Miércoles, 27 de octubre de 2021

Religión en Libertad

Mujer, feminismo de la igualdad y feminismo de género

Irene Montero.
La ministra de Igualdad, Irene Montero, equiparó la situación de las mujeres en Afganistán y en España.

por Josep Miró i Ardèvol

Opinión

España vive inmersa en una gran confusión política que ha degenerado en graves consecuencias. Se trata de la confusión en torno a la perspectiva de género.

Para muchos, que solo nadan en la superficie de las cosas y siguen los rebufos de la moda sin más, incluidas la mayoría de grandes empresas, la perspectiva de género no es nada más que el instrumento de análisis que identifica las desigualdades entre hombres y mujeres y las políticas para resolverlo a las que dan pie. Esto sería el feminismo de la igualdad. Bajo ese empuje se han resuelto injusticias; otras se mantienen intocadas: las de la mujer embarazada, las viudas, las madres de hijos dependientes, la prostitución.

Es interesante y necesario profundizar por qué estas tipologías están olvidadas por el feminismo que manda, el gubernamental. Al mismo tiempo se presta una extraordinaria atención a cuestiones relacionadas con las élites, la paridad en los consejos de administración, en las listas electorales, en los cargos directivos. Se considera que no hay paridad en una profesión cuando hay más hombres que mujeres, pero no cuando sucede a la inversa. Bajo su égida se ignoran cuestiones flagrantes como la mucha mayor afectación de los suicidios y la pandemia en los hombres, por citar solo dos ejemplos.

En un paso más allá del feminismo de género, este declara la equivalencia entre España y Afganistán, como manifestó sin vergüenza la ministra Montero. Aquí impera un patriarcado que sojuzga a las mujeres y que las persigue y “las mata por el hecho de ser mujeres” (sic). No importan los datos objetivos que describen la realidad. Su ideología dice lo opuesto y es ley. Esta es la causa de que el feminicidio de pareja se haya situado en el centro de los focos, obviando que en España es un delito comparativamente infrecuente, y haciendo desaparecer los asesinatos de mujeres por otras causas, lo que todavía causa más indefensión a las prostitutas. Y este otro tipo de agresiones, que solo alcanzan notoriedad si son de carácter sexual.

Tanta persistencia demuestra también que las políticas que hace tantos años que se aplican con costes muy elevados son inútiles, a pesar de que el universo de casos a tratar es reducido.  Asimismo, es una anomalía que una tropelía tan grande tenga siempre una presencia residual en los observatorios del CIS sobre los problemas de los españoles. No aparece como dotado de una mínima relevancia, ni tan solo para las mujeres, ¡qué digo!, ni tan solo para el acumulado de denuncias anuales de los últimos años. ¿Cómo es posible? ¿Por qué ninguna de las muchas instancias dedicadas a esta cuestión han profundizado en ello?

Pero con ser grave esta dimensión de la perspectiva de género no es la peor, porque la que impera en España tiene aún otra dimensión:  se trata de la perspectiva de género en el sentido butleriano del término. Es decir, el de su carácter performativo, consistente en fabricar una determinada ilusión de identidad, mediante un conjunto sostenido de actos y rituales que, a través de la repetición, se fuerza a que sean naturales y se consoliden, pero que en ningún caso son inherentes al sujeto, sino que más bien el sujeto es su efecto.

Esto es la perspectiva de género, y esta es la ideología que rige en este estado que, por esta condición, ha dejado de ser liberal y respetar el estado de derecho, porque esto no es posible cuando el propio estado es portador de una ideología que quiere imponer.

Estamos, con la perspectiva de género butleriana, la que rige en España, ante una confesión de la voluntad explícita de manipular la naturaleza humana mediante el lenguaje y la práctica.

Se trata de practicar una subversión sistemática de lo que llaman roles de género, ser hombre y ser mujer, que para ellos solo son construcciones sociales, que pueden modificarse a su antojo mediante la acción performativa. En esto están. No importa que choque con toda la evidencia biológica, y en este sentido las feministas butlerianas son antimaterialistas, y en el mismo sentido son antievolucionistas, porque los mecanismos de selección de la especie no existen para ellas.

Lo más importante para la especie, la transmisión de los genes, es en el marco butleriano una cuestión secundaria. ¿Se quiere mayor absurdo? Lo peor es que esta concepción se imparte en las universidades con toda formalidad y titulación. El creacionismo es visto como un mito, y el cuento del género butleriano es reconocido por la universidad, a pesar de que no es otra cosa que una ideología política para transformar la pulsión sexual, una cuestión individual donde las haya, en un proyecto político, como la propia Butler ha declarado desde su condición de lesbiana.

Pero esta teoría llevada a la práctica es de naturaleza insostenible y requiere del conflicto, la polarización y la represión policial y penal para mantenerse. Se basa en la construcción de la identidades de género LGBTI… como poderes políticos de identidades colectivas, a pesar de que en realidad se trata de un colectivo de sujetos heterogéneos, como el resto de los seres humanos.

La creciente polarización interna de nuestras sociedades debe analizarse en esta clave. Son ideologías que solo crecen y toman sentido en contra del otro, que exigen de la destrucción del estado de derecho para aplicarlo de manera asimétrica y que por tanto son incompatibles con la democracia. ¿Cómo se construyen puentes con quienes necesitan ser, por propia naturaleza, antagonistas, contrarios? El gran error es creer o actuar como si no importara que en la sociedad imperaran este tipo de ideologías.

Para recuperar la razón y el estado de derecho es necesario expulsar toda la perspectiva de género de las leyes y llamar claramente a las cosas por su nombre: igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Solo así evitaremos una confusión tan destructora.

Publicado en Forum Libertas.

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