Domingo, 21 de julio de 2019

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La dignidad personal y la conciencia

Para llegar a comprender la conciencia, hay que ver bien qué es el hombre, cuál su dignidad, su constitución y sus elementos o co-principios; entonces, con una sana y correcta antropología, hallaremos sin dificultad la conciencia, su función de guía, su importancia para que la persona se oriente en el camino del bien y de la belleza.
 
 
Tal vez antes incluso de hablar de la conciencia y de los 'valores', lo primero que hay que ver es siempre la naturaleza humana, tan puesta en discusión por esas antropologías culturales de la post-modernidad que reducen al hombre de una u otra manera. Con palabras de Ratzinger: "Para afrontar adecuadamente el problema de las amenazas contra la vida humana y para hallar el modo más eficaz de defenderla de tales amenazas, antes de nada debemos verificar los componentes esenciales, positivos y negativos, del debate antropológico actual.
 
El dato esencial del que hay que partir es y sigue siendo la visión bíblica del hombre, formulada de manera ejemplar en los relatos de la creación" (El elogio de la conciencia, Madrid, Palabra, 2010, p. 39).
 
Con los relatos de la creación, se define al hombre como creado a imagen y semejanza de Dios y por tanto, capaz de Dios, 'capax Dei', guiado y acompañado por la Providencia de Dios y protegido por Él. Además, en el hombre se da una peculiar cualidad: una solidaridad misteriosa con todos los demás hombres, formando un solo hombre, una humanidad solidaria en el destino, en la gracia... y en el pecado. "Esta unicidad del género humano, que implica la igualdad, los mismos derechos fundamentales para todos, es solemnemente repetida y re-inculcada después del diluvio" (ibíd.).
 
Sobre el hombre creado, la antropología cristiana, la cual recibe toda su luz de Cristo que revela el hombre al hombre, afirma:
 
"De todas las criaturas visibles sólo el hombre es "capaz de conocer y amar a su Creador" (GS 12,3); es la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (GS 24,3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad" (CAT 356).
 
Este ser criatura a imagen y semejanza del Creador, le confiere una gran dignidad a la persona:
 
"Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar" (CAT 357).
 
 Sin embargo, esta estructura exquisita y bien ordenada, fue disuelta por la razón ilustrada y la modernidad, con su reducción antropológica: el hombre no es capaz de alcanzar ni el bien ni la verdad porque éstos no existen, sino que es el hombre mismo el criterio autónomo de la verdad y del bien. La libertad ya no es la libertad dada por el Creador para vivir la Verdad, sino el único criterio de todo, una libertad vacía de contenido.
 
"La misma verdad del bien se vuelve inalcanzable. La idea del bien en sí es situada fuera de la posibilidad del hombre. El único punto de referencia se reduce a lo que cada cual puede concebir por sí mismo como bien. Como consecuencia, la libertad deja de verse positivamente como un tensión hacia el bien, tal como lo descubre la razón ayudada por la comunidad y por la tradición, sino que la libertad se define más bien como una emancipación de todos los condicionamientos que impiden a cada uno seguir su propia razón...
 
De este modo, para una dialéctica intrínseca a la modernidad, de la afirmación de los derechos de la libertad, desligados, eso sí, de toda referencia objetiva a una verdad común, se pasa a la destrucción de los fundamentos mismos de tal libertad. El 'déspota ilustrado' de los teóricos del contrato social se ha transformado en el Estado tirano, totalitario en la práctica, que dispone de la vida de los más débiles, desde el niño no nacido al anciano, en nombre de una utilidad pública que en realidad ya no es más que el interés de algunos" (Ratzinger, id., pp. 40-41).
 
Con esta panorama de la postmodernidad, que llega a nosotros, que a todos afecta porque es el ambiente cultural y social en que vivimos ahogados, la vida social, ante la carencia de la Verdad, de una referencia objetiva común, se reduce dramáticamente al consenso social, impuesto desde fuera, generando una mentalidad pervertida donde lo malo se ve como bueno y lo bueno como antiguo, desfasado, peligroso para el progreso. Todo es un compromiso de intereses. Se impone el consenso aunque se pisotee la verdad y los derechos de otros, de los más indefensos, de las minorías, etc.: el caso más dramático, el del aborto (¿no tienen derecho porque no tienen voz aún, no tienen una papeleta de voto en la mano?).
 
¿Qué es el hombre entonces? ¿Dónde queda la dignidad personal, su libertad orientad a la Verdad, su conciencia? Padecemos una reducción antropológica que destruye al hombre y su vocación. Se le quita la Verdad y se exalta su libertad sin cortapisas. Se le dice al hombre que la Verdad es un concepto desfasado, no hay ninguna Verdad sino que cada cual piense lo que quiera porque todo vale.
 
Este proceso ha influido en la conciencia y en la visión que se formula sobre la conciencia. Es importante detectarlo:
 
"A una visión individualista de la libertad, entendida como derecho absoluto de autodeterminación sobre la base de las propias convicciones, se le asocia con frecuencia una idea meramente formal de conciencia. Dicha idea ya no hunde sus raíces en la concepción clásica de la conciencia moral (Cf. Gaudium et spes, 16). En esta concepción, propia de toda la tradición cristiana, la conciencia es la capacidad de abrirse a la llamada de la verdad objetiva, universal e igual para todos, y que todos pueden y deben buscar.
 
Por el contrario, en la concepción innovadora, de clara ascendencia kantiana, a la conciencia se la desvincula de su relación constitutiva con un contenido de verdad moral y se la reduce a una mera condición formal de la moralidad. Tan solo se relacionaría con la bondad de la intención subjetiva. De este modo, la conciencia no viene a ser más que la subjetividad elevada a criterio último del obrar. La idea fundamental cristiana de que no hay ninguna instancia que pueda oponerse a la conciencia deja de tener el significado original e irrenunciable de que la verdad no puede imponerse más que en virtud de sí misma, es decir, en la itnerioridad personal, sinoq ue más bien se convierte en una deificación de la subjetividad, de la que la conciencia es el oráculo infalible, que nada ni nadie puede poner en entredicho" (Id., pp. 45-46).
 
¿Comprendemos adónde nos lleva esto? ¿Vemos las raíces y las consecuencias de lo que se nos inculca por tantos medios distintos?
 
Es momento de clarificar y, por tanto, redescubrir la conciencia y su valor como instrumento al servicio de nuestra dignidad personal.
 
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