Entre las ruinas arqueológicas donde se celebró el Concilio de Nicea del año 325
El Papa y delegados de 20 iglesias rezan el Credo juntos en Nicea, 17 siglos después y sin Filioque
Mensaje inicial del Patriarca Teófilo, discurso más detallado del Papa León, coros en griego y latín, Patriarcas siríacos, coptos, protestantes...

Procesión sencilla de ortodoxos, siríacos y otros cristianos con el Papa León XIV en Iznik, el lugar arqueológico de Nicea
El Papa León XIV, nacido en un continente que los cristianos desconocían hace 17 siglos, ha celebrado los 1.700 años de Nicea en el lugar de aquel primer Concilio de la Iglesia universal, con delegados de 20 iglesias cristianas ortodoxas, siríacas, coptas y comunidades anglicanas y protestantes.
Se ha rezado en inglés, en griego, en árabe, en español, y en otros idiomas, en el lugar arqueológico donde se celebró el concilio. El Credo, pronunciado en inglés, se leyó sin la fórmula "y del Hijo" (el Filioque, que los ortodoxos y orientales no utilizan). El librito con las oraciones del acto y sus participantes (en inglés y griego) está aquí.
Un coro en griego acompañó la procesión inicial, y después el Laudate Omnes Gentes en latín que usa la comunidad ecuménica de Taizé. El Patriarca Bartolomé, de la Iglesia Ortodoxa, hizo la alocución inicial que empezó con las palabras del Salmo: "Qué bueno y deleitoso es que los hermanos habiten juntos". "El poder de este lugar reside en lo que perdura para siempre", dijo, refiriéndose al Credo de Nicea.
Lo que pasó hace 1700 años
El Concilio de Nicea (en la actual Iznik, Turquía) reunió a 318 obispos entre mayo y junio del año 325, convocados por el emperador Constantino I, acabadas las persecuciones. Muchos de aquellos obispos habían sido torturados: les faltaban partes del cuerpo, mutiladas por los verdugos. Se definió que el Hijo era de la misma sustancia o naturaleza que el Padre: el Padre es de naturaleza divina, y el Hijo también es de naturaleza divina, es decir, el Hijo es Dios.
"Que con un mismo corazón podamos confesar al Padre, Hijo y Espíritu Santo, Trinidad Santa", exhortó 17 siglos después, en el mismo sitio, el Patriarca Bartolomé, flanqueado por un icono de Cristo Maestro y otro del Santo Concilio.
Los Patriarcas greco-ortodoxos y los siríacos
Bartolomé, anfitrión del evento, como Patriarca de Constantinopla, es un "primero entre pares" para los obispos greco-ortodoxos de todo el mundo, pero en Turquía apenas tiene entre 2.000 y 3.000 fieles, a los que suma el pastoreo directo de algunas decenas de miles más en la isla de Creta, el monte Athos en Grecia, algunas islas del Dodecaneso y algunas pequeñas diócesis de diáspora en América, Australia y Europa Occidental.
En la oración inicial habló Teodoro II, el Patriarca greco-ortodoxo de Alejandría y África, aliado de Constantinopla y enfrentado, como Constantinopla, con Moscú, que envía a sus propios misioneros a África. Después rezó Juan X, Patriarca greco-ortodoxo de Antioquía, que es sirio y rezó en árabe. Después Ignacio Efrén II, Patriarca siríaco de Antioquía. Le siguió Sahak II, Patriarca armenio de Constantinopla. Y luego Baselios Marthoma Mathews III, Patriarca siro-malankar (de la India, con unos 2 millones de fieles siríacos). Salvo error de nuestra parte, no hubo ningún representante de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

León XIV, flanqueado de iconos y líderes cristianos ortodoxos y de otras denominaciones, rezan en Iznik, la antigua Nicea
Después proclamó el Evangelio en inglés Jerry Pillay, sudafricano, pastor presbiteriano y secretario general del Consejo Mundial de Iglesias. "Padre, no ruego solo por ellos, sino por los que creerán en mí por su palabra. Que sean uno, para que el mundo crea, yo les he dado la gloria para que sean perfectamente uno y conozcan que yo les he enviado y yo les amé como tú me amaste", se leyó, proclamando las palabras de Jesús recogidas en el Evangelio de Juan.
Las ideas de León XIV: presentar a Jesús
Tras el texto bíblico, habló León XIV en inglés. "¿Quién es Jesucristo en la vida de los hombres y mujeres de hoy?", planteó el Papa. "Al negar la divinidad de Cristo, Arrio lo reducía a un simple intermediario entre Dios y los hombres", recordó. "Si Dios no se hizo hombre, ¿cómo podrían los humanos participar en su vida inmortal?", planteó.
En Turquía, un país con 88 millones de musulmanes que insisten en que Jesús es sólo un hombre, los líderes cristianos proclamaban, 17 siglos después, que Jesús es Hijo de Dios, y es de naturaleza divina.
Al final, todos juntos rezaron el mismo Credo sin el Filioque (es decir, sin el añadido medieval latino "y del Hijo", que dice que el Espíritu Santo procede también del Hijo. Los ortodoxos y orientales no lo usan, aunque teológicamente suelen aceptar la idea si se entiende como que el Espíritu lo envía el Padre a través del Hijo, o mediante el Hijo).
Las peticiones, en varios idiomas, se acompañaron de la antigua invocación griega: "Kyrie, eleison". Una de las peticiones la leyó la teóloga francesa baptista Valérie Duval-Pujol, especialista en historia de las religiones... y la única mujer que habló en este acto (fuera del coro).
Después, cada uno rezó el Padrenuestro en su idioma. Y todos juntos pronunciaron una bendición final en inglés. El coro en griego acompañó la procesión de retirada de los delegados, encabezada de nuevo por el Papa León y el Patriarca Bartolomé, y ya al final, el cántico latino "Ubi caritas et amor, Deus ibi est".
Donde Constantino presidió como Emperador de un imperio reunificado, con obispos de todo el mundo unidos en una única Iglesia y un primer gran Concilio, hoy quedan las piedras de los cimientos de antiguos edificios eclesiales, algunos bajo las aguas, y la curiosidad de los turcos vecinos de la ciudad de Iznik, que desde los cercanos edificios miraban a esos 40 o 50 eclesiásticos, representantes de una religión que hoy es allí casi invisible, pero crece en países, continentes, lenguas y cantidades que hace 17 siglos eran inimaginables.

El Papa León, el Patriarca Teófilo de Constantinopla y otros líderes cristianos rezan en Iznik, la Nicea histórica, 12 siglos tras el Concilio
Texto completo del discurso de León XIV en Nicea (Iznik) (traducción del inglés de Vatican.va):
- Queridos hermanos y hermanas:
En una época dramática en muchos aspectos, en la que las personas se ven sometidas a innumerables amenazas a su propia dignidad, el 1700 aniversario del Primer Concilio de Nicea es una valiosa ocasión para preguntarnos quién es Jesucristo en la vida de las mujeres y los hombres de hoy, quién es para cada uno de nosotros.
Esta pregunta interpela de manera particular a los cristianos, que corren el riesgo de reducir a Jesucristo a una especie de líder carismático o superhombre, una tergiversación que al final conduce a la tristeza y la confusión (cf. Homilía S. Misa “Pro Ecclesia”, 9 mayo 2025). Al negar la divinidad de Cristo, Arrio lo redujo a un simple intermediario entre Dios y los seres humanos, ignorando la realidad de la Encarnación, de modo que lo divino y lo humano quedaron irremediablemente separados. Pero si Dios no se hizo hombre, ¿cómo pueden los mortales participar de su vida inmortal? Esto estaba en juego en Nicea y está en juego hoy: la fe en el Dios que, en Jesucristo, se hizo como nosotros para hacernos llegar «a participar de la naturaleza divina» (2 P 1,4; cf. S. Ireneo, Adversus haereses, 3, 19; S. Atanasio, De Incarnatione, 54, 3).
Esta confesión de fe cristológica es de fundamental importancia en el camino que los cristianos están recorriendo hacia la plena comunión: de hecho, es compartida por todas las Iglesias y comunidades cristianas del mundo, incluidas aquellas que, por diversas razones, no utilizan el Credo Niceno-Constantinopolitano en sus liturgias. En efecto, la fe «en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos [...] de la misma naturaleza del Padre» (Credo Niceno) es un vínculo profundo que ya une a todos los cristianos. En este sentido, citando a san Agustín, también en el ámbito ecuménico podemos decir que “aunque somos muchos cristianos, en el único Cristo somos uno” (cf. Comentario al Salmo 127).
Partiendo de la conciencia de que ya estamos unidos por este profundo vínculo, a través de un camino de adhesión cada vez más total a la Palabra de Dios revelada en Jesucristo y bajo la guía del Espíritu Santo, en el amor recíproco y en el diálogo, todos estamos invitados a superar el escándalo de las divisiones que, lamentablemente, aún existen y a alimentar el deseo de unidad por el que el Señor Jesús rezó y dio su vida.
Cuanto más reconciliados estemos, tanto más podremos los cristianos dar un testimonio creíble del Evangelio de Jesucristo, que es anuncio de esperanza para todos, mensaje de paz y de fraternidad universal que trasciende las fronteras de nuestras comunidades y naciones (cf. Francisco, Discurso a los participantes en la Sesión Plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, 6 mayo 2022).
La reconciliación es hoy un llamamiento que surge de toda la humanidad afligida por los conflictos y la violencia. El deseo de plena comunión entre todos los creyentes en Jesucristo va siempre acompañado de la búsqueda de la fraternidad entre todos los seres humanos. En el Credo Niceno profesamos nuestra fe «en un solo Dios Padre»; sin embargo, no sería posible invocar a Dios como Padre si nos negáramos a reconocer como hermanos y hermanas a los demás hombres y mujeres, también ellos creados a imagen de Dios (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, 5).
Existe una hermandad universal, independientemente de la etnia, la nacionalidad, la religión o la opinión. Las religiones, por su naturaleza, son depositarias de esta verdad y deberían animar a las personas, a los grupos humanos y a los pueblos a reconocerla y practicarla (cf. Discurso Encuentro Internacional por la Paz, 28 octubre 2025). El uso de la religión para justificar la guerra y la violencia, como cualquier forma de fundamentalismo y fanatismo, debe ser rechazado con firmeza, mientras que los caminos a seguir son los del encuentro fraternal, el diálogo y la colaboración.
Estoy profundamente agradecido a Su Santidad Bartolomé, quien, con gran sabiduría y clarividencia, ha decidido conmemorar juntos el 1700 aniversario del Concilio de Nicea precisamente en el lugar donde se llevó a cabo. Asimismo, agradezco sinceramente a los Jefes de las Iglesias y a los representantes de las comuniones cristianas mundiales que han aceptado la invitación a participar en este evento. Que Dios Padre, omnipotente y misericordioso, escuche la ferviente oración que le dirigimos hoy y conceda que este importante aniversario dé abundantes frutos de reconciliación, unidad y paz.
Vaticano
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