Sábado, 07 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

José Javier Esparza relata en un nuevo libro la vida fascinante de este médico «siervo de Dios»

Jérôme Lejeune, científico de fe probada: sus niños Down, guerra nuclear, Sábana Santa y persecución

Jérôme Lejeune se dedicó en cuerpo y alma en sus "pacientes" favoritos, las personas con síndrome de Down.
Jérôme Lejeune se dedicó en cuerpo y alma en sus "pacientes" favoritos, las personas con síndrome de Down.

Javier Lozano / ReL

¿De qué le sirve ganar el mundo entero si arruina su vida? Esta pregunta que lanzó Jesús a sus discípulos y que recoge San Mateo en su Evangelio fue la que guio a uno de los grandes científicos del siglo XX. Ser coherente con su fe y con su juramento hipocrático provocó el rechazo de muchos compañeros, académicos y políticos, y perder importantes galardones, entre ellos el Premio Nobel, pese a que había hecho méritos suficientes para ello.

Se trataba de Jérôme Lejeune, pionero de la genética moderna y conocido por haber sido el descubridor del origen genético del síndrome de Down, personas a las que se entregó en cuerpo y alma, por las que dio su vida y su carrera. Este médico francés amaba a estos pacientes y siempre quiso hacer un hueco para atenderlos, a la vez que trabajó sin descanso para hallar una "cura" que evitara que fueran exterminados, tal y como finalmente se dio y se sigue dando.

El relato de una vida fascinante

La fascinante vida que pone de relieve la verdadera altura de este genetista francés, católico e incansable luchador por la vida aparece relatada de manera magistral por José Javier Esparza en el libro Jérome Lejeune: amar, luchar, curar (Libros Libres), en el que el escritor describe la fascinante vida de este científico justo cuando se han cumplido 25 años de su muerte.

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Pero este “siervo de Dios”, actualmente en proceso de beatificación, fue un personaje mucho más relevante de lo que muchos creerían, y así aparece narrado en el libro. Actuó y vivió siempre con la honestidad y poniendo su fe por delante, lo que provocó que fuera marginado y silenciado a toda costa. No podía haber una voz tan potente a favor de la vida en un momento en el que el aborto estaba siendo legalizado en numerosos países. Era un personaje incómodo, insobornable y con los principios muy firmes. A Lejeune le dejaron de otorgar premios, invitar a conferencias y empezaron a censurar sus entrevistas hasta que al final incluso el gobierno francés retiró toda la financiación a sus investigaciones. Esto, sin embargo, no le hizo frenar. Con medios o sin medios Jérôme estaba dispuesto a buscar una cura y una mejora de la vida de los síndrome de Down.

Pero la realidad es que el punto de inflexión se produjo tras una conferencia en Naciones Unidas en Nueva York y otra en San Francisco al recoger el premio William Alen, ambas en 1969. En aquel momento convulso con la revolución sexual en marcha y todavía reciente el Mayo del 68, el debate sobre el aborto estaba en su momento cumbre. Además ya era consciente de que su importante descubrimiento se quería utilizar no para curar, para lo que él había investigado, sino para matar.

"Hoy he perdido el Premio Nobel"

Por ello, sus compañeros le avisaron que en sus discursos fuera prudente y no hablara de sus convicciones. Él no hizo caso y provocó un seísmo en la comunidad científica. Habló de la dignidad de la vida humana, desde el embrión hasta la muerte natural y citando a Shakespeare dijo: “Matar o no matar, esa es la cuestión…”. Nunca se lo perdonarían.

En una carta enviada a su querida mujer Birthe le decía: “Hoy he perdido el Premio Nobel”. Y no se equivocaba. Desde aquel momento las puertas se le fueron cerrando.

Escribía en su diario el 14 de diciembre de 1969: “Lo vi claramente en San Francisco después de mi exposición (…) la gente se apartaba ante mí sin decir palabra, me dejaban el paso libre sin una palabra ni un apretón de manos. Sé pertinentemente y lo sé desde hace tiempo que el mundo científico no me perdonará este texto. Ser bastante anticonformista para creer aún en la moral cristiana y para ver cómo concuerda plenamente con la genética moderna, eso es demasiado”.

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En la URSS para evitar la guerra nuclear 

En este libro se hace un recorrido por la vida de Lejeune, pero también por el contexto histórico en el que vivió, y que inexorablemente marcó su vida. Jérôme vivió siendo apenas un niño la ocupación de su casa por los nazis en II Guerra Mundial, el hambre de la posguerra, el surgimiento de su vocación como médico gracias al libro Médico de Aldea de Balzac, obra que le marcaría su trayectoria en favor de los últimos y abandonados. Pero también repasa el papel de este investigador en pleno Mayo del 68 y su valentía pese a recibir constantes amenazas de muerte, sin olvidar el contexto de la guerra fría y su catolicismo militante, algo que le llevó a ejercer un papel importante en el Vaticano con San Juan Pablo II.

Menos conocido en su biografía fue el importante papel que tuvo para evitar una guerra nuclear en el mundo. Este médico católico se llegó a reunir a puerta cerrada con el presidente de la URSS Leonid Breznev, al que se atrevió a hablarle de “preceptos morales” ante el estupor del traductor soviético que le acompañaba en el Kremlin.

No tenía miedo a defender la verdad ni siquiera en la Unión Soviética. Él era experto en el efecto de la radiación y además era una eminencia en Genética. Por ello, en la Academia de las Ciencias de la atea URSS Lejeune dijo: “Hace mucho tiempo, tres sabios que venían de Oriente rindieron visita a un poderoso príncipe. Habían observado en el cielo unos signos que, según pensaron, anunciaban una buena noticia: la paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Casi dos mil años después, otros científicos que vienen de Occidente visitan a su vez a otro hombre muy poderoso. Pero hoy la historia es diferente, porque hoy los científicos sabemos que, si por desgracia aparecieran en el cielo signos inmensos desencadenados por los hombres, ya no sería el anuncio de una buena nueva, sino el de la matanza de los Inocentes”.

Sus fundamentales hallazgos sobre la Sábana Santa

Otro hecho llamativo de la vida de Lejeune es el papel que tuvo, siempre desde el ámbito científico, para defender la Sabana Santa de aquellos que afirmaban haber descubierto que era falsa. Cuando la Iglesia entró en shock tras el anuncio de la prueba de Carbono 14 que supuestamente databa el tejido del sudario entre 1260 y 1390, el médico francés fue al fondo de la investigación que se había realizado. Pronto se percató de que había sido una chapuza y que la metodología había sido un desastre por lo que los resultados ofrecidos eran irrelevantes.

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Sin embargo, impresionado por la Sábana Santa, siguió investigando más y más. Vio las quemaduras que tenía y una especie de L debido a los pliegues del pasado. ¿De dónde salía esa L? Lejeune empezó a investigar. Fue a Bélgica donde había un cuadro atribuido a Durero de la sábana. En él estaba la L pero no las quemaduras. Ya sabía que era anterior a 1516. Y siguió investigando hasta que llegó al Códex Pray de Budapest. Allí se quedó admirado al ver una reproducción del santo sudario y en el que efectivamente aparecían los pliegues dibujados marcando esa L, pero no las quemaduras. “O bien el artista del pergamino de Pray tuvo ante sus ojos entre 1100 y 1200 un modelo que poseía justamente todas las características del sudario que está en Turín, o las ha presentido con una exactitud inimaginable”, dijo Lejeune. Lo que terminó de demostrar es que la prueba de carbono 14 se equivocaba.

“Como la dosis de carbono 14 aplicada al sudario que está en Turín ha dado una horquilla entre 1260 y 1390, como no se puede dudar de la datación (1195) del códice de Pray y como no se puede admitir que una tela pueda quemarse antes de que el lino haya sido recolectado, lo que hay que cuestionar ahora es la datación del carbono 14”, publicó el francés.

La conversación privada con el Rey Balduino y su posterior abdicación

Su lucha contra el aborto en general, y especialmente contra la eugenesia sobre los síndrome de Down, le hizo recorrer el mundo para hablar al Senado de EEUU o reunirse también en privado con el rey Balduino de Bélgica en pleno debate de la legalización del aborto.

“Me atrevo a suplicar a Su Majestad que ponga todo el peso de su inmenso prestigio moral al servicio de los niños por nacer. Quiera el Cielo que persista al menos un Estado continental cuyo jefe no haya abandonado la vida de sus más jóvenes súbditos (…). Que su Majestad me excuse al tomarme esta libertad, que no es sino el grito del corazón de un médico de niños desafortunados”, escribió Lejeune al Rey. Tras leer la misiva, el monarca le hizo llamar y tras una conversación privada, poco después Balduino realizó el histórico gesto de abdicar temporalmente para no promulgar con su firma la ley del aborto.

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Un científico y un hombre de profunda fe

Este médico nunca ocultó su fe, a pesar de que en ocasiones la propia Iglesia en Francia llegara incluso a ponerse de perfil con sus investigaciones para no molestar al poder establecido. Pero él tenía claro que su trabajo era una misión que consistía en salvar a inocentes. Y así dio una lección a los obispos del mundo reunidos en Roma en el Sínodo de 1987.

“Respetar la naturaleza humana no impide el progreso, sino que más bien lo estimula. Los promotores del aborto eugenésico o de la explotación de embriones humanos han creído poder encerrar a los médicos católicos en un dilema cruel: o bien participáis con nosotros en esta misión de investigación y destrucción, y hacéis parte de la matanza de los inocentes, o bien eludís paliar la angustia de las familias que temen ver nacer a un hijo incurable y os laváis las manos. No, la Medicina no está obligada a elegir entre dos papeles odiosos, el de Herodes o el de Pilatos. Es posible vencer la enfermedad y, aunque en absoluto poseo el don de la profecía, hay algo de lo que estoy completamente seguro: los médicos que respetan la vida no cederán nunca y, Deo juvante, un día vencerán”, dijo a los allí presentes.

Una vida unida a la de San Juan Pablo II

Observando la determinación y fuerza a la hora de defender a las personas Down y a los no nacidos no extraña que congeniara tan bien con alguien similar a él en estos aspectos: San Juan Pablo II.

A ambos les uniría una gran amistad y por recomendación de Lejeune, San Juan Pablo II acabaría creando la Academia Pontificia para la Vida, del que precisamente el médico francés fue su primer presidente antes de morir de cáncer en 1994.

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Jérôme y su esposa Birthe, en uno de sus encuentros con San Juan Pablo II

Un detalle no muy conocido es que Jérôme Lejeune y su esposa Birthe comieron con San Juan Pablo II el mismo día en el que horas más tardes el Papa sufriría el atentado que casi acaba con su vida. El matrimonio volvía a Francia esa misma tarde y conoció el ataque cuando ya estaba en París.

La "comunión de los santos"

Una vez allí y mientras Juan Pablo II se debatía entre la vida y la muerte con varios disparos en el vientre, unos fuertes dolores abdominales empezaron a retorcer de dolor también en ese instante a Lejeune. Rápidamente tuvo que ser ingresado y operado. Ambos amigos habían sido operados prácticamente a la vez y también al mismo tiempo despertaron.

Al día siguiente, Birthe comprobó pasmada que las curvas de temperatura de Jérôme eran las mismas que los periódicos referían sobre Juan Pablo II. Y así día tras día. También coincidieron en el momento en el que ambos salieron del peligro y empezaron la recuperación. ¿Casualidad? Para la familia del científico no lo fue, que lo consideró un ejemplo de “comunión de los santos”, aunque Lejeune lo negara.

Juan Pablo II, rezando en la tumba de Jérôme Lejeune, en su visita a Francia en 1997 con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud

Esta relación se alargó hasta la muerte de este médico. En el funeral celebrado en una abarrotada catedral de Notre Dame, Juan Pablo II envío un largo y cariñoso mensaje, en el que, entre otras cosas, afirmaba:

"Tu muerte me ha curado"

“Nos hallamos hoy ante la muerte de un gran cristiano del siglo XX, un hombre para quien la defensa de la vida se convirtió en un apostolado. Es evidente que, en la actual situación del mundo, esta forma de apostolado laical es particularmente necesaria. Hoy queremos dar gracias a Dios, Autor de la Vida, por todo lo que ha sido para nosotros el profesor Lejeune, por todo lo que ha hecho para defender y promover la dignidad de la vida humana”.

¿Mereció la pena para Jérôme Lejeune sacrificar su carrera, premios, fama y hasta el Premio Nobel? Él no lo dudó. Definitivamente sí. Y esto se confirmó en su mismo funeral. La respuesta se la dio Bruno, un joven con síndrome de Down: “Gracias mi profesor Lejeune por lo que has hecho por mi padre y por mi madre. Tu muerte me ha curado. Gracias a ti yo estoy orgulloso de mí”.

José Javier Esparza y Birthe Lejeune, viuda del científico, presentarán la obra junto a la postuladora de su proceso de beatificación el próximo miércoles 27 de noviembre a las 19.30 horas en la Librería Neblí de Madrid (calle Serrano, 80). 

Puede adquirir aquí el libro 'Jérôme Lejeune: amar, luchar, curar'

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