Religión en Libertad

¿Por qué «la belleza salvará al mundo», como decía Fiódor Dostoievski?

Gaudí nos demuestra que hemos de poner la técnica a merced del amor.

Impresionante espectáculo visual y una cruz luminosa para la noche barcelonesa en la Sagrada Familia.

Impresionante espectáculo visual y una cruz luminosa para la noche barcelonesa en la Sagrada Familia.Manuel Queimadelos /ConelPapa.es

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¿Por qué "la belleza salvará al mundo", tal y como sentenció el coloso de las letras Fiódor Dostoeivski? Debido a considero que es una realidad inmaterial, que se aloja más allá de lo tangible, por lo que buscarla nos empuja a profundizar sobre las realidades invisibles que dan explicación a aquello que podemos ver y tocar; porque las cosas tienen su encarnación material, pero el significado y la causa de éstas son de corte intangible

Antoine de Saint-Exupéry, en su celebérrima novela El Principito, retrató lo que acabo de exponer con unas metáforas formidables. En el desarrollo de este hito de la literatura universal, el escritor y aviador galo describe cómo el protagonista le coge un cariño desmedido a una "efímera rosa", a una flor más de entre los cientos de miles y millones que jalonan la faz de la tierra. De esta guisa, llega a la conclusión de que lo que le hace especial a esa irrisoria florecilla es el valor inmaterial que le otorga; valor inmaterial enraizado, para más inri, en la realidad que da sentido a todo el universo: el amor; también, inmaterial, y bello, aunque con la vocación -y misión- de ser materializado. Esto le espolea a sentenciar que "lo esencial es invisible a los ojos". 

En otras palabras, el hecho de que el amor, como arjé o fundamento de todo, sea inmaterial y, a su vez, hermoso, le reviste de una coherencia irreprochable a este ejercicio de relacionar la cita de Antoine de Saint-Exupéry con la de Fiódor Dostoievski, es decir, que "lo esencial es invisible a los ojos" con que "la belleza salvará al mundo"

La segunda alegoría con la que el autor de El Principito trata de comunicarnos su idea principal se encuentra en un episodio en el que el protagonista se queda abismado –de admiración– ante la belleza de un insondable desierto. Con este ejemplo, el literato intentó persuadirnos de que alguien que se limita a escrutar la naturaleza en superficie, que solamente indaga en las razones geológicas y científicas de su composición, es incapaz de percibir la hermosura que se aloja en el interior del paisaje. Desde mi humilde punto de vista, aquí se encuentra la base y el fundamento del arte, es decir, la capacidad de descodificar el mensaje de un cuadro. No cabe duda de que "lo esencial es invisible a los ojos"; y, si se me permite, tampoco cabe duda de que "la belleza salvará al mundo". 

El aforismo de que "lo esencial es invisible a los ojos" guarda una íntima avenencia con aquello que nos reveló San Pablo a través de las Sagradas Escrituras, esa cita del Evangelio que reza: "Nosotros hemos puesto la esperanza no en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas" (2 Cor, 4, 18). 

Por consiguiente, la inquebrantable relación analógica que existe entre las citas de Fiódor Dostoievski, de Antoine de Saint-Exupéry y de San Pablo hace plausible aquella máxima de G.K. Chesterton, esa que aboga por "llegar a Dios a través de la belleza"; búsqueda de lo divino que, por cierto, las personas de la prehistoria emprendieron a través de las primeras manifestaciones artísticas, elaboradas ellas bajo el anhelo de hallar el sentido trascendente de su existencia. 

En esta realidad histórica (o prehistórica), vuelve a converger aquello de que "lo esencial es invisible a los ojos" con eso de que "la belleza salvará al mundo"; además de con la revelación paulina de que "las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas"; todas ellas unidas en el haz chestertoniano de "buscar a Dios a través de la belleza". Como podemos percibir, las piezas del rompecabezas encajan con un tino sumamente coherente. 

No todo termina aquí. Ahora, vendría la explicación de por qué el catolicismo es el credo que mejor respuesta ofrece a esta conjunción congruente de factores. Una de las razones la encontraríamos en la reciente declaración del actor Antonio Banderas, esa que reza: "La Iglesia ha sido el mayor productor de arte de la historia"

Este hecho es bastante revelador, pero no responde del todo a la pregunta, porque ser "el mayor productor de arte de la historia" no implica -en sentido riguroso- que sea "el mejor"; porque cantidad no es sinónimo de calidad. Para terminar de redondear la cuestión, tenemos el testimonio de conversión intelectual de Oscar Wilde, quien reconoció, en su carta De profundis, que no había visto mayor asiento de belleza literaria que el contenido de las Sagradas Escrituras. En estos términos, lo puso de manifiesto: "Ni en Esquilo ni en Dante, maestros severos de la ternura, ni en Shakespeare, el más puramente humano de todos los grandes artistas, ni en la totalidad del mito y las leyendas celtas (…) no hay nada que (…) pueda ni equipararse ni acercarse siquiera al último acto de la Pasión de Cristo". 

A esto último, añade, para más inri, que las manifestaciones artísticas más sublimes de la historia posteriores a la Pasión de Cristo suelen abrigar connotaciones explícitamente cristianas, véase inspiradas -de forma más o menos rigurosa- en las enseñanzas del Mesías. 

Con estas palabras, lo reconoce, también, en su epístola De profundis: "Dondequiera que haya un movimiento romántico en el Arte, allí del algún modo, y bajo alguna forma, está Cristo, o el alma de Cristo"; y pone como ejemplo "las notas de piedad de las novelas rusas", "los turbados mármoles románticos de Miguel Ángel" o Los miserables de Víctor Hugo; entre muchísimos otros, agrego yo. 

Así pues, la Iglesia Católica, además de ser "el mayor productor de arte de la historia", como nos recuerda el actor Antonio Banderas, es la Institución que lo ha hecho de manera más sublime y colosal, tal y como lo expresó -en su momento- el escritor Oscar Wilde; de tal modo que cantidad creadora y la calidad creativa confluyan en un punto. 

Las conclusiones de ambas personas, además, terminan de redondear lo desarrollado en los renglones anteriores, es decir, lo expresado por Fiódor Dostoievski, San Pablo, Antoine de Saint- Exupéry y G.K. Chesterton; de acuerdo con la búsqueda de respuestas trascendentales emprendida por los hombres prehistóricos, a través de la belleza encarnada -y recreada- en sus obras de arte. 

Con lo dicho, doy por finalizada mi disertación, aunque me gustaría incorporarle un colofón gaudiniano, para redondearla más todavía. 

Como he desarrollado ut supra, Antoine de Saint Exupéry, en su magna novela El Principito, incidió en que hay una realidad superior a las explicaciones matemáticas, físicas, químicas y geológicas de un paisaje, que es la belleza que evoca, algo de corte inmaterial, que hace plausible su aforismo de que "lo esencial es invisible a los ojos". 

Pues bien, esta explicación del escritor y aviador francés -oriundo de Lyon- entroncaría con aquella máxima del español Antonio Gaudí, esa que reza: "Primero el amor, después la técnica"; habida cuenta de que el amor es inmaterial y la técnica, material; y de que el autor de El Principito, también, nos trató de comunicar que el amor que su protagonista profesaba hacia una "efímera rosa" es lo que da sentido a que "lo esencial es invisible a los ojos". Aquí, podemos ver cómo todas las piezas del rompecabezas vuelven a encajar… 

En relación con que la hermosura del paisaje retratado por el autor de El Principito es una realidad inmaterial que prevalece sobre las explicaciones matemáticas, físicas, químicas y geológicas que lo conforman, Antonio Gaudí hizo realidad esta hegemonía de lo inmaterial sobre lo material al poner las matemáticas al servicio de la belleza. 

Además de que, en la Sagrada Familia (de Gaudí), hay una abundante cantidad de símbolos numéricos explícitamente relacionados con la vida de Jesucristo, en la fachada de la Pasión, podemos ver un famoso cuadrado mágico, donde cada fila, columna y diagonal suman 33, en alusión a la edad de Cristo en el momento de su crucifixión. 

Antonio Gaudí, con esto, nos demuestra que hemos de poner lo material el servicio de lo inmaterial, la técnica a merced del amor; pero, también, que el amor y lo inmaterial tienen la vocación de encarnarse, de hacerse materia, para no caer en el platonismo de negar la importancia de lo material; puesto que somos cuerpo y alma; y debido a que estamos llamados a adorar a Cristo con su cuerpo, sangre, alma y divinidad.

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