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Jueves Santo in Coena Domini

Corazón Eucarístico de Jesús

25 marzo 2012

El Jueves Santo por la tarde, como oficio vespertino, terminada la Cuaresma a la hora de Nona (sobre las tres de la tarde), una celebración litúrgica especial congrega al pueblo cristiano para abrir el tiempo santísimo del Triduo pascual. 

 

 

 

La Iglesia se reúne en una única Eucaristía en cada iglesia, para conmemorar la institución de la Eucaristía por el Señor en el marco de la Ultima Cena, la Cena pascual, la institución del sacerdocio (en virtud del “haced esto” dicho a los apóstoles) y el mandato del amor fraterno. 

 

 Esta Misa vespertina del Jueves Santo “en la Cena del Señor” es el oficio de Vísperas que nos permite entrar en el inicio del Triduo pascual, el gran prólogo a todo el Misterio pascual que viviremos el Viernes y Sábado Santos y el Domingo de Pascua. Ésta es la perspectiva justa para vivir espiritualmente la Misa in Coena Domini: una solemne introducción a los días grandes y santos. Y si es introducción, significa que el centro, el núcleo, es lo que viene después, la Acción litúrgica del Viernes Santo y la Eucaristía del Triduo pascual, aquella que es celebrada en la noche pascual.

 

De esta Misa del Jueves Santo poseemos testimonios de la Tradición, por ejemplo de san Agustín, o más cercano a nosotros, san Isidoro de Sevilla, quien escribe:

 

“La Cena del Señor se celebra el jueves último de Cuaresma, cuando Nuestro Señor y Salvador, después de observar íntegramente la pascua simbólica, pasó a la Pascua verdadera y entregó el misterio de su Cuerpo y de su Sangre por primera vez a los Apóstoles, al tiempo que, tras los celestiales sacramentos, el discípulo falaz y traidor, recibía dinero de los judíos y vendía la Sangre de Cristo. Aquel día el Salvador, levantándose de la cena, lavó los pies a los discípulos (Jn 13, 4-5), para dar lecciones de humildad, virtud que había venido a enseñar, como Él mismo había manifestado. Cosa era muy conveniente que, con hechos, diese ejemplo de lo que iba a exigir a los discípulos.

 

De aquí viene que en ese día se laven altares, paredes y pavimentos de los templos y se purifiquen los cálices consagrados al Señor. También en ese día se consagra el santo crisma, recordando que, dos días antes de la Pascua, María ungió con perfumes la cabeza y los pies del Señor. Y, asimismo, que el Señor dijo a sus discípulos: sabéis que dentro de dos días se celebrará la Pascua y el Hijo del hombre será entregado para que lo crucifiquen (Mt 26,1-2)” (De eccl. Off., I, 29).

 

Durante siglos la Misa vespertina del Jueves Santo se desplazó a la mañana del Jueves Santo (¿era esa hora ritual conveniente para conmemorar la Cena del Señor?, ¿es esa hora matinal la conveniente para un oficio vespertino?), revestida de grandísima solemnidad, convirtiéndose casi en la única celebración litúrgica en la que participaban los fieles, desplazando la asistencia del Oficio del Viernes y sobre todo anulando la Vigilia pascual (que perdió igualmente el carácter nocturno para desplazarse a la mañana del sábado).

 

Gracias a la reforma del Ordo de la Semana Santa de Pío XII, las distintas celebraciones quedaron enmarcadas en su horario natural, aun cuando el peso de muchos siglos se hace sentir aún, y el empeño en participar y la misma solemnidad que se le da a la Misa in Coena Domini, no se le da ni mucho menos a la gran Vigilia pascual, ésta sí, la máxima celebración anual. Por tanto, el peso litúrgico y espiritual que ahora recae exclusivamente sobre la celebración vespertina del Jueves Santo en tantas parroquias y monasterios, debe –y esto es tarea de la educación litúrgica y espiritual- volver a su lugar primigenio, la noche de la Pascua: la solemnidad y belleza de los cantos, el exorno floral, las mejores alfombras, los mejores cálices y patenas, las vestiduras litúrgicas más bellas, el ambiente espiritual... Por ejemplo, aún hoy, el mejor cáliz se reserva para el día de Navidad y el Jueves Santo, pero no para la Vigilia pascual; el Jueves Santo se ha extendido la costumbre laudable de distribuir la Comunión con las dos especies, pero en la Noche santísima de la Pascua, se distribuye sólo con la especie de pan, sin Comunión con la Sangre del Señor.

 

Se trata de un retorno al equilibrio del Triduo pascual que va en línea ascendente desde la Misa in Coena Domini a su punto álgido la noche de Pascua y el domingo de Resurrección. Para ello habrá ayudado la predicación constante sobre el Triduo pascual y la Vigilia en homilías, catequesis y retiros, que enfocarán correctamente la Cuaresma hacia los sacramentos pascuales. Si no fuere así, todo se vive fragmentado: la Cuaresma como un todo en sí mismo sin ninguna finalidad más que ella misma; el Domingo de Ramos y el Jueves santo enraizado en las prácticas de piedad, y el declive de participación, vivencia y cuidado en la Liturgia del Viernes Santo y en la Vigilia pascual.

 

En cuanto a la liturgia del Jueves Santo, realmente entrañable, incluso conmovedor, las normas actuales prescriben:

 

"El sagrario ha de estar completamente vacío al iniciarse la celebración. Se han de consagrar en esta misa las hostias necesarias para la comunión de los fieles y para que el clero y el pueblo puedan comulgar el día siguiente.

Para la reserva del Santísimo Sacramento prepárese una capilla, convenientemente adornada, que invite a la oración y a la meditación; se recomienda no perder de vista la sobriedad y la austeridad que corresponden a la liturgia de estos días, evitando o erradicando cualquier forma de abuso.

Cuando el sagrario está habitualmente colocado en una capilla separada de la nave central, conviene que se disponga allí el lugar de la reserva y de la adoración.

 

Mientras se canta el himno “Gloria a Dios”, de acuerdo con las costumbres locales, se hacen sonar las campanas, que ya no se vuelven a tocar hasta el “Gloria a Dios” de la Vigilia pascual...

 El lavatorio de los pies que, según la tradición, se hace en este día a algunos hombres previamente designados, significa el servicio y el amor de Cristo, que “no ha venido para que le sirvan, sino para servir”. Conviene que esta tradición se mantenga y se explique según su propio significado.

 

Los donativos para los pobres, especialmente aquellos que se han podido reunir durante la Cuaresma como fruto de la penitencia, pueden ser presentados durante la procesión de ofrendas, mientras el pueblo canta “Ubi caritas est vera”.

 

Será muy conveniente que los diáconos, acólitos o ministros extraordinarios lleven la Eucaristía a la casa de los enfermos que lo deseen, tomándola del altar en el momento de la comunión, indicando de este modo su unión más intensa con la Iglesia que celebra.

 

Terminada la oración después de la comunión, comienza la procesión, presidida por la cruz en medio de cirios e incienso, en la que se lleva el Santísimo Sacramento por la iglesia hacia el lugar de la reserva. Mientras tanto, se canta el himno Pange lingua u otro canto eucarístico.

 

El traslado y la reserva del Santísimo Sacramento no han de hacerse si en esa iglesia no va a tener lugar la celebración de la Pasión del Señor el Viernes Santo.

 

El Sacramento ha de ser reservado en un sagrario o en una urna. No ha de hacerse nunca una exposición con la custodia o el ostensorio. El sagrario o la urna no han de tener la forma de un sepulcro. Evítese la misma expresión “sepulcro”: la capilla de la reserva no se prepara para representar “la sepultura del Señor”, sino para conservar el pan eucarístico destinado a la comunión del Viernes de la Pasión del Señor.

 

Invítese a los fieles a una adoración prolongada durante la noche del santísimo Sacramento en la reserva solemne, después de la misa “en la Cena del Señor”. En esta ocasión es oportuno leer una parte del Evangelio según san Juan (capítulos 13-17).

Pasada la medianoche, la adoración debe hacerse sin solemnidad, dado que ha comenzado ya el día de la Pasión del Señor. Terminada la misa se despoja el altar en el cual se ha celebrado... No se encenderán velas o lámparas ante las imágenes de los santos".

(Carta sobre las fiestas pascuales, nn. 48-57).

En la reserva eucarística solemne del Jueves Santo, se guardan los copones con las formas consagradas necesarias para que el pueblo cristiano pueda comulgar el Viernes Santo así como los enfermos y moribundos. Pero ninguna Hostia grande consagrada puesto que bajo ningún concepto hay exposición del Santísimo; se trata precisamente de "reservar", de "conservar" el Cuerpo sacramental del Señor para la comunión, como cualquier sagrario durante el resto del año, pero de manera más solemne.

 

 

Sobre la reserva eucarística, orando ante Cristo para adentrarnos ya en el Misterio de su Pascua, el Directorio sobre piedad popular y liturgia, dice:

 

"La piedad popular es especialmente sensible a la adoración al santísimo Sacramento, que sigue a la celebración de la misa en la cena del Señor. A causa de un proceso histórico, que todavía no está del todo claro en algunas de sus fases, el lugar de la reserva se ha considerado como “santo sepulcro”; los fieles acudían para venerar a Jesús que después del descendimiento de la Cruz fue sepultado en la tumba, donde permaneció unas cuarenta horas.

Es preciso iluminar a los fieles sobre el sentido de la reserva: realizada con austera solemnidad y ordenada esencialmente a la conservación del Cuerpo del Señor, para la comunión de los fieles en la celebración litúrgica del Viernes Santo y para el viático de los enfermos, es una invitación a la adoración, silenciosa y prolongada, del Sacramento admirable, instituido en este día. Por lo tanto, para el lugar de la reserva hay que evitar el término “sepulcro” (“monumento”), y en su disposición no se le debe dar la forma de una sepultura; el sagrario no puede tener la forma de un sepulcro o urna funeraria: el Sacramento hay que conservarlo en un sagrario cerrado, sin hacer la exposición con la custodia. Después de la medianoche del Jueves Santo, la adoración se realiza sin solemnidad, pues ya ha comenzado el día de la pasión del Señor” (n. 141).

Se quiso explicar alegóricamente la Reserva eucarística del Jueves Santo a modo de la sepultura de Jesús: en ella estuvo aproximadamente 40 horas. Se buscaba dramatizar así el entierro de Cristo y no era extraño que acabase llamándose a la Reserva el "monumento", el monumento funerario mientras se velaba el Cuerpo sepultado del Señor. Es el juego de la alegoría que pierde el contenido místico-sacramental en favor de lo más sensible y visual.

 

La Eucaristía del Jueves Santo nos sostenga en el ayuno y oración del Triduo pascual. Prestemos atención no sólo a las preciosas lecturas de esa Misa, sino también a las oraciones que el sacerdote pronunciará (colecta, sobre ofrendas, postcomunión, así como Prefacio y plegaria eucarística) que poseen una honda teología sacramental.

 

La Misa in Coena Domini inspire en nosotros deseos santos y la espera de la Vigilia pascual.

 

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Comentarios

luisa loaiza
27/03/2012
jueves santo.
el jueves santo es un día antes de resurrección
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Javier Sánchez Martínez
Javier Sánchez Martínez, sacerdote de la diócesis de Córdoba, ordenado el 26 de junio de 1999. Ha ejercido el ministerio sacerdotal en varias parroquias, en el Centro de Orientación Familiar de Lucena (Córdoba) y como capellán de Monasterios. Ha predicado retiros, tandas anuales de Ejercicios espirituales a seglares, religiosas y Seminarios e impartido diversos cursos de formación litúrgica; asimismo publica artículos en distintas revistas como "Pastoral Litúrgica" y boletines de formación de ANE Y ANFE.

Licenciado en Teología, especialidad liturgia, por la Universidad Eclesiástica San Dámaso (Madrid), es vicario parroquial de Santa Teresa de Córdoba, profesor del I.S.CC.RR. "Victoria Díez", profesor para la formación permanente de religiosas y vida consagrada, y miembro del Equipo diocesano de Liturgia.

Javier Sánchez Martínez, es autor, editor y responsable del Blog Corazón Eucarístico de Jesús, alojado en el espacio web de www.religionenlibertad.com
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