El Capellán 1º (Capitán) Ovidio Rodríguez Castañé y su asistente, arrodillados ante el altar de campaña en el frente del Volchov en octubre de 1941 (archivo de Pablo Sagarra).
En la línea de fuego
Y es que donde realmente un capellán forja su leyenda es cuando se encuentra en primera línea de combate. Uno de ellos confiesa cierto arrepentimiento porque no atravesó con la diligencia debida una zona batida por fuego cruzado -aunque la había atravesado-, pero lo habitual era lo contrario.
El cabo Rafael Martínez recuerda la bronca que se llevó el páter de su regimiento de parte del teniente coronel Santos Ascarza: "Un día que hubo una concentración de fuego artillero sobre nuestra posición y en pleno cañoneo, con todo el mundo parapetado y cubierto, apareció el páter corriendo entre las innumerables explosiones por si había que auxiliar a alguien". "Si le perdemos nos deja sin servicio religioso", le recordó su superior.
En el asedio de Possad fue legendario el comportamiento del padre Ángel Larruy. Fue un auténtico infierno. "¡Admirable cura!", dice de él Pedro Bejarano, que recuerda cómo despegaban a los cadáveres del hielo para intentar enterrarlos: "El Páter, tras darles su bendición y un beso en la frente a cada uno de ellos los cubre de nieve...". Otro voluntario, Enrique García Gallud, le vio aparecer en un refugio: "Un hombre más bien corpulento, bastante sucio, con barba de muchos días y un capote con más quemaduras aún que el del comandante, y que se rascaba con indisimulado frenesí las picaduras de los piojos que le atosigaban por todos los rincones de su cuerpo". El padre Larruy preguntó, sin reparar en estar usando la misma frase que en los circos romanos: "¿Son éstos los que van a morir?". Y entonces se quitó el gorro e impartió a los presentes la absolución colectiva, antes de dirigirse a otra actividad en medio del terror de los combates.
Seis Cruces de Hierro, un muerto en combate
Seis capellanes divisionarios recibieron la Cruz de Hierro, algo poco común entre el personal no combatiente. Y hay que citar sobre todo al único de ellos que murió en combate, el catalán Victoriano Freixa Marsall, "que entre el fuego y el odio del enemigo llevaba su misión de amor y de sacrificio", como recuerda Demetrio Castro Villacañas. Cayó en la batalla de Posselok.
También en Krasny-Bor, 10 de febrero de 1943, el día más trágico y glorioso de la División Azul, destacaron los sacerdotes que estuvieron durante horas recorriendo un frente que iba y venía en medio de unidades copadas y machacadas por la artillería y oleadas incesantes de rusos enloquecidos.
El páter Marcelo Vargas Blanco narra su dramática búsqueda de un sargento moribundo al que sale a buscar a ciegas para llevarle los últimos sacramentos, en medio de una total confusión de líneas: "Me disparan a bocajarro... No veo a nadie por el humo que causan los proyectiles rojos que están batiendo el emplazamiento, y veo sorprendido que los artilleros han sacado las piezas y están tirando a cero, los rojos encima y los nuestros despreciando la muerte... Alguno me dice que muere por la Religión y por España, es angustioso, estamos incomunicados y con el rumor de que ya llegan...".
La Cruz y España en Rusia
Es inabarcable y emocionante lo que nos cuenta el monumental estudio de Pablo Sagarra. Nos retrata almas sacerdotales llevadas al extremo de la lucha más cruel, entregadas completamente a su misión de salvar almas justo en el momento en el que van a encontrarse con Dios. Y varios capítulos de Capellanes de la División Azul estudian también la religiosidad de los mismos combatientes, testimoniada de mil maneras y que justifica con creces -si falta hiciera- la presencia de esas decenas de valientes que fueron "hombres, militares de honor y curas cien por cien" en un rincón del mundo donde dieron testimonio de la Cruz y de la forma española de pelear por ella.
FICHA TÉCNICA
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Título:
Capellanes de la División Azul
Actas Editorial
Autor:
Pablo Sagarra
Editorial:
Actas
Páginas:
1007 páginas + 3 amplios cuadernillos fotográficos
Precio
56 €