León XIV, en su primer Miércoles de Ceniza: «Qué raro es encontrar adultos que se arrepientan»
Celebró su primera misa de inicio de Cuaresma desde que fuera elegido Papa.
León XIV celebró como Papa su primera misa de miércoles de ceniza en la Basílica de Santa Sabina en Roma para el inicio de la Cuaresma.
"Reconocer nuestros pecados para convertirnos es ya una premonición y un testimonio de resurrección: significa no permanecer entre las cenizas, sino levantarnos y reconstruir. Entonces, el Triduo Pascual, que celebraremos en la culminación del camino cuaresmal, revelará toda su belleza y significado", apuntó el Papa en su homilía.
Homilía del Papa:
Queridos hermanos y hermanas:
Al inicio de cada tiempo litúrgico, redescubrimos con una alegría siempre nueva la gracia de ser Iglesia, comunidad convocada para escuchar la Palabra de Dios. El profeta Joel nos alcanza con su voz, que saca a cada uno de su aislamiento y hace de la conversión una urgencia personal y pública al mismo tiempo: «Convoquen a la asamblea, congreguen a los ancianos, reúnan a los pequeños y a los niños de pecho» (Jl 2,16). Menciona a las personas cuya ausencia no sería difícil de justificar: las más frágiles y menos aptas para las grandes muchedumbres. Luego, el profeta nombra al esposo y a la esposa; parece sacarlos de su intimidad para que se sientan parte de una comunidad más grande. Después, toca el turno a los sacerdotes, que ya se encuentran —casi por obligación— «entre el vestíbulo y el altar» (v. 17); se les invita a llorar y a encontrar las palabras adecuadas para todos: «¡Perdona, Señor, a tu pueblo!» (v. 17).

Procesión previa a la misa del Miércoles de Ceniza.
La Cuaresma, también hoy, es un tiempo fuerte de comunidad: «Reúnan al pueblo, convoquen a la asamblea» (Jl 2,16). Sabemos cuán difícil resulta hoy en día reunir a las personas y sentirse pueblo, no de manera nacionalista y agresiva, sino en la comunión en la que cada uno encuentra su lugar. Es más, aquí toma forma un pueblo que reconoce sus propios pecados, es decir, que el mal no proviene de supuestos enemigos, sino que ha entrado en los corazones, está en el interior de la propia vida y debe asumirse con valiente responsabilidad. Tenemos que admitir que se trata de una actitud contracorriente, pero que, cuando es tan natural declararse impotente delante de un mundo que arde, constituye una alternativa auténtica, honesta y atractiva. Sí, la Iglesia existe también como profecía de comunidades que reconocen sus propios pecados.
Ciertamente, el pecado siempre es personal, pero toma forma en los entornos reales y virtuales que frecuentamos, en las actitudes con las que nos condicionamos mutuamente, no pocas veces dentro de verdaderas “estructuras de pecado” de orden económico, cultural, político e incluso religioso. Oponer el Dios vivo a la idolatría —nos enseña la Escritura— significa osar la libertad y reencontrarla a través de un éxodo, de un camino. Ya no paralizados, rígidos, seguros en nuestras posiciones, sino reunidos para ponerse en movimiento y cambiar. Qué raro es encontrar adultos que se arrepienten, personas, empresas e instituciones que admiten haber cometido un error.
Hoy, entre nosotros, es precisamente esta posibilidad la que está en juego. Y no es casualidad que muchos jóvenes, incluso en contextos secularizados, sientan más que en el pasado, el llamamiento de este día, Miércoles de ceniza. Son los jóvenes, de hecho, los que perciben claramente que es posible una forma de vida más justa y que existen responsabilidades por aquello que no funciona en la Iglesia y en el mundo. Por lo tanto, hay que empezar por donde se pueda y con quien esté dispuesto a hacerlo. «Este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación» (2 Co 6,2). Percibamos, entonces, el alcance misionero de la Cuaresma, no para distraernos del trabajo que corresponde hacer sobre nosotros mismos, sino para abrirlo a tantas personas inquietas y de buena voluntad, que buscan caminos para una auténtica renovación de la vida, en el horizonte del Reino de Dios y de su justicia.
«¿Por qué se ha de decir entre los pueblos: “¿Dónde está su Dios?”» (Jl 2,17). La pregunta del profeta es como un aguijón. Nos recuerda también aquellos pensamientos que nos conciernen y que surgen entre quienes observan al Pueblo de Dios desde afuera. La Cuaresma nos exhorta, de hecho, a esos cambios de rumbo —conversiones— que hacen nuestro anuncio más creíble.
Hace sesenta años, pocas semanas después de la conclusión del Concilio Vaticano II, san Pablo VI quiso celebrar públicamente el Rito de las Cenizas, haciendo visible para todos, durante una Audiencia general en la Basílica de San Pedro, el gesto que hoy estamos a punto de realizar. Habló de él como de una «ceremonia penitencial tan severa e impresionante» (Audiencia general, 23 febrero 1966), que impacta al sentido común y, al mismo tiempo, intercepta las preguntas de la cultura. Decía: «Nosotros, los modernos, podemos preguntarnos si esta pedagogía sigue siendo comprensible. Respondemos afirmativamente. Porque es una pedagogía realista. Es una severa llamada a la verdad. Nos devuelve a la visión correcta de nuestra existencia y nuestro destino» (Idem).

Celebra esta misa por primera vez como Papa.
Esta “pedagogía penitencial” —decía san Pablo VI— «sorprende al hombre moderno bajo dos aspectos»: el primero es «el de su inmensa capacidad de ilusión, de autosugestión, de engaño sistemático a sí mismo sobre la realidad de la vida y sus valores». El segundo aspecto es “el pesimismo fundamental” que el Papa Montini encontraba en todas partes: «La mayor parte de la documentación humana que nos ofrecen hoy la filosofía, la literatura y el espectáculo —decía— concluye proclamando la ineludible vanidad de todas las cosas, la inmensa tristeza de la vida, la metafísica de lo absurdo y de la nada. Esta documentación es una apología de las cenizas».
Hoy podemos reconocer la profecía que contenían estas palabras y sentir, en las cenizas que se nos imponen, el peso de un mundo que arde en llamas, de ciudades desintegradas completamente por la guerra; las cenizas del derecho internacional y de la justicia entre los pueblos, las cenizas de ecosistemas enteros y de la concordia entre las personas, las cenizas del pensamiento crítico y de la sabiduría local ancestral, las cenizas de ese sentido de lo sagrado que habita en toda criatura. “¿Dónde está su Dios?”, se preguntan los pueblos. Sí, queridos hermanos, la historia nos lo pregunta, y antes aún nuestra conciencia: llamar a la muerte por su nombre, llevar sus marcas en nosotros y, sin embargo, dar testimonio de la resurrección. Reconocer nuestros pecados para convertirnos es ya un presagio y un testimonio de resurrección. Significa, en efecto, no quedarnos entre las cenizas, sino levantarnos y reconstruir. Entonces, el Triduo Pascual, que celebraremos como culminación del camino cuaresmal, desplegará toda su belleza y su significado. Lo hará habiéndonos involucrado, a través de la penitencia, en el paso de la muerte a la vida, de la impotencia a las posibilidades de Dios.
Por eso, los mártires antiguos y contemporáneos brillan como pioneros en nuestro camino hacia la Pascua. La antigua tradición romana de las stationes cuaresmales —de las cuales la de hoy es la primera— es educativa: remite tanto al movimiento como peregrinos, cuanto a la parada — statio— ante las “memorias” de los mártires, sobre las que se levantan las basílicas de Roma. ¿No es acaso una invitación a seguir las huellas de los admirables testimonios que ahora se encuentran diseminados por todo el mundo? Reconocer los lugares, las historias y los nombres de quienes eligieron el camino de las Bienaventuranzas y llevaron sus consecuencias hasta el final. Una miríada de semillas que, incluso cuando parecían perdidas, enterradas, prepararon la abundante cosecha que nos toca recoger. La Cuaresma, como nos sugiere el Evangelio, liberándonos del deseo de ser vistos a toda costa (cf. Mt 6,2.5.16), nos enseña a ver más bien lo que nace, lo que crece; y nos impulsa a servirlo. Es la profunda sintonía que se establece con el Dios de la vida, nuestro Padre y el de todos, en el secreto de quien ayuna, ora y ama. A Él reorientamos, con sobriedad y con gozo, todo nuestro ser, todo nuestro corazón.