Religión en Libertad

¿Por qué tantas iglesias modernas son tan feas? Qué pasó y cómo recuperar su belleza

Según el exponente en el resurgimiento del arte sacro en Estados Unidos, la respuesta no admite simplificaciones, pero sí soluciones e ideas realistas. 

Iglesia de San Nicolás en Heremence, en Suiza, y Saint Chapelle, en Francia.CANVA.

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A partir de los años 50, la novedosa tendencia artística del brutalismo impulsada por Le Corbusier aterrizó en España entre la acogida y el asombro. No tardó en penetrar en la arquitectura religiosa, que pasó a normalizar en las nuevas iglesias el minimalismo, el hormigón y un geometrismo en ocasiones radical. Años después, concluido el impacto de la novedad, no es raro escuchar una pregunta entre fieles y curiosos: ¿Por qué tantas iglesias modernas son tan feas? La Iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas, en Madrid, o la Parroquia del Mar, en Alicante, son algunos ejemplos que podrían ilustrar o motivar dicha pregunta. Para David Clayton, especialista y exponente del resurgir de los cánones clásicos de belleza en Estados Unidos, la respuesta no admite simplificaciones, según aseguró recientemente en el Catholic Herald.

El artista, responsable del programa The way of beauty -El camino de la belleza- es un firme defensor de la existencia de esta última en el arte frente a su creciente relativización. En una reciente entrevista, el también educador, escritor y pintor abordó una creciente “falta de gusto” en el ámbito litúrgico que en muchos casos parece haber suprimido la belleza de las iglesias.

1º Pérdida de la formación artística

A su juicio, la raíz de esa falta de gusto responde en primer lugar a la carencia de formación artística en los seminarios. Para él, la fata de comprensión de la forma, de lo que se representa y de cómo se representa es “una de las lagunas más significativas” en los nuevos sacerdotes y fieles, ajenos por lo general a que “el estilo, la proporción, la armonía y el lenguaje arquitectónico expresan una cosmovisión filosófica y teológica”.

“Cuando se pierde esta conexión, la arquitectura y el arte se reducen a cuestiones de gusto personal. Y el gusto, cuando no está bien formado, se vuelve muy susceptible a las tendencias contemporáneas y las modas culturales”, explica. Y el brutalismo es solo una de ellas.

Deteniéndose en el aspecto formativo, lamenta que, aunque los nuevos seminaristas puedan ser capaces de abordar el término y contenido de la estética en el plano filosófico, carecen de una “inculturación” o de una formación anclada en una tradición viva que sí tienen, por ejemplo, los católicos ortodoxos o bizantinos.

La corriente del brutalismo fue la responsables de hacer llegar a España algunas de las iglesias consideradas más extravagantes hasta el momento.CANVA

“Su clero debe comprender qué iconos pertenecen a una iglesia, cómo funcionan los esquemas iconográficos y cómo el arte, la arquitectura y la liturgia se integran como un todo unificado. Se les forma litúrgicamente de una manera muy concreta. En comparación, los seminarios romanos a menudo enseñan qué es la liturgia sin explicar suficientemente cómo la arquitectura, la música y las artes visuales se relacionan con ella. Existe, en resumen, una brecha significativa en la formación”.

2º Tendencias que niegan la espiritualidad de la persona

Entre otras razones, Clayton alude al contenido materialista de movimientos como el funcionalismo o el brutalismo, que olvida o no reconoce la dimensión metafísica y espiritual de la persona humana. Por ello, irónicamente, observa, dichos movimientos “ni siquiera son funcionales en el sentido más amplio, porque no cumplen la verdadera función de una iglesia, que incluye nutrir la vida espiritual de quienes acuden a ella”.

3º Lo funcional importa, pero no es suficiente

En este sentido, alude a una visión de la “utilidad” que ha quedado limitada o reducida a preocupaciones puramente materiales como protegerse de la lluvia, asegurar una buena acústica o a la misma comodidad. Y todo eso importa, comenta, “pero no es suficiente”. “La belleza no es opcional, es esencial, porque eleva los corazones y mentes hacia Dios”.

4º ¿Basta cualquier belleza?

Según Clayton, no basta con cualquier belleza: “Una estación de tren puede ser bella, pero bella como tal [atendiendo a su función]. Una Iglesia debe ser bella como tal. Su forma debe estar orientada al culto, al encuentro con Cristo en la Eucaristía”. Y el brutalismo, lejos de apuntar a una forma orientada al fin, llegaría al punto de “brutalizar al hombre” al reducirlo a una criatura con necesidades puramente materiales.

5º Desapareció la belleza porque lo hizo la realidad

Clayton también apunta a una causa estrictamente filosófica, contraria a la concepción de que la armonía y la proporción tradicionales presuponen que la belleza es objetiva y que está arraigada en la realidad misma, aunque se perciba subjetivamente.

Dicho postulado habría sido “socavado” por la filosofía de la Ilustración y la disociación entre la percepción y la realidad.

Y una vez que esto sucede, explica, “la belleza se convierte en una mera respuesta emocional. Esas ideas terminaron por infiltrarse en las escuelas de arquitectura. A mediados del siglo XX, la armonía y la proporción tradicionales ya no se enseñaban. Curiosamente, muchos arquitectos comprendieron que rechazaban el cristianismo mucho antes de que los propios cristianos lo reconocieran”.

¿Fue culpa del Concilio Vaticano II?

Preguntado por si dicho proceso puede achacarse al Concilio Vaticano II, Clayton llama a la precisión terminológica parece considerarlo una simplificación. Más bien, explica, “el Concilio fue utilizado como pretexto por quienes ya deseaban introducir cambios, a menudo de maneras que contradecían directamente sus enseñanzas”.

Las raíces del quiebre de la belleza

En lugar de apuntar a la proliferación de iglesias brutalistas tras el posconcilio, Clayton redirige el foco a unas raíces más profundas que surgirían a principios del siglo XIX.

Para el artista, el verdadero problema se encontraría en una comprensión distorsionada del culto mismo y en la separación de la liturgia de las formas artísticas que le corresponden.

Convencido de que la arquitectura no es un mero contenedor neutral para el culto, subraya que el edificio de la iglesia llega incluso a formar activamente a quienes adoran y rezan en su interior, siendo su estructura, orientación y belleza una auténtica guía para la participación de los fieles en la liturgia.

Cuando se olvida esta función formativa, explica, “el culto se vuelve cada vez más interiorizado y cerebral, casi puramente intelectual. Mientras las estructuras litúrgicas fueron fijas e inamovibles, ejercieron una especie de fuerza correctiva. Pero una vez que se permitió el cambio sin suficiente fundamento teológico, se abrieron las compuertas. Lo que presenciamos después del Concilio no fue una ruptura repentina, sino la aceleración de una trayectoria largamente gestada”, agrega.

4 pasos para nuevas iglesias que busquen ser bellas

Preguntado por algunos pasos u orientaciones que podrían seguir las parroquias o diócesis que busquen formar parte del renacimiento de la belleza en el arte sacro, Clayton enuncia 4 pasos cruciales:

  • El arquitecto perfecto no tiene por qué emular el pasado

El primer principio es encontrar al arquitecto adecuado, alguien profundamente inmerso en la tradición. Si es clásico o gótico, importa menos que si el arquitecto comprende realmente una tradición viva. Pero es igualmente importante no reproducir el pasado acríticamente.

  • Continuidad y modernidad al servicio de la fe

En este sentido, sigo la guía de la hermenéutica de la continuidad de Pío XII y Benedicto XVI. No cambiamos las formas a menos que sea necesario. Se pueden incorporar elementos modernos, pero solo si realmente satisfacen las necesidades de la comunidad de fe.

  • Que contribuya al bien de la liturgia

La liturgia es la fuente de la cultura católica. La arquitectura, el arte y la música deben fluir de ella. Solo así la Iglesia podrá interactuar con la cultura moderna con discernimiento, rechazando lo dañino e integrando lo bueno.

  • Que surja de la adoración

Si comenzamos con la adoración, la gracia hará el resto. La belleza atraerá. Y de esa belleza, podrá resurgir una cultura verdaderamente católica.

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