Miércoles, 19 de febrero de 2020

Religión en Libertad

La revolución del amor para transformar el mundo desde dentro


por Miguel Cuartero Samperi

Opinión

¿Es posible transformar el mundo en el cual vivimos? ¿De qué forma un cristiano puede contribuir a dicha transformación viviendo su día a día, cumpliendo sus labores diarias y viviendo de lleno en la sociedad? A estas preguntas trata de responder Mariano Fazio, vicario general de la prelatura del Opus Dei, en su libro Transformar el mundo desde dentro.

Quien realmente ha transformado el mundo desde dentro es Dios hecho hombre, Jesucristo. Asumiendo la carne humana Dios ha querido entrar en la historia del hombre para salvarlo. Es por eso que todo cristiano, llamado a colaborar en esta obra de salvación –que es preparar la venida del Reino de Dios– deberá ante todo unirse a Cristo, profundizar su unión personal e íntima con Él, para cumplir su vocación de ser “luz del mundo”, verdadero “portador de Cristo” (cristo-foro) entres los hombres y las mujeres del siglo presente.

La condición previa para transformar el mundo es el amor. Porque es el amor quien nos mueve a querer el bien del otro. Sin amor a la familia, al barrio, a la ciudad, a la patria, al mundo, ningún hombre será capaz de trabajar para el bien de todas estas realidades. Solo el amante es capaz de interesarse y de trabajar para el bien de la persona amada. Es por eso que amar al mundo es el prerrequisito para disponerse a transformarlo según el plan de Dios. Esto no significa “enamorarse” del mundo –en el sentido de “mundanidad”– y seguirle la corriente, sino más bien amarlo como Dios mismo lo ha amado: con una mirada de misericordia, queriendo lo mejor para él, su bien, su plena realización y su plena felicidad.

Para amar es necesario conocer. Porque no se ama lo que no se conoce. La necesidad de conocer al mundo para amarlo y transformarlo no se limita a un diagnóstico meramente sociológico que solo nos llevaría a «un conocimiento aséptico, frío, cerebral». Es esta una tentación a la cual en muchas ocasiones han cedido ciertos sectores de la Iglesia, sin embargo «nunca podemos reducir las persona a un tanto por ciento». Conocer el mundo significa ahondar nuestra mirada, ir más allá de la superficie de las informaciones que nos llegan por todos lados. Conocer el mundo es reconocer el bien que hay en él y, a la vez, conocer sus enfermedades y los desafíos que nos presenta el mundo actual. Es por eso que Fazio nos ayuda con una síntesis de aquellas enfermedades que agobian al mundo contemporáneo sintetizando tres actitudes que es necesario combatir: el individualismo, el hedonismo y el relativismo (todas relacionadas entre ellas) y una gran emergencia social que pide justicia.

Ahora bien, ¿cómo puede un cristiano trabajar en la transformación de un mundo, creado para el bien pero acechado y agobiado por el pecado y por estas enfermedades? El autor nos propone cinco actitudes necesarias para actuar la transformación del mundo desde dentro: vida espiritual, formación doctrinal, unidad de vida, prestigio social y estilo evangélico.

La vida espiritual. Es ante todo imprescindible cultivar la propia vida espiritual porque «nadie da lo que no tiene». El motor para transformar al mundo es nuestro amor a Cristo. No se puede imaginar un cristiano que quisiera llevar a Cristo en la sociedad sin tener una relación de amistad, un trato íntimo con Jesucristo. San Josemaría Escrivá insistió mucho sobre la importancia de mantener la presencia de Dios en cada momento de la jornada: en la familia, en el trabajo, en la calle, en los momentos de estudio y de diversión. Una oración continua que alimenta la vida interior del cristiano es el “arma” necesaria para la transformación. «Apóstol primero tú» (Camino, 930).

La formación doctrinal. A la vez de la vida interior es preciso alimentar la vida intelectual, esto es, profundizar la doctrina cristiana para amarla y enseñarla. El mismo Josemaría invitaba a tener «piedad de niños y doctrina de teólogos» (Es Cristo que pasa, 10). El amor a la doctrina cristiana nace del amor a Jesucristo. La fe nos mueve a profundizar nuestro conocimiento de sus contenidos doctrinales para nuestra propia formación y para contribuir al debate cultural público que los cristianos no deben rehuir. La situación cultural contemporánea requiere con urgencia una buena formación doctrinal de los laicos. Conocer y enseñar las verdades de la fe no es exclusiva de los curas o de las facultades de teología sino un patrimonio cultural universal. Por otro lado, muchos contenidos de la fe son alcanzables por la razón humana: el derecho a la vida, el respeto de los enfermos, el matrimonio fundado sobre la unión indisoluble entre hombre y mujer, la diferencia sexual, etc. San John Henry Newman pedía a sus feligreses un “laicado inteligente y bien instruido” capaz de dejarse iluminar por la luz de la verdad (Lectures on the Present Position of Catholics in England). El aporte del cristiano en el contexto ideológico actual es imprescindible, es por eso que todo cristiano debe ser capaz de responder con argumentos de la razón a las ideologías dominantes que el mundo actual nos proporciona. Fazio nombra a las tres mayores ideologías que hoy se imponen con autoridad, colonizando el pensamiento y acechando la verdad sobre el hombre y el plan de Dios: la ideología del género, el transhumanismo y una clase de ecologismo que ve en el hombre el peor enemigo de la humanidad (el “biocentrismo ecológico”: un antropocentrismo desviado que se opone a la ecología integral propuesta por el Papa Francisco en Laudato Si’).

Unidad de vida. La vida espiritual y la formación doctrinal tendrán como consecuencia la que San Josemaría llamaba “unidad de vida”: la coherencia entre lo que se cree y lo que se vive. Tener unidad de vida es ser testigo del Evangelio con el proprio estilo de vida, es lo contrario del “fariseísmo” o de la “hipocresía”, actitudes denunciadas por Jesús en los Evangelios. El filósofo danés Soeren Kierkegaard denunciaba el cristianismo light que los mismos pastores iban predicando («una repugnante forma de amar a Dios, que lo considera como un estúpido»). Hoy también es necesario reconocer que «la separación entre la fe y las obras es uno de los dramas de nuestro tiempo». ¿Cuántos hombres en nuestra sociedad se dicen cristianos y viven como si Dios no existiera? ¿Cuántos hombres se dicen cristianos pero con sus obras escandalizan y son de obstáculo a la transformación del mundo?

Influir en la sociedad. La unidad de vida lleva a ser testigos creíbles en la sociedad. Un cristiano que viva su fe de manera auténtica y manifiesta influye en los ámbitos en los cuales trabaja y vive. Llevar a Cristo a “la cumbre de las actividades humanas” no es falta de humildad sino poner al servicio de los demás lo que se ha recibido. No importa el trabajo que tengamos o nuestra posición social: hemos de trabajar con empeño, honestidad, espíritu cristiano, para destacar en nuestras actividades al fin de servir mejor a los hombres que nos rodean a través de nuestro testimonio y dejando brillar la luz de Jesucristo en el mundo.

Estilo evangélico. «Todos los cristianos somos “cristóforos”, portadores de Cristo. El estilo con el que actuamos en el mundo ha de ser, por tanto, un estilo evangélico. Con otras palabras, quienes convivan o entren de alguna manera en contacto con nosotros deben poder descubrir en nuestras vidas una semejanza con Cristo». El Evangelio nos da las claves para ofrecer un remedio a las enfermedades del mundo: contra el individualismo y ante la emergencia social, el don de sí mismo y el espíritu de servicio; contra el hedonismo, la austeridad, el desprendimiento y la pureza; contra el relativismo, la certeza de poder acceder a la verdad y la valentía de manifestarla abiertamente. Aun manteniendo una actitud de diálogo, los católicos deben anunciar la verdad y defender sus convicciones con valentía. Hay verdades morales objetivas, de orden natural, que el cristiano no puede ocultar o relativizar por ser “políticamente correcto”.

El libro de Mariano Fazio nos ayuda a entender el rol del cristiano en el mundo y a conocer el potencial transformador del amor. La misión del cristiano no es más que actuar esta revolución que nace de la mirada de amor de Dios para con el mundo. Su forma de vivir la fe en el día a día, dice y anuncia más que muchas palabras que nadie está dispuesto a escuchar. Una invitación a ser luz y sal del mundo para que brille la luz de Jesucristo en los tiempos oscuros de la ideología del pensamiento único.

Sin duda hay algo del humanismo cristiano de Erasmo de Róterdam en la propuesta de Fazio (que es la propuesta de San Josemaría Escrivá): ofrecer unas pautas para ser militiis christiani endosando las armas de la ciencia y de la oración, porque la vida cristiana es una batalla y necesita de soldados bien preparados: no para la guerra o la división, sino para la paz, la unidad y la verdad en un mundo llagado por divisiones, confictos e ideologias.

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