Vuelve el monje
El informe Varden (o de por qué el Paraíso no es una oficina de aduanas)
El rigor nórdico y la ausencia de la Madre

León XIV enciende una vela por los enfermos ante la Virgen de Lourdes tras su catequesis del miércoles en el Aula Pablo VI
He leído minuciosamente las obras de Monseñor Erik Varden, "Castidad" y "Heridas que sanan". Es un autor excelente, de una solidez indiscutible, digna de un comité central de la espiritualidad. Sus textos están perfectamente encuadernados y carecen de faltas de ortografía. Sin embargo, tras una inspección detallada del inventario, he detectado dos carencias graves.
La primera es de carácter filialmente administrativo: en sus páginas jamás aparece la Santísima Virgen. Es decir, mi mamá. Un Cielo sin una madre es, desde el punto de vista de la lógica residencial, un piso piloto: está limpio, las bombillas funcionan, pero nadie ha dejado los zapatos en el pasillo ni hay olor a sopa. Es un espacio inhabitable para cualquiera que posea un corazón y no un manual de urbanidad.
La segunda deficiencia es metodológica. Monseñor Varden, aquejado de ese voluntarismo tan propio de los guerreros del espíritu (tanto de los antiguos como de los modernos), propone un esfuerzo ascético que apunta hacia un Cielo estrictamente intelectual. Una abstracción. Para sostener este edificio, el autor comete el error de excluir el sufrimiento humano de la naturaleza de Dios, alegando -con una pirueta conceptual digna de un ministerio- que el dolor le es ajeno pero que Dios lo asume «como si fuera propio».
Esto es un error de contabilidad eterna. Al Dios Trino el sufrimiento humano le es propio por derecho de propiedad. En la Trinidad no rige la burocracia del tiempo: no hay un lapso cronológico, no hay espacio para que el fotón viaje de la ventanilla del dolor a la ventanilla de la redención. Al unísono, el mal de la tierra, la Pasión y la Resurrección ocurren en el mismo instante absoluto. Dios no es un espectador compasivo que mira el cronómetro; está metido en el barro. De hecho, la puntada fallida en el revés del tapiz -según acertada comparación del padre Pío- es simultánea a la acción de la Misericordia: el tapiz, pues, llega al Juicio Final completo y perfecto; y "todo estará bien, todo en cualquier manera (de ser), estará bien", como vio Juliana de Norwich.
El diseño teológico de Monseñor Varden me recuerda inevitablemente al del venerable Padre Lahiguera. Para el Padre Lahiguera, el Cielo consiste fundamentalmente en un rincón limpio y bien ventilado, diseñado exclusivamente para pasar la eternidad alabando a Dios. Una especie de asamblea permanente con orden del día fijo.
Bueno. Sobre gustos, el libre mercado teológico ofrece diversas opciones. Pero si se me permite elegir el destino de mi pasaporte definitivo, yo devuelvo ese billete.
Prefiero, por ejemplo:
1. El modelo Soubirous: El Cielo de Bernardita saltando a la comba en el patio trasero.
2. El modelo Altisent: El Cielo del monje con sus cipreses, la música de Mozart de fondo y la infancia recuperada sin necesidad de rellenar formularios.
3. El modelo Lisieux: Un Cielo activo, caótico, familiar y perfumado por detalles domésticos.
Si he de ser sincero, mi solicitud de residencia para la eternidad exige las siguientes coordenadas: mi barrio de Les Corts y el cuarto de juegos de mi infancia, con mis hermanos. Naturalmente, los señores Hergé, Wodehouse, Ibáñez, Uderzo, Goscinny y John Wayne están incluidos. Un Cielo sin westerns, para mí, sería algo muy triste. Y no imagino a Dios disponiendo para este niño que soy yo una eternidad de tristeza. Sí, sí, alabar y adorar, pero cada cosa tiene su tiempo. Dios hizo también al ornitorrinco y a los peces abisales. El monje Altisent me dijo que "Dios no entiende solo de religión; además, creo que de nuestra religión entiende muy poco".
Presentaré una queja formal y me enfadaré de manera irrevocable si al llegar allí no encuentro a mis amigos, a mis padres y todo aquello que el sentido común me obligó a clasificar como divino en este mundo.
Y cuando digo todo, incluyo los quirófanos. Si la eternidad es un lugar tan higiénico que prohíbe la entrada a los recuerdos del dolor compartido con Jesús, entonces el Paraíso ha sido expropiado por los tecnócratas de la sonrisa postiza.
Entre el voluntarismo de los sectores tradicionales (que exigen el cumplimiento de la norma bajo pena de congelación espiritual), la seriedad jansenista (que confunde la fe con una indigestión), la burocracia teológica y los inspectores oficiales del espíritu, nos han desfigurado al buen Dios. Lo han transformado en un ujier con cara de pocos amigos.
Olvidan que las altas esferas se rigen por dos leyes fundamentales: la ternura infinita y el humor eterno. Como ya le advertí hace años al ciudadano Gonzalo Altozano durante una conversación que no constaba en acta: «Dios es humor».
Cualquier eternidad que se precie de tal nombre debe incluir la risa. De lo contrario, no es el Cielo; es simplemente una oficina de correos muy grande donde nunca llega el cartero.
Coda: Que los conversos nórdicos que vienen del protestantismo olviden a María es normal: es una cicatriz difícil de borrar la que dejó Lutero. Pero, si se fijan, Chesterton o Lewis sufren el mismo mal. Y el cardenal Newman escapa por los pelos. Convendría que alguien lo estudiase. Por mi parte, hace cuatro años que apenas leo autores del género masculino, son burdos y engreídos. Monseñor Varden ha sido una muy notable excepción.