Martes, 11 de mayo de 2021

Religión en Libertad

El papel de los sacerdotes y de los fieles según Cristo

Personas asisten a misa en una iglesia.
Los cristianos formamos un cuerpo en Cristo y actuamos comunitariamente como parte de él. Foto: Natalie Hoefer / Archidiócesis de Indianápolis (Estados Unidos).

por Pedro Trevijano

Opinión

Hace unos años, en un retiro espiritual, el sacerdote que los daba nos hizo esta pregunta: si yo hubiese vivido en aquella época en Jerusalén, ¿cuál habría sido mi papel en los acontecimientos de Semana Santa?

Es indudable que mi respuesta a este interrogante sólo puede ser: “No tengo ni idea”. Pero sí puedo preguntarme qué papel me hubiera gustado desempeñar, como me sucedió cuando mis alumnos me preguntaron ante el caso sucedido en una escuela de Inglaterra. Un loco que empezó a ametrallar a los niños de una escuela y la maestra se puso en medio para recibir ella las balas y salvar así a unos niños. Me preguntaron: ¿qué hubieses hecho? Contesté: “Sé que me hubiera gustado portarme como esa maestra, pero no sé si hubiese hecho eso o batido el récord mundial de los cien metros lisos”.

Volviendo a nuestro tema, en este sentido no puedo por menos de recordar a Santa Teresita del Niño Jesús, que se alegraba de ser mujer, porque el papel desempeñado por las mujeres era mucho mejor que el de los hombres.

Si yo hubiese podido escoger mi papel esos días, creo que seguramente hubiese escogido el de San Juan Evangelista, el discípulo amado y el único que en esos momentos de desconcierto y desbandada permaneció fiel y estuvo al pie de la Cruz.

Pero en realidad la pregunta que tengo que hacerme es otra: ¿qué papel me tiene reservado Cristo como sacerdote que soy? A esta pregunta responde en el Concilio Vaticano II la constitución dogmática Lumen Gentium: los presbíteros “han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (cf. Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para predicar el Evangelio y apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino. Participando, en el grado propio de su ministerio, del oficio del único Mediador, Cristo (cf. 1 Tm 2,5), anuncian a todos la divina palabra. Pero su oficio sagrado lo ejercen, sobre todo, en el culto o asamblea eucarística, donde, obrando en nombre de Cristo y proclamando su misterio, unen las oraciones de los fieles al sacrificio de su Cabeza y representan y aplican en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor (cf. 1 Co 11,26), el único sacrificio del Nuevo Testamento, a saber: el de Cristo, que se ofrece a sí mismo al Padre, una vez por todas, como hostia inmaculada (cf. Hb 9,11-28). Para con los fieles arrepentidos o enfermos desempeñan principalmente el ministerio de la reconciliación y del alivio, y presentan a Dios Padre las necesidades y súplicas de los fieles (cf. Hb 5,1-13)” (nº 28).

Pero los fieles cristianos además nos encontramos con otra realidad: somos miembros del Cuerpo de Cristo. En el cristianismo se pone el acento en el hecho que formamos parte del Cuerpo de Cristo, idea desarrollada sobre todo por San Pablo (1 Cor 12,12-27), pero que existe también en San Juan bajo la figura de la vid y de los sarmientos (Jn 15,1-8), y en San Pedro, en donde la figura es de un edificio de piedras vivas (1 Pe 2,4-5).

La vida cristiana se desarrolla en consecuencia en el interior de un organismo social que es el Cuerpo de Cristo y cuyo fin es la salvación del mundo entero. Es en Cristo donde somos llamados, justificados y glorificados (Rom 8,28-30). Por ello, más que buscar lo propio del cristiano en actos concretos, habrá que encontrarlo en las realidades y motivaciones cristianas de nuestra actuación. Estas realidades son entre otras la persona de Cristo, el Espíritu Santo obrando en nosotros, la comunidad eclesial, los sacramentos, etc., que deben estar presentes en nuestro comportamiento, orientándonos hacia los valores divinos, pues de otro modo no existiríamos ni como cristianos ni como hombres de fe.

En pocas palabras: lo que Cristo pretende de nosotros es que nos unamos e identifiquemos con Él, cumpliendo sus mandatos y no separándonos de Él, como decimos los sacerdotes en la oración antes de la Comunión.

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