Corrales Muñana: nos ocupamos de los mártires (y 2)
La Jornada Martirial en Cáceres se celebró el pasado 14 de febrero

Foto de grupo de la Jornada Martirial en Cáceres, el pasado 14 de febrero.
Como ocurre, por citar un ejemplo, en la localidad de Mengabril muy cercana a Don Benito, donde el párroco D. Alfonso Torrejón Peña, al que milicianos procedentes de Santa Marta de los Barros, primero, y Miajadas después, fueron a buscarlo para ejecutarlo. El alcalde socialista, no dudó en ninguno de los dos momentos en enfrentarse a sus correligionarios para defender la vida del sacerdote; incluso poco después lo proveyó de un salvoconducto para que pudiese huir de la localidad y refugiarse en su pueblo natal; lo que nos indica, sin lugar a dudas el respeto y valoración que tenían en la parroquia por D. Alfonso.
En el nuevo modelo de sociedad la religión no tenía cabida, debía de ser reemplazada, las nuevas autoridades no dudan para ello en utilizar los métodos más drásticos, tanto con las personas, como con todo aquello que aludiese a la fe católica.
De las doce localidades que quedaron en la zona republicana, salvo en tres, todos los sacerdotes fueron asesinados, entre finales de julio y el mes de septiembre. Los edificios religiosos, parroquias, ermitas, capillas, de todas las localidades fueron profanados y destruidos. Fruto de todo ello es la desaparición total de toda referencia religiosa en una parte de nuestra diócesis durante dos largos años.
Viendo los últimos momentos de cada uno de ellos, contemplamos, como a pesar de las humillaciones, malos tratos e incluso torturas, con el fin de hacerles renunciar a su ministerio u obligarles a blasfemar, fueron en vano, su fe les hizo valientes en el martirio e incluso en el momento culminante muchos de ellos fueron capaces de gritar con voz potente: ¡Viva Cristo Rey!
Podemos citar hechos verdaderamente crueles como el caso de D. Fabián Rodríguez, en Orellana la Vieja, perseguido por los milicianos por las calles de su pueblo natal como si de una pieza de caza se tratase. D. Zacarías Ramos, paseado desnudo por las calles del mismo pueblo.
D. Antonio Bravo Martín , en Don Benito, obligado a presenciar el fusilamiento de sus sobrinos. Los misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María , en la misma ciudad, expulsados del colegio que regentaban en la ciudad el 22 de julio de 1936 y encarcelados en la iglesia de Guadalupe donde estuvieron tres días sin comer ni beber y sufrieron todo tipo de malos tratos.
D. Santiago Barrero Retamar , párroco de Cristina, que sacado de la cárcel es conducido a las afueras del pueblo donde será apedreado por los milicianos, no conformes con esto le hieren con una hoz en el cuello con el fin de rematarlo después en el interior del cementerio. D. Santiago, malherido, se negará a que se profanase el cementerio de esa forma y allí mismo junto a las tapias es fusilado.
Pero sin duda lo más importante de estos sacerdotes, es la actitud ante sus verdugos en el momento del martirio. Siguiendo el ejemplo del Maestro, son capaces de perdonar. En ese momento en el que cualquier ser humano se hubiese rebelado contra todo, ellos nos dan un testimonio de confianza plena en Dios, como Jesús en la cruz, y antes de partir hacia la casa del Padre, son capaces de perdonar mirando a sus verdugos.
D. José María Rastrollo Gómez, en Orellana la Vieja, conducido a golpe de fusil en dirección al cementerio; en el camino sus captores le preguntan donde quería morir a lo que él respondió: “Si ha de ser, donde vosotros queráis” y después añadió: “Os perdono” .
D. José Gil Loro, párroco de Santiago de Don Benito, el 5 de septiembre 1936, antes de ser fusilado pidió que le dejasen hablar, no conocemos el contenido de dichas palabras, pero lo cierto es que el miliciano que debía ejecutar la condena no fue capaz; entonces, D. José le dice: “No seas tonto, cumple lo que te mandan, tú no eres culpable, y si no lo haces, corres peligro de ser fusilado. Te perdono”
D. Emilio Gómez Gómez. Hasta nosotros han llegado dos versiones de su fusilamiento. La primera, según la cual el encargado de apretar el gatillo, no fue capaz; al ver el rostro de serenidad de D. Emilio, a lo que éste le contestó: “Tiradme, que yo os perdono”. Y una segunda que afirma que no murió en la primera ráfaga de disparos, por lo que logró incorporarse, bendecir y perdonar a quien se disponía a darle el tiro de gracia. Sea como fuere su comportamiento, ambos testimonios nos confirman que murió como un auténtico mártir, perdonando a sus verdugos a la edad de 26 años.
Su testimonio sigue siendo actual, y su entrega un estímulo para todos nosotros, por esto es necesario no olvidar sus vidas ni su martirio. Hoy en este acto que estamos celebrando, pero también en cada una de sus parroquias, su memoria ha de mantenerse viva, olvidando tiempos pasados, donde en ocasiones, por una errónea interpretación de la historia, se ha querido ocultar la ofrenda su sus vidas.
En la actualidad muchos cristianos de nuestras comunidades desconocen las historias de estos hermanos nuestros que dieron su vida por Dios y por la Iglesia. Falta de información, y en algunos periodos recientes movidos por un falso temor a la incomprensión o herir sensibilidades, su ocultación o indiferencia; pensando que su muerte no tuvo un carácter martirial, sino ideológico o político, pero nada más alejado de la realidad.
Es nuestro deber colocarlos en el lugar que se merecen y que su hazaña no quede en el olvido. Y como ejemplo pongo algo que hemos hecho en nuestra diócesis los últimos años; unido a la apertura causa diocesana para su beatificación. En nuestra hoja diocesana, ha ido apareciendo una breve biografía de cada uno de ellos, junto a su fotografía, para darlos a conocer. Esto ha provocado el interés y curiosidad de muchos diocesanos admirados por la entrega y el valor que tuvieron hasta el final estos sacerdotes, que desconocían por completo, incluso en sus mismos pueblos y parroquias.
Iniciativas como estas, aunque sencillas, nos hacen mantener viva su memoria y dar a conocer su heroicidad en el martirio, seguramente se puede hacer mucho más, pero sin duda es una forma de llevar a la realidad la segunda parte del título de esta mesa redonda, “del altar a la calle”, es decir, proponer hoy, como modelos actuales para el santo pueblo de Dios, a todos aquellos que derramaron su sangre por Dios y la Iglesia en un momento tan convulso de nuestra historia reciente; aunque todavía, en el caso de nuestra diócesis, estemos a la espera de que la Iglesia, de forma oficial, algún día reconozca su martirio.