religiosas y su permanente adoración eucarística.Conferencia Episcopal Venezolana

Ellas no decían grandes discursos. Pero nos enseñaron lo esencial: “Si no te postras ante el Santísimo, te postrarás ante el mundo”.

Más tarde, durante mis años en el seminario de El Hatillo, asistido también por las Siervas de Jesús, pude vivir en un seminario convertido en sagrario. Desde la ventana abierta de su pequeño oratorio, que daba al jardín principal, la custodia brillaba como un sol callado, pero deslumbrante. Uno pasaba por ahí, y la genuflexión salía sola. Una palabra, una súplica, un agradecimiento… todo nacía del silencio adorante que ellas testimoniaban con celo.

Esas hijas de la Madre Carmen convirtieron nuestros años de formación en años de adoración. Porque sin altar, no hay apóstol. Sin Eucaristía, no hay evangelio. Y hoy, más de veinte años después, estoy convencido de que la oración silenciosa de cuatro monjas puede sostener más almas que mil discursos y altavoces.

Es por eso que hoy bendigo a Dios por la huella invisible y honda que Madre Carmen, a través de sus hijas, ha dejado en mí y en tantos de mis compañeros de seminario.

III. ¿Qué nos quiere decir Dios a los venezolanos a través de estos dos santos?

La Iglesia no canoniza por protocolo ni por conveniencia. Cuando una patria está desorientada, la Iglesia es movida por Dios para levantar en su interior referentes vivos que señalan el camino.

Y estos dos, José Gregorio y Madre Carmen, no están siendo inscritos en el canon de los santos sólo para que los pongamos en estampitas o los pintemos en murales. Están siendo elevados para que nosotros nos pongamos de rodillas y les preguntemos: ¿qué hemos hecho con el país que ustedes amaron?

La respuesta puede dolernos.

Y, sin embargo, aún estamos a tiempo. Porque como escribió nuestro poeta Eugenio Montejo: “Lo que se perdió puede volver, si el alma lo llama por su nombre”.

Y estos dos santos nos enseñan lo que puede volver:

  • Verdad, donde se ha instalado el reino de la mentira.
  • Servicio, donde impera la soberbia.
  • La Eucaristía, donde la fe es tan atacada y caricaturizada.
  • El sacrificio, donde se busca sólo el propio beneficio.
  • Alegría interior, que brota de la oración.
  • Perseverancia, donde tantos tiran la toalla.

Nos lo decía nuestro cardenal Jorge Urosa Savino, otro gran señero de la fe en nuestra Venezuela contemporánea: “Una nación no se reconstruye sin una regeneración espiritual”.

Y el gran San Juan Pablo II lo gritó en Caracas, ante dos millones de personas que le escuchaban ansiadas de verdad: “¡Que nadie les robe la esperanza! ¡Venezuela necesita santos!”.

Por todo esto, la pregunta es si estamos dispuestos a convertirnos.

Porque si no hay conversión, no habrá resurrección. Y Venezuela, la digna, la noble, la servidora y la orante, ¡ha de resucitar!

El tiempo de admirar a los santos desde lejos ha terminado. Ahora es tiempo de imitarlos viendo que los tenemos al alcance la mano. Ellos han pateado nuestras calles, han curado y padecido en nuestros hospitales, les han empapado nuestros chaparrones, han celebrado nuestas fiestas. Y, sobre todo, han acudido a nuestros templos y los han encendido con su fe. Continuemos su obra. Oremos como Madre Carmen. Formémonos en la excelencia para servir con la caridad de José Gregorio.

Que esta canonización no sea solo una fiesta.

Que sea un terremoto interior.

Una llamada a volver a Dios.

A limpiar el alma.

A volver al altar.

A amar con obras.

Y si hay que arder, que arda Venezuela en santidad.

Porque un país puede reconstruirse exteriormente con las riquezas del subsuelo…

Pero solo se salva con almas santas.

¡Que Dios bendiga a Venezuela!

¡Que sus santos la iluminen!

¡Que la Virgen de Coromoto renueve la fe y la esperanza en toda la extensión de nuestra patria!

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