Religión en Libertad

El universo no es fruto del azar, sino una obra diseñada por Dios con orden, belleza y armonía divina.

La Santísima Trinidad es Luz, Amor y Gracia

San Agustín. ( De Trinitate XV, 28 )

🔹San Agustín. ( De Trinitate XV, 28 )🔹

🔹San Agustín. ( De Trinitate XV, 28 )🔹- NMN

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...creemos en Ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo. [...] te busqué cuanto pude y deseé ver con mi entendimiento lo que creía, y mucho disputé y trabajé. Señor Dios mío, mi única esperanza, escúchame para que no sucumba al desaliento y deje de buscarte 🔹San Agustín. ( De Trinitate XV, 28 )🔹

San Agustín cierra el tratado “De Trinitate” con una oración, de la que extraigo esta frase. Al hablar de la Santísima Trinidad no encontramos un frío silogismo académico, sino el suspiro de un gigante del intelecto que cae de rodillas al descubrir que, por más que avance, el Misterio de la Trinidad lo desborda infinitamente. Pero esto le desespera, todo lo contrario. Le llena de fuerza y paz interior.

En la espiritualidad cristiana la razón y la fe no son enemigas. Ambas son las alas con las que el alma se eleva hacia la contemplación. San Agustín muestra en esta oración la tensión viva de quien mira el Misterio con ansia: «te busqué cuanto pude y deseé ver con mi entendimiento lo que creía».

Para quien deja que la Gracia de Dios le guíe, como le sucede a San Agustín, la Santísima Trinidad no es un dato intrascendente para archivar, sino un imán que atrae toda su capacidad humana. La mística agustiniana es una mística de la búsqueda humilde e incansable. Dios se deja encontrar para ser buscado con más ardor, y se esconde para que el alma amplíe su capacidad de amar.

Nos dice en la oración «Mucho disputé y trabajé», lo que muestra que el esfuerzo no deja de tener respuesta de Dios. La unión con Dios y la penetración en sus Misterios conllevan un combate espiritual e intelectual. El místico cristiano ofrece el sudor de su mente como evidencia de su humildad: «Escúchame para que no sucumba al desaliento y deje de buscarte». Hay un momento en el que el esfuerzo humano topa con un muro de piedra. La mente agustiniana, capaz de estructurar la filosofía de su tiempo, se descubre como un niño que intenta meter el océano en un hoyo de arena (como cuenta la famosa tradición de su encuentro en la playa). Ese abismo puede provocar vértigo y tentación de abandono. El desaliento es el reconocimiento de que Dios es siempre más que todos nuestros conceptos.

La Santísima Trinidad no es un enigma matemático que resolver, sino una relación de amor en la que habitar. Por eso San Agustín clama: «Señor Dios mío, mi única esperanza». El Padre es el Creador que abraza, el Hijo es el Camino que evita el extravío, y el Espíritu Santo es el Amor que enciende el motor del alma para que no deje de caminar.

San Agustín nos enseña que el Misterio de la Santísima Trinidad se revela verdaderamente cuando el entendimiento capitula ante el amor. La paradoja mística se resuelve cuando somos conscientes de que el alma no "entiende" a la Trinidad como quien comprende una fórmula física; la "entiende" cuando la Gracia la introduce en el flujo de su vida divina.

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