Lunes, 23 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

Contamos la tenaz persecución rumana de los años 50 contra los católicos orientales

La Iglesia proclama el martirio de 7 obispos grecocatólicos rumanos asesinados por los comunistas

Con corona los obispos grecocatólicos Hossu, Frentiu, Nicolescu y Rusu... la persecución comunista fue tenaz y cruel
Con corona los obispos grecocatólicos Hossu, Frentiu, Nicolescu y Rusu... la persecución comunista fue tenaz y cruel

P.J. Ginés/ReL

Con un decreto recién firmado por el Papa Francisco, la Iglesia proclamará mártires y beatos a los 7 obispos católicos de rito oriental que fueron detenidos, torturados y asesinados por las autoridades comunistas de Rumanía durante los años 50.  El Papa Francisco visita Rumanía del 31 de mayo al 2 de junio de 2019 y probablemente aprovechará el viaje para beatificar a los mártires.

Se trata de:

- Valeriu Traian Frenţiu
- Vasile Aftenie
- Ioan Suciu
- Tit Liviu Chinezu
- Ioan Bălan
- Alexandru Rusu
- Iuliu Hossu (obispo de Cluj-Gherla, en 1964 sale de la cárcel, queda bajo arresto domiciliario, muere en 1970; Pablo VI lo había creado cardenal "in pectore", es decir, en secreto)

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Cadáveres que siguen sin aparecer

Han pasado 60 años y los cadáveres de tres de ellos siguen sin aparecer. El historiador e investigador Gheorghe Petrov explica en el interesante y terrible libro La tortura del silencio (de Guido Barella, en español en Rialp) que “se sabe sólo que sus cuerpos fueron enterrados en lo que se llamaba el Cementerio de los pobres de Sighet, pero el sitio sigue siendo desconocido”. Sighet fue una de las peores prisiones del régimen comunista rumano,  solo superada en perversidad por Pitesti.

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Con sotana larga de botones, Hossu, en 1919;
llegaría a ser cardenal "in pectore" sin que nadie lo supiera,
en los años 60

Una Iglesia católica oriental viva y pujante

Los católicos de rito griego en Rumanía eran aproximadamente un millón y medio en 1945. Era una iglesia viva y pujante, unida a Roma desde 1698. Se organizaba en 5 diócesis y contaba con unos 1.600 curas, la mayoría casados y con hijos, conforme a la costumbre oriental, distribuidos en unas 1.700 parroquias. Valeriu Traian Frentiu, uno de los obispos mártires, por ejemplo, era hijo de sacerdote, como sucedía a menudo.

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La ficha personal de Hossu como preso comunista

Pero “en octubre de 1948, las autoridades de la Rumanía comunista, junto con la jerarquía ortodoxa, terminaron con la existencia jurídica de la Iglesia greco-católica. Fue una decisión tomada siguiendo órdenes de Moscú, en función de un proyecto minucioso que tenía como objetivo separar del Vaticano a todos los países que, tras la guerra, quedaban bajo la influencia de la URSS”, explica el historiador Gheorghe Petrov.

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De izquierda a derecha: los obispos grecocatólicos Hossu, Frentiu y Rusu,
antes de la persecución comunista

Primera fase: presionaron a 1.600 clérigos, ceden 38

La estrategia comunista consistía en integrar a los católicos de rito oriental en la Iglesia ortodoxa local, mucho más controlable, desconectándolos de la Iglesia universal. Se empezó con una campaña animando al clero católico a integrarse en la ortodoxia: de 1.600 clérigos, solo 38 cedieron. El obispo Hossu proclamó la excomunión de estos 38 "ipso facto" (es decir, "por el hecho mismo" de su desobediencia).

A continuación, la Iglesia Ortodoxa rumana -totalmente controlada por el poder comunista- declaró disuelta a la Iglesia greco-católica y lo celebró con una gran misa “de reunificación”. Los comunistas confiscaron los edificios y bienes grecocatólicos: parte para el Estado comunista, parte para la dócil y amedrentada Iglesia Ortodoxa local.

De confiscar a encarcelar y matar

Tras las confiscaciones, llegó la persecución física ese mismo año de 1948: cientos de clérigos grecocatólicos fueron detenidos. Les presionaron para que se hicieran ortodoxos, pero casi ninguno cedió

Primero los encerraron en monasterios ortodoxos bajo vigilancia, como “huéspedes”. Ya en 1950 pasaron a los obispos a la horrenda prisión de Sighet.

Mientras tanto, puesto que el pueblo grecocatólico no podía acceder a sus obispos detenidos, la Nunciatura vaticana en Bucarest procedió a ordenar rápidamente a 6 nuevos obispos más jóvenes: Alexandru Todea, Titu Liviu Chinezu, Ioan Chertes, Juliu Hirtea, Ioan Ploscaru y Ioan Dragomir. Pero las autoridades comunistas los localizaron pronto y los encarcelaron. Siendo más jóvenes y fuertes, sobrevivieron a su encarcelamiento y, años después, fuera de prisión, pese a estar vigilados, formaron una eficaz red clandestina de sacerdotes grecocatólicos.

El obispo Suciu que no se escondía

En ese año de presiones de 1948, el obispo grecocatólico de Alba Julia, Ioan Suciu, predicaba así, en público, en su catedral de Braj: “Nos someteremos a las leyes pero no haremos nada contra nuestra fe. Y si nos preguntan: ¿de qué parte estáis, de parte del pueblo o de parte del Papa?, responderemos: de parte de Dios, para que ayude a este pueblo”.

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Con sombreo y barbita, Ioan Suciu en una boda

Los historiadores hoy tienen numerosos informes de la inteligencia del régimen comunista, la temida Securitate, detallando cada homilía o discurso del obispo Suciu. En Pascua de 1948, por ejemplo, predicaba: “Una larga vida y la misma libertad no tienen significado cuando el número de cadáveres crece cada día y las cárceles y los campos de concentración están llenos de presos políticos”.

También tenemos acceso a las transcripciones de los interrogatorios a los que fue sometido por la Securitate. “¿Agitador? Sí, yo agito las conciencias para ponerlas en orden con Dios. No he predicado ni predicaré contra las autoridades, pero defenderé siempre a la Iglesia y la doctrina católica”, declaró en una de esas sesiones. 

Lo detuvieron el 28 de octubre de 1948, reteniéndole primero en un monasterio ortodoxo y luego en la cárcel de Sighet. Murió a causa de las repetidas torturas físicas, en la celda número 44, el 26 de junio de 1953, después de 5 años de calvario.

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La ficha del obispo Ioan Suciu

Se dice que murió en brazos del obispo Juliu Hussu y que los carceleros arrastraban su cadáver por las escaleras para que todos oyeran el truculento golpear. Tenía 46 años.

Obispos en la fosa común

Este obispo Juliu Hussu también fue arrestado en 1948, enviado a un monasterio ortodoxo (en realidad, una prisión controlada) y luego a la cárcel de Sighet. Al cabo de unos años lo dejaron marchar, pero como organizó una misa solemne en la plaza de la Universidad de Cluj lo volvieron a encarcelar en 1956. Pablo VI lo nombró cardenal “in pectore” (en secreto) en 1969, algo que se supo sólo en 1973, cuando ya estaba muerto.

A la misma fosa común fue arrojado el obispo Titu Liviu Chinezu, que de hecho había sido consagrado obispo en la mismísima cárcel de Sighet, a escondidas, por otro obispo allí detenido, el pastor de Lugoj, Ioan Balan

Se sabe que Chinezu, cada vez que recibía presiones de las autoridades comunistas para que se pasase a la Iglesia Ortodoxa (donde estaría siempre vigilado, dócil y controlado por la Securitate) respondía con humor: “No entiendo cómo el gobierno de Bucarest, que hace profesión de ateísmo, es tan misionero de la Iglesia Ortodoxa”

En enero de 1955 lo pusieron en una gélida celda sin ventanas, cuando la temperatura exterior era de 20 grados bajo cero. Murió el 15 de enero, probablemente de congelación. 

Ioan Balan, trabajados forzados con 70 años

Ioan Balan, obispo de Iugoj, tenía cierta experiencia como preso: durante la Primera Guerra Mundial le habían detenido las autoridades rumanas acusado de ser espía austrohúngaro, aunque el rey rumano pidió después que se le liberara convencido de su inocencia. Ahora, 40 años después, le encerraban los comunistas. En 1950 se le condenó a trabajos forzados extenuantes en Sighet: tenía 70 años.

Cinco años después, cuando se cerró Sighet (ese año la Rumanía comunista entraba en la ONU y le interesaba fingir un lavado de cara), se le mantuvo bajo vigilancia, enfermo y agotado, en monasterios ortodoxos, hasta que murió en 1959.

El obispo Frentiu, ordenando obispos a escondidas

Valeriu Traian Frentiu estudió en Viena y era obispo grecocatólico de Oradea. Primero estuvo preso en monasterios y se las arregló para consagrar obispo, a escondidas, a Ioan Chertes en la noche de Navidad de 1949 (Chertes pasaría 14 años en distintas prisiones y campos de trabajo, y luego más años bajo vigilancia).

En 1950  Frentiu llegó a Sighet, donde moriría en 1952, con 77 años. Como otros en Sighet, fue enterrado una noche, sin ataúd, en un pozo común en el Cementerio de los Pobres. La tumba fue nivelada para que el lugar del entierro no se conociera ni honrara, pero una investigación en 2008 encontró sus huesos.  

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Ficha del obispo Valeriu Traian Frentiu 

Sighet: diseñada para matar de hambre

Conocemos muchos datos de la vida en Sighet por el obispo Ioan Ploscaru, que pasó 15 años en cárceles del régimen (4 en aislamiento) pero sobrevivió a todo y murió anciano, en 1998, con 87 años, y explicando los hechos con detalle en sus memorias “Cadenas y terror”.

“El mayor suplicio de la cárcel de Sighet era el hambre. La dieta alimenticia de esta prisión estaba calculada con mucho cuidado para que el detenido no muriese rápidamente sino gradualmente por el hambre. Los alimentos eran pocos y podridos”, escribió. 

Sighet cerró como cárcel política en 1955 al entrar Rumanía en la ONU: de los 200 reclusos que albergó en apenas 8 años, 54 murieron allí. 

Hoy una Fundación con pocos fondos intenta convertir Sighet en un “lugar de la memoria”, con apoyo del Consejo de Europa, que la clasifica junto al Memorial de Auschwitz y el Memorial de la Paz en Francia como un espacio de conservación de “memoria del siglo XX”. Su web-memorial es www.memorialsighet.ro .


Obispos católicos latinos y orientales en el espacio de reflexión y oración que hoy está ubicado en el Memorial de Sighet

Torturado en el Ministerio de Interior

Otros obispos fueron asesinados en otros espacios. El vicario general de Bucarest, Vasile Aftenie (que desde 1940 era también obispo auxiliar de Alba Julia) fue arrestado en 1948, pasó por un campo de concentración, luego un monasterio y, como se negaba a hacerse ortodoxo, en mayo de 1949 lo torturaron en los sótanos del Ministerio del Interior. “Ni mi fe ni mi nación están en venta”, dijo a sus torturadores. 

Murió en mayo de 1950, pero logró al menos un funeral católico y una tumba en el cementerio católico de Belu, en Bucarest.

La celda negra: desnudo, encadenado en la oscuridad

Alexandru Rusu, el obispo de Maramures, arrestado en 1948, pasó primero por conventos-prisión. En 1950 llegó a Sighet donde pasó mucho tiempo en la terrible “celda negra”, desnudo, encadenado de pie y en oscuridad absoluta. Sobrevivió a 5 años en condiciones terribles.

Puesto en libertad vigilada, en 1956 firmó con los obispos Ioan Balan y Ioan Hussu un documento en defensa de los derechos religiosos de los grecocatólicos. Volvieron a detenerlo y en 1957 el régimen le condenó a 25 años de trabajos forzados, alojado en una celda subterránea en Gherla. Murió allí en 1963. Los documentos dicen que se le enterró en el cementerio de presos políticos de la cárcel… un lugar que luego las autoridades comunistas araron para nadie identificara los restos. 
 
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Alexandru Rusu, obispo de Maramures,
murió tras 15 años de prisiones y maltratos


Todea: 13 años de cárcel, 27 de arresto domiciliario

Otro caso es el de Alexandru Todea, que cuando los comunistas disolvieron la Iglesia grecocatólica en 1948 era un simple sacerdote. Lo consagraron obispo en secreto en 1950. Lo encarcelaron de 1951 a 1964.
 
Pero esos 13 años no lo hundieron: al salir reorganizó la Iglesia grecocatólica a pesar de que oficialmente lo sometieron a 27 años de arresto domiciliario. Cuando cayó el comunismo fue nombrado arzobispo y luego cardenal con Juan Pablo II.

Todea, en 1990, al caer el Muro de Berlín, habló así en un sínodo de obispos en Roma: “Hablo de una iglesia mártir, que ha vivido 16 años en prisión. Durante este periodo, de los doce obispos que tenía, cinco han muerto en prisión, dos en los monasterios ortodoxos como presos y dos después de la liberación con la salud maltrecha. Hablo en nombre de una Iglesia que ha perdido las iglesias pero ha transformado las celdas de las cárceles en otras tantas capillas y ha abierto seminarios en las catacumbas rumanas del vigésimo siglo. Durante el tiempo de la persecución fueron ordenados cerca de doscientos sacerdotes”, explicó. 
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