Fabrice Hadjadj sobre sexo, metafísica y futuro: la esperanza empieza por debajo de la cintura
Julio Borges entrevista al filósofo francés: «La democracia no es cristiana, pero...», dice
Filósofo y ensayista, Hadjadj es, ante todo, un escritor de carne y de espíritu, dice Julio Borges.
En esta serie de conversaciones que venimos publicando en Religión en Libertad —y que busca abrir un espacio de pensamiento vivo sobre la democracia, la cultura, la ética y la fe en tiempos de confusión— hay nombres que no se leen: se escuchan. Nombres que no se citan: se rumian.
Hoy tenemos el honor de conversar con el conocido escritor francés Fabrice Hadjadj (para decirlo medianamente bien en español sonaría como Fa-brís A-diách). Fabrice pertenece a esa rara estirpe de autores que escriben como quien enciende una lámpara en una habitación donde todos creían que había suficiente luz.
Filósofo y ensayista, Hadjadj es, ante todo, un escritor de carne y de espíritu: su pensamiento nace de la encarnación —como herida luminosa— y por eso su estilo es literario, poético, provocador, a veces deliberadamente paradójico.
Fabrice es un escritor siempre encendido por una inteligencia que no quiere explicar el mundo desde arriba, sino volver a tocarlo. Su obra (marcada por una defensa radical de lo humano concreto: el cuerpo, la familia, la mesa, la fragilidad, la filiación) dialoga con las grandes tentaciones del presente: el sueño técnico de "superar" al hombre, el desencanto de Occidente, la idolatría del algoritmo y la reducción de la vida a una pantalla.
En Iberoamérica, muchos han llegado a Hadjadj por un libro que se lee como una pedrada alegre contra el desaliento: La suerte de haber nacido en nuestro tiempo, quizá su obra más difundida, donde le da la vuelta al pesimismo de época y afirma —contra toda nostalgia— que la intemperie actual puede ser el mejor laboratorio de una fe sin muletas y de una esperanza sin maquillaje.
Pero ese optimismo no es ingenuo: en La fe de los demonios (o el ateísmo superado) recuerda, con la lucidez incómoda de quien no compra cristianismos decorativos, que "creer" no basta —también creen los demonios— y que la cuestión decisiva es el amor, la entrega, el salto de una convicción mental a una vida convertida.
Luego llega el golpe de humor negro que esconde una lección metafísica: Tenga usted éxito en su muerte (Anti método para vivir) —premiado con el Grand Prix de literatura católica—, donde nos obliga a mirar la finitud sin anestesia para descubrir que solo el mortal que acepta su límite empieza a vivir de verdad, lejos del culto moderno a la eficiencia y del control tecnológico.
Finalmente, en Ecología trágica, Hadjadj ensancha la discusión ambiental hacia un terreno más hondo: una "ecología del hombre" que no se agota en políticas o métricas, sino que nace del asombro ante lo creado, del reconocimiento de su belleza, y de la aceptación —dramática, sacrificial— de que la vida no se gestiona: se recibe.
En esta entrevista, Hadjadj no ofrece "recetas" ni se acomoda al lenguaje de moda. Su prosa —a ratos irónica, a ratos mística, a ratos como un sermón que se vuelve poema— se dirige precisamente a quienes, agotados de consignas, siguen esperando una energía espiritual que no sea evasión, sino regreso: regreso a la verdad, a la carne, a la esperanza, a ese "cosmos" interior que permite mirar el caos sin rendirse.
Aquí habla de democracia, técnica, familia y futuro, pero lo hace como solo él sabe hacerlo: con la gracia de quien no teme incomodar, porque no escribe para sedar, sino para despertar.
-En verdad, hay dos materialismos: uno ideológico y otro de la materia misma. Ahora, mediante el desarrollo de lo virtual, el primero se desvela como una fuga ante el segundo (pero –a la par– esa fuga, por su estela, y con las posaderas, nos indica el misterio de la materia).
»Esto es la doble paradoja. El materialismo ideológico, que niega la salvación por una gracia espiritual, apostó al progreso por las tecnociencias, es decir a una manipulación de la materia para aplacar al hombre. ¿Y qué vemos?
»"Aplacar" se ha vuelto "aplastar". El rechazo del espíritu como un rechazo de la materia. Creíamos que nos encaminábamos hacia un amor por la morada terrenal y lo único que hemos logrado es un hervor por la errancia digital.
»A la postre, el conocimiento científico de las leyes del universo nos sirve ante todo para construir un metaverso, un medio mundo que es ni materia consistente ni espíritu exigente, y donde –si se puede hablar de "donde" en aquellas ondas– las cosas, o las casi cosas, no están presentes, ni siquiera ausentes, ni lejanas ni cercanas, al desafiar toda ontología clásica.
»Nos remite al segundo lado de la paradoja. Debido a la exposición a las pantallas, por contraste, volvemos al hallazgo de las nimiedades materiales como si descubriéramos el nuevo mundo.
»Al igual que el paralítico milagrosamente curado se asombra de poder caminar, nuestra época tan desencarnada también puede ser aquella en la que nos asombramos de compartir una comida alrededor de una mesa, de caminar hasta un santuario en peregrinación, de fabricar algo con nuestras manos.
»La materia, con su resistencia y docilidad, con sus líneas –estructura para una escritura– que reclaman los ademanes de la caricia y el puño; la materia en su forma paradigmática, es decir, la madera, extraída del árbol vivo para invitar al gesto vivo que lo prolonga y perfecciona; la materia, sí, nos resulta algo inesperado y maravilloso.
»De repente y como reacción a la huida digital, nos acercamos a esa sabiduría que se hizo carpintera (y cocinera, o dueña de casa, preparando la mesa, como dice el libro de los Proverbios).
»Usted sabe que, normalmente, la palabra "encarnación" se refiere al Verbo, no a nosotros. Somos carne. No tenemos que encarnarnos. Sin embargo, hoy, con ese espejismo despojándonos de nuestra condición carnal, el misterio de la encarnación nos habla más que nunca, hasta tal punto que el misterio se une a la evidencia más fundamental y cotidiana, la de una necesaria vuelta a nuestra carne sensible, sentida y sensata. Una vuelta que, desde entonces, solo nos otorga una cierta fe.
-¿Por qué nombrarse "Occidente"? ¿Cuál omen contiene este nomen? Quienes parlotean del "declive" o de la "decadencia de Occidente" se creen profetas y son más bien perogrullescos. Disertan sobre un pleonasmo. Occidente es el lado donde se pone y se oculta el sol, aquella mitad de la bóveda por la cual se desploman las constelaciones. Es la antigua Hesperia, que da nombre a las vísperas y a Hispania también, porque España, tanto en la visión bíblica como en la helénica, aparecía como el extremo del mundo.
»¿Qué significa eso? Mientras que nosotros nos sentimos tentados a dirigirnos hacia Oriente, los magos caminan con camellos y regalos hacia Occidente para adorar al Rey de los reyes. Mientras que pensamos que el día empieza con el alba, el Génesis lanza el mundo con este estribillo: Fue la tarde y la mañana… Así, desde el inicio, el sol comienza a caerse, en suerte que, desde el inicio, hay que tener fe en una luz más allá de la noche y el sol.
»A través de sus grandes imperios que se derrumban (y en este punto España constituye para siempre el país más avanzado de Europa, la vanguardia de un colapso que señala el imperativo de una resurrección), la gran vocación de Occidente es acompañar y acaudillar todas las cosas hacia la noche.
»Pero la noche en el sentido de Juan de la Cruz, que nos es solo privación de luz, sino presión de una luz trascendente: noche oscura de la fe, con su purificación del entendimiento, y también noche oscura de la esperanza, sin duda más dura, con su purificación de la memoria, entrañas de la mente.
»No obstante, vuelvo a su pregunta en su pendiente más periodística. Hay un obvio entrelace entre sociedad de cansancio y sociedad de consumismo. El consumismo nos cansa, porque no se trata de posesión real, con su saber estar y saber usar para una finalidad que vale la pena. Se trata de devoración sin fin. Y de eso estamos tan cansados que ni siquiera tenemos fuerzas para irnos a la cama: nos quedamos delante de la pantalla, consumimos imágenes no tanto por amor al entretenimiento como por la pérdida del deseo.
»Tal es la condición del hombre posmoderno. Ya no cree en el progresismo de la modernidad. Ve asomarse al horizonte la posibilidad inminente de una extinción total. La posmodernidad es pesimista, cuando optimista era la modernidad. Pero tal optimismo no era menos desesperado que aquel pesimismo. Demasiado seguro de sus propias fuerzas, no esperaba nada de una gracia de lo alto.
»En nombre del optimismo dialéctico, aun fue posible establecer un régimen totalitario. Hoy, en nombre de un pesimismo posthumano, bien podría ser que regresemos a algo comparable a la locura del imperio de Moctezuma, con sus "guerras floridas" y matanzas rituales para "alimentar al sol". Pero es también, más que nunca, hora de la esperanza teologal.
»En adelante, para amar nuestra condición tragicómica, mortal, carnal y graciosa, será cada vez más preciso reconocer que Dios no solo creó nuestra naturaleza, sino que asumió su herida personalmente y hasta el cabo.
El filósofo francés y su esposa, la artista Siffreine Michel.
-No sé si he "advertido sobre los riesgos". Hablar así es ya, sin darse cuenta, montarse en los carriles de la tecnocracia. Pensar en términos de objetivos, pronósticos y riesgos (lo que por anticipación podría distraernos de nuestro proyecto), intentar reducir los riesgos y aumentar las probabilidades de éxito, todo esto corresponde precisamente a lo que se pretende criticar: un marco técnico que encarcela la reflexión.
»Ahora bien, las cosas más esenciales no dependen de este marco calculador: amar, engendrar, ir por la verdad, dar vida y dar su vida… Desde su primer momento en la faz de aquel pequeño planeta azul, la vida es una aventura arriesgada, y más que arriesgada, más allá de todo cálculo, ya que el universo en el que aparece es también el universo que la condena a desvanecerse.
»Es una partida perdida de antemano; sin embargo, se juega en su escalofriante gratuidad. Por supuesto, condenamos una "religión de la técnica", la cual, a pesar de sus fantasmagóricas innovaciones, es un asunto muy rancio, que lleva el antiguo nombre de idolatría. Se halla en el segundo capítulo de Isaías: Su país está lleno de ídolos, y se postran ante las obras de sus manos, que fabricaron sus dedos. Pues será doblegado el mortal, será humillado el hombre.
»Pero también hay que admitir que el hombre es un animal técnico, o sea, como dice Ortega y Gasset, "a nativitate técnico creador de lo superfluo". Al contrario de lo que propone la lectura darwinista, no es acerca de adaptarse mejor al medio ambiente para la sobrevivencia, pero de adaptar el medio ambiente a la gracia para el sacrificio.
»¿Cuál es, para nosotros, lo más necesario? Una menudencia, algo que parece inútil y aun caprichoso: flores decorativas, versos de poesía, ratitos de contemplación, amor al rostro de tal vecina, aquel trozo de pan eucarístico, aquella sonrisa de gratitud, por fin, al citar Ortega de nuevo: "la sola cosa necesaria de que hablaba Jesús a Marta y María".
»Y el pensador añade en un fulgor que se guarda desarrollar hasta la cadena de bombillas de un sistema (como siempre con este incomparable genio): "Marta y María, las verdaderas técnicas para Jesús…". Porque, últimamente, el fin de toda técnica es la hospitalidad y la escucha… hasta la "soledad sonora" y la "música callada".
»El transhumanismo es una herejía cristiana. El verbo trasumanar fue acuñado por Dante. Pascal decía en el mismo sentido: "El hombre supera infinitamente al hombre". Por eso el hombre es para sí mismo una pregunta. Su principal tentación es darse a sí mismo la respuesta, es decir, lograr una solución, en lugar de una absolución.
»Porque la verdadera respuesta no es una solución: es una llamada, una vocación que atraviesa el mundo de parte a parte. Por lo tanto, es cierto pensar en que la condición humana está llamada a ser superada. La condición humana, sí, pero no la naturaleza humana.
»Además, esa superación no se logra huyendo de lo trágico y lo cómico, sino, por el contrario, zambulléndose más profundamente en ellos. Ahí descansa el misterio cristiano: una divinización que es una mayor humanización, un bautizo en las aguas de nuestros diluvios, una salvación que se obra mediante la cruz –no el sufrimiento en sí mismo, pero la caridad que ilumina la herida desde dentro–.
- Desde que estoy en España no dejo de oír esa expresión, especialmente en los círculos conservadores: "batalla cultural". Confieso que con ella tengo un pequeño inconveniente. La noción de batalla cultural supone una cultura que defender. Y así es como se pierde una cultura. Porque se cansa de colocar soldados delante del huerto, y se olvida de poner jardineros adentro.
»En vez de forjar podaderas de las lanzas, forjamos lanzas de podaderas, y el huerto, abandonado, se marchita o se llena de malas hierbas. La cultura no es un museo. No necesita conservadores, sino cultivadores. Sabe usted lo que le pasa al conservador en la parábola de los talentos…
»El buen heredero no encierra la herencia en una caja fuerte; la hace crecer, prosperar, dar frutos nuevos. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante. Así veo a defensores de la familia que piensan más en tener un patrimonio que en ser padres.
»En verdad les gusta más el hangar que el hogar. Porque el hogar –el lugar de la familia– no es una simple construcción: nace del anhelo sexual. No une a socios en una empresa mediante un contrato, sino a parientes en una vivienda mediante un vínculo de carne y sangre, que no es una opción ni algún tipo de fabricación controlada.
»¡Qué locura! Juntar a seres tan naturalmente diferentes e incluso tan opuestos que nunca podrán entenderse completamente: hombre y mujer; padres e hijos –ancianos desfasados cara a cara con adolescentes revoltosos–. Por fin, la cereza del pastel (o del burdel): ¡hermanos!
»El Génesis nos presenta la fraternidad como el conflicto fundamental debido a los celos bajo la mirada de los padres, pero también porque el hermano es el próximo inevitable. No el amigo elegido, el de las afinidades electivas; sino el coheredero opresivo, el de los vínculos indisolubles, lo obligado por la carne a ser amado de todo el corazón.
»Cuando amo a un amigo, amo al que he elegido amar. Cuando amo a un hermano, amo al que me ha sido dado por las circunstancias de la vida, y por tanto, a través de él, amo a la vida misma, reconozco su providencia. Por eso la familia, en la medida en que no pertenece al dominio de lo construido o lo controlado, es lo que más resiste el encierro totalitario o ideológico.
»Ostenta incluso una gran posición reacia a cualquier sistema educativo. El padre no es un maestro, el hijo no se puede disciplinar. La relación suya no es de organización, sino de ordenación al misterio de la vida. La autoridad del padre, por ser una autoridad sin competencia, y por tanto desnuda, desarmada, es una prueba por el padre mismo: o bien se vuelve déspota arbitrario, o bien se convierte en primer apóstol, sabiendo pedir perdón a su hijo, y mostrando que también él está bajo la autoridad trascendente del Padre eterno.
-Merced al sentimiento de nuestra indignidad. Se afirma que saberse una criatura y un pecador es motivo de culpabilización morosa y morbosa. Al contrario, debo admitir que es motivo de maravilla. Cuando creo que merezco los mayores honores, el champán más caro me parece insignificante. Cuando creo que merezco el infierno, un pobre vaso de agua me encanta como un regalo inesperado.
»En su autobiografía, Chesterton consta que la idea estrella de su vida es "tomar las cosas con gratitud y no darlas por sentadas" (al traducir así “not taking things for granted”, supongo al español un buen tomar y un malo dar).
»El problema de la vida cotidiana es que es… cotidiana. Lo cotidiano se borra en lo habitual, lo habitual, en lo ignorado. Tanto suelo caminar en el suelo que no siento gratitud alguna por su apoyo constante, a menos que se produjere un terremoto. De ahí, la súplica central del Padrenuestro: Danos hoy nuestro pan de cada día.
»El pan de cada día, porque es diario, se vuelve trivial, sin sabor, sin acontecimiento. Eso es lo que ocurrió incluso con el maná. Entonces, pedimos a Dios que este pan se nos manifieste como un don inmerecido, una gracia celestial –como pan de los ángeles.
»En lugar de "sentimiento de indignidad", podría haber dicho "humildad". Pero la humildad es una virtud paradójica: el que la tiene, cree que no la tiene; tan pronto está seguro de tenerla, cae en la soberbia. El verdadero humilde se acusa a sí mismo de ser orgulloso.
»¿Cuál es el adjetivo más frecuente en los escritos de Santa Teresa para describirse a sí misma? No es "mística"; es "ruin". Además, la humildad consiste menos en una disminución de sí mismo que en una proclamación de la grandeza del otro. De tal manera que mi choza me resulta un castillo encantado.
-Tengo la impresión de que usted enuncia lo que quiere denunciar. Depende de cómo se entiende la palabra "público". ¿Quiere decir "político"? En este caso, lo peor sería que el Estado nos hablase ante todo de virtud y sacrificio. Usurparía el oficio de la Iglesia.
»"Sacrificio" significa "hacer lo sagrado". En este sentido, el Estado solo tiene derecho de pedirnos "profanicios", no "sacrificios". Cuando el Estado nos ordena sacrificios para la Patria, el Partido, el Mercado, pretende regir los corazones, aunque su función legítima sea solo organizar la sociedad para suministrar las condiciones que permitan desplegar un espacio a las relaciones interpersonales, la amistad, la búsqueda de la verdad, y, por tanto, brindar un espacio a la Iglesia, a la filosofía, a la poesía, pero no ser la Iglesia ni cualquier sabiduría, así como tampoco imponer amistades.
»Conexiones personales forzadas por el Estado no puede ser algo distinto que cadenas impersonales. Al decir eso, enseguida, arriesgo la comprensión. Podría inferirse: la llamada a la virtud, al sacrificio, concierne solo a la esfera privada. ¡Ni mucho menos! Lo que quiero decir es que el debate público no se reduce a la política y la economía.
»Lo público es también lo litúrgico, lo procesional, lo festivo. Se encuentra en las bodas y los funerales, las terrazas de los cafés y los terrenos de juego. El político debe, pues, hacer que el espacio público sea realmente público, es decir, no solo político.
»Por otro lado, su pregunta nos remite a un gran tema: ¿cuáles son las condiciones de una democracia? Tema muy difícil, por dos razones al menos. La primera es de circunstancias: España, como Francia, y a diferencia de Suiza, es un país de tradición real.
»Al español le gusta seguir a un rey, no para obedecerle, sino para ser reconocido como un héroe en la batalla. Se lo destaca en El Cantar de Mio Cid: el rey no es tanto un poder de mandamiento como de reconocimiento. Rodrigo, que no tiene nada del súbdito dócil, actúa para que Alfonso VI reconozca su valor. No es democracia, pero no es exactamente monarquismo. Aquí el único llama a otros únicos.
»El rey quiere ser superado por su vasallo, quiere admirarlo, porque ese lleva su estandarte. El vasallo hace proezas en nombre de su rey, mas, por rebote, el rey resalta el nombre de su vasallo: ahí está el insigne, la venera, el gallardete, los títulos de señorío, toda la ramificación de los virreinatos…
»La segunda razón es de esencia: ¿qué entendemos por democracia hoy? La palabra es griega, y se dice que la democracia fue una invención ateniense. Pero esta democracia antigua se conjugaba muy bien con la esclavitud y la guerra. Ya no la entendemos así.
»Por tanto, ¿a qué se refiere? ¿Un régimen político? ¿Un Estado de derecho? ¿La consideración de la dignidad igual de todos los seres humanos (y, acaso, de una cierta dignidad gradual de todos los seres vivos)? Si se trata de un régimen, ¿en qué se estriba? ¿El sufragio universal? ¿El sorteo? ¿Requiere a delegados de partidos políticos o a representantes de grupos sociales? Como se ve, no está claro.
»Sin embargo, una cosa es segura: para que una democracia no sea una "demonocracia", la condición de las condiciones aflora no tanto en la consideración racional de la dignidad igual de todos los seres humanos como en la revelación del amor gracioso de Dios para cualquiera, incluso el pobre, el bobo, el lisiado, el pecador. La democracia no es cristiana, pero solo puede desarrollarse en un clima cristiano.
-Ser consciente de un caos significa tener dentro de uno mismo el sentido del cosmos. ¿De dónde proviene este sentido? ¿Se trata solo de una reacción subjetiva de la vida que se rebela en vano ante el dolor y el duelo? Pero, si así fuera, ¿por qué la vida? ¿Por qué el universo daría origen a algo absurdo, que se opone a su condena a muerte?
»A menudo cito estas palabras de Rainer María Rilke, que mi maestro Jean-Louis Chrétien solía citar: "Solo en el espacio de la alabanza puede ir la queja". El grito de desesperación siempre descansa en una espera frustrada o llagada.
»Sin embargo, existe una diferencia entre esperar y tener esperanza en su acepción cristiana. Las cosas de la espera se pueden ver y conseguir directamente en este mundo, no las de la esperanza, que solo se pueden creer y seguir a ciegas. Esperamos lo que nos vemos.
»Esto nos lleva a formular una ley muy insólita: cuanto menos vemos, tanto más tenemos que esperar. En esta clase peculiar de espera, a pesar de todo, la "llagada" es llegada. Y la peor desesperación es la que se desconoce, la que ya no grita y se instala en su suficiencia.
»Pero no quiero teorizar más. Hablemos de signos positivos. Tan positivos y permanentes que se olvidan como aquel suelo que nos suporte (y soporte). Hay, por ejemplo –y eso es el ejemplo clave–, lo que se encuentra por debajo de la cintura, y que, por debajo de esta cintura, golpea.
»Mi sexo –me refiero a ese– quiere engendrar. Se extiende, se extrema para que mi semilla se abra camino en la amada hacia el surgimiento de un nuevo hombre, un ser de la generación siguiente, que nadie nunca me ha presentado, un ser enteramente original que va a llamarme papi, aunque todavía yo me sienta joven y necio e incompetente. Tal vez, solo anhelo hacia mi propio deleite. Sin duda, quiero una mujer, no un hijo. Así que mi sexo me parece un poco desleal.
»Mi amigo filósofo Olivier Rey me ha hecho notar que el pene erecto no tiene exactamente una orientación horizontal: se incurva, tiende a apuntar al firmamento. Mudamente, pero claramente, el pene erecto habla de esperanza. Y la marca de la circuncisión, una vez, estaba allí para que tal esperanza carnal fuese ratificada por Dios mismo.
»Se lo explico. Mi carne está como por delante de mi mente. Mi carne tiene espontáneamente un carnet de reproducirse, mientras que mi mente no tiene espontáneamente la miente de hacerlo. ¿Pero quién miente aquí? ¿Mi carne, que me sugiere alimentar una vez más el regreso al polvo? ¿Mi mente, que no ve ninguna beatitud en este bajo mundo?
»En cualquier caso, mi carne interroga a mi mente, mi sexo hace que mi seso se ponga a buscar las legítimas razones de dar a luz a un nuevo pequeño mortal. La metafísica nace desde lo más físico, en contacto directo con ello, porque en su constitución elemental, en su naturaleza misma, el sexo nos invita a una esperanza sobrenatural.
Ideologías
Fabrice Hadjadj, que fue ateo y nihilista, defiende la familia cristiana por «salvaje y anárquica»
Rodolfo Casadei/Tempi.it
»Si le escuchas un poco, está aquí el signo vivo, a tu lado, la esperanza que viene a tu encuentro con un rostro. Pienso en mi hijo Isaías. Es nuestro décimo. Y es un doble accidente. No queríamos tener un décimo hijo. Y no podíamos querer que ese niño tuviera síndrome de Down. Y aquí está. Ahora, el doble accidente nos parece ahora la mayor necesidad.
»Su forma de ser, su alegre apertura al mundo, su sonrisa que ilumina toda la casa, no deja de decirnos: Tenéis razón para esperar, no obstante, los dramas... En cuanto al resto, podría haber hablado de una simple amapola. Cualquier flor es un sexo abierto que espera la visita del abejorro como si fuera un ángel. Cualquier flor, con su obstinación en vivir y exhibir una belleza sencillísima y frágil, es un signo de esperanza.